De maestros y otros demonios

Día intempestivo en Cartagena de Indias, donde el beligerante tiempo se combate con ricos contrastes cinematográficos. Es la salsa de la vida hecha celuloide

INÉS MARTÍN RODRIGO | CARTAGENA DE INDIAS
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En el principio fue Truffaut y tras él se hizo la luz. Una luz que no impide que, como los ciegos girasoles de Cuerda, algunos se mantengan inmunes a la genialidad y sigan ejerciendo el oficio de cineastas teniendo poco de directores y aún menos de “oficiadores”. Es la filosofía vital y profesional de José Luis Cuerda. Una filosofía que ha trasladado, como buen docente en plenas facultades, a la ansiosa audiencia del Festival de Cine de Cartagena que, sin remedio, ha quedado rendida a sus pies.

No en vano, horas antes el mismo público había aplaudido hasta la extenuación la proyección de “ Los Girasoles Ciegos”. Pero no fue eso lo que más sorprendió a los asistentes aquí foráneos y allí compatriotas del director, sino la capacidad del público colombiano para reír a carcajadas en momentos de la película en los que cualquier español de a pie habría contenido la respiración hasta morir por asfixia. Es el saludable contraste de culturas, lo que hace que una sociedad tan extrema como la cartagenera, tan de ricos y pobres, logre lo que en España no conseguiremos por mucho que pasen los años: ver la obra como lo que es, un producto artístico elaborado por un artesano (en este caso) de la imagen, y separarse de todas las connotaciones ideológicas que de ella se puedan extraer.

“Yo sólo tengo confianza en la infancia, no creo en absoluto en la humanidad”. Así de rotundo y contundente se manifestaba el “maestro”, que así es como llaman a Cuerda en estas tierras. Tras aclarar que el libro de Alberto Méndez en el que está basada la película empezará a distribuirse ahora en Colombia y ensalzar la divina figura de Azcona en todo su universo cinematográfico, el director hizo gala, una vez más, de su capacidad para decir verdades como puños sin miedo a las reacciones. O puede que buscándolas, pues frases como que ha disfrutado “mucho más de algunos poemas que de las grandes películas” o declaraciones vitales como que no concibe “la vida sin humor porque la propia vida es tan terrible que termina matándonos”, pueden (y deben) entenderse como hábiles estrategias de un viejo conocido de la oratoria cinéfila para provocar algo más que asentimiento en el auditorio.

Un auditorio que, llevado por la paranoica esquizofrenia propia de todo festival que se precie, se ve obligado a dejar para mañana las reflexiones sobre el discurso de Cuerda y centrarse en las nuevas aportaciones del cine digital iberoamericano, observar con cierto asombro la presencia de una traductora al frente de las rueda de prensa del director brasileño Mauricio Faria (“Verónica”), ver pasar (literalmente) a los participantes del concurso de Cine Colombiano y cruzarse, una y otra vez, con Lisandro Alonso, el gran (tapado) protagonista de la 49 edición del Festival de Cine de Cartagena.

Lisandro Alonso, director invitado del festival

¿Y quién es Lisandro Alonso?, dirán los más despistados. Pues volviendo a los maestros, los alumnos y otras peripecias del arte de la enseñanza y el aprendizaje, podríamos denominar a Alonso como uno de los alumnos aventajados de la última hornada de cineastas suramericanos. Este joven argentino de la Pampa es el director invitado del festival, que estos días dedica una muestra exclusiva a su trabajo. Tras ver “ Los muertos”, hasta el menos dotado de la clase (por seguir con el símil pedagógico) entendería que la filosofía de Alonso sea querer hacer cine “para conocer a gente que de otro modo nunca llegaría a cruzarse en mi vida”. Y si el maestro Cuerda observa con recelo y desde una distancia nada prudencial a los jóvenes que creen que “el mundo empezó el día en que ellos nacieron”, Lisandro Alonso (que bien podría ser uno de los jóvenes a los que el director español parecía dirigirse) quiere devolverle al cine el sentido de ceremonia, la esencia arrebatada al celuloide como poderoso vehículo de información.

Dos visiones complementarias del oficio cinematográfico, que bien podrían haber dejado el regusto de la esperanza en el trasvase generacional de poderes de no ser por la aparición en el festival de la última discípula de Martín Scorsese, Celina Murga. “Una semana solos” se eterniza en la retina y convierte a la producción del maestro estadounidense en un absurdo despilfarro de tiempo convertido en inocuo espejismo a la argentina de “Las vírgenes suicidas”. Son los caprichos del destino festivalero, cuyos hilos mueven (a veces) inexplicablemente los programadores. Y es que, hoy sobre todo, no ha llovido a gusto de todos.