El fundador de ABC, don Torcuato Luca de Tena, junto a las máquinas que realizaron su sueño de «un periódico moderno»

Mañana se presenta en Madrid el libro «El periódico del siglo»

Jesús García Calero
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La Editora de ABC, Catalina Luca de Tena, ha seleccionado las mejores cien entrevistas, crónicas y artículos de la historia de este diario, que cumplirá un siglo en enero

Imaginemos posible reflejar todo el azar del siglo XX en un pequeño rectángulo, de 40 por 28 centímetros, guardar en él todo el terror de las guerras y de la bomba atómica, pero también la esperanza del despegue científico, el asombro del viaje a la luna, la teoría de la Relatividad... o la pura imaginación. Así entraron en el tamaño mínimo de la página de ABC los hombres y sus logros, los hombres y sus crímenes; los hombres, sus ideas y sus revoluciones; y también los gobiernos, los Papas, los Reyes que en el mundo fueron durante los últimos cien años. Tal es la magia de la palabra fidedigna, publicada desde el día que un hombre -don Torcuato Luca de Tena- soñó que esta empresa era posible e inventó «un periódico moderno».

Mañana se presentará en Madrid un libro muy especial. Su título: «El periódico del siglo» (Ediciones Luca de Tena), la selección de lo mejor que han publicado las páginas de ABC a lo largo -se dice pronto- de sus primeros cien años, que van a cumplirse en enero de 2003. Y es Catalina Luca de Tena, Editora de ABC y biznieta de su fundador, quien ha realizado el esfuerzo de dibujar, a través de una selección de cien firmas, de cien textos, el retrato sabroso y pródigo en detalles del siglo XX. Después de considerar por su valor literario y su oportunidad periodística miles y miles de textos, merecedores igualmente de figurar en la antología, es ella quien mejor define el resultado de este libro cuando lo compara con un barco dentro de una botella. Un barco, sí, y algunas de las estrellas que lo guían, porque las firmas de ABC, desde luego, lo son. Precisamente, Giménez Caballero, el Gecé vanguardista, dibujaba en uno de sus carteles literarios la que llamaba constelación de Luca de Tena, un conjunto de estrellas literarias en la que titilan con luz propia grandes poetas, novelistas, ensayistas, filósofos y, cómo no, varios premios Nobel. Desde la primera página el lector queda atrapado en esta historia de la historia.

El prólogo de Catalina Luca de Tena describe al detalle la génesis de ABC, la idea que lo origina, la empresa que su bisabuelo pone en marcha con decisión y riesgo, y lo va confrontando con su propia experiencia, y con relatos y anécdotas de la mitología familiar que demuestran cómo ABC fue construyendo un legado de rigor y libertad, hasta convertirse en el verdadero «periódico del siglo».

También se explica que no se incluyan textos de los años terribles de la Guerra Civil, cuando el periódico estuvo incautado y lo escribía un equipo ajeno a la Casa. Pero, tras el espléndido preámbulo, es el coro insuperable de las firmas de ABC quienes toman la palabra y dibujan deliciosamente el camino recorrido, lleno de historia y también de rabiosa actualidad. Le dirán a los lectores, como Manuel Bueno -el hombre que mancó a Valle-Inclán por accidente- lo que tienen que aprender de Darwin los políticos para sobrevivir, quizá también ahora en tiempos de desastres ecológicos. Con Mariano de Cavia, hoy que menudean las quejas por el ruido nocturno, tal vez se animasen a exigir medio en broma una licencia de farra a los trasnochadores. Con la apasionada Emilia Pardo Bazán promoverán el veraneo en La Coruña, hoy y entonces tan difícil. Y no con ella, sino con Azorín, visitarán a Galdós.

En la guerra y en la arena

No dejarán los lectores de leer con emoción sobre nuestra malhadada guerra africana, con Francisco Sánchez Ocaña, o de pisar el fango en las trincheras terribles del Somme, con Antonio Azpeitua. Podrán entrar en el Vaticano de Benedicto XV, y mantener con él, en castellano, una larga y gentil entrevista, pero también conocerán el camino y la angosta y vigilada escalera que conduce al despacho de Trotsky en aquel octubre ruso, acompañando a la enviada de ABC Sofía Casanova, que por no entrar sola en el «antro de las fieras» se llevó a su muchacha gallega, que le insistía muy asustada: «¿A dónde me leva, señora? Mire que aquí nos matan, a canalla está muy armada; a min me tembla o pulso».

Qué decir de la crónica de Gregorio Corrochano sobre la muerte de Joselito en Talavera de la Reina, que corta el aliento, en la que vemos la mirada atónita, quizá premonitoria, de Sánchez Mejías, a quien su hijo Alfredo Corrochano haría el quite cuando fue cogido. Y, cómo no, las crónicas eruditas de Cossío o la noticia de Vicente Zabala sobre la más grande faena de Curro Romero, aquella que paró todos los relojes cuando el diestro de Camas encontró el toro de su espejo.

Puede que prefiera el lector pasar una hora con Einstein en el «rápido» de Barcelona y enterarse, al mismo tiempo que su esposa, de cuánto le aburre la vida social. O quizá prefiera ramonear (valga también por Gómez de la Serna) en las copas más altas de la literatura periodística española, desde Camba a González Ruano, pasando por Arniches, Muñoz Seca, Fernández Flórez, Gerardo Diego, Manuel Machado, Jardiel, Buero Vallejo, Cela, Paz, Marañón, Cunqueiro y hasta el único artículo periodístico escrito por Zubiri. Pero esto es sólo el principio, la lista es interminable, y en el libro se resume la historia intelectual de nuestra lengua, en sus dos costados, porque ambos eran auscultados por ABC. Pocos periódicos han vivido cien años -y ABC está a punto de convertirse en uno de ellos- pero no existe ninguno con una estela cultural tan brillante.

Decía Joyce hace un siglo que a cada día le basta su periódico, frase que actualizaba la célebre sentencia bíblica que afirma: bástale a cada día su afán. El periodismo moderno nació como un afán -don Torcuato Luca de Tena lo hizo realidad en ABC- de ir contando la historia, del terror a la maravilla, y no de cualquier manera, sino con la palabra justa, la más bella, medida y fidedigna. Con este libro en las manos, cabría replicarle al mismo Joyce: incluso a cada siglo le basta su periódico.