El proyecto «The Tulip» tumbado por el alcalde Sadiq Khan

Londres rechaza el proyecto estrella de Norman Foster por antiestético

El alcalde de la ciudad, Sadiq Khan, considera que su rascacielos «Tulipán» dañaría el «skyline» de la capital británica

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Así presentaba la web de Foster + Partners la propuesta para The Tulip en noviembre de 2018: «The Tulip ofrecerá un nuevo recurso cultural y educativo de vanguardia a londinenses y turistas. Tras el cambio de milenio, el skyline de Londres ha madurado con nuevos edificios de altura elevada que reflejan su crecimiento como eje financiero global. Asimismo, la City of London Corporation ha estado llevando adelante propuestas para vitalizar la Square Mile mediante la creación de una "Culture Mile" con servicios turísticos de primer nivel. La propuesta para una atracción única de 305,3 metros de altura es reflejo del deseo de construir compromiso público dentro de la City y ampliar la oferta pública de The Gherkin. The Tulip promete beneficios culturales y económicos mediante un diverso programa de actividades». Por supuesto, y como es de razón en estos tiempos, el proyecto sería también una indudable contribución a los objetivos de sostenibilidad en Londres. A ello se sumaría el hecho de que ofrecería 20.000 plazas anuales a niños alumnos de la escuela pública, una forma de «inspirar las jóvenes mentes creativas del futuro».

Es lamentablemente habitual que las presentaciones de desmesurados proyectos arquitectónicos se caractericen por esta retórica optimista, destinada a generar un pueril entusiasmo que acepte como incuestionablemente beneficiosa la idea de un aparatosísimo rascacielos. Si a ello se suma que éste es creación de uno de los mayores arquitectos-estrella de su tiempo, un subliminalmente autoproclamado semi-héroe como Norman Foster, la certeza de que su construcción se llevará a cabo es absoluta.

Por eso es una noticia muy importante que, a través de Sadiq Khan, alcalde de Londres, se haya puesto freno a la sagrada y absolutista omnipotencia de Norman Foster negando la aprobación del permiso para construir The Tulip. Al hilo de lo arriba señalado, no es tampoco menos significativo que el informe elaborado por el London Review Panel, detallando su argumentación finalmente contraria a la decisión de levantarlo, señale «como un comentario general, que el panel de expertos considera que la presentación [del proyecto] carecía de una explicación clara sobre el desarrollo del diseño y de la razón fundamental que justifica la forma arquitectónica de The Tulip». Dicho de otro modo: la promesa de grandeza no basta. Khan ha dicho que la torre tiene una calidad insuficiente, dada la prominencia de su ubicación, que sería perjudicial para el skyline y que el beneficio que aportaría a nivel público sería muy limitado, haciendo notar la escasa calidad del espacio público que generaría a nivel de calle.

Sería deseable que este episodio señale que estamos por fin frente a un muy necesario momento de sentido común y autoridad. Si la crisis de 2008 no proporcionó la cura esperada a la fascinación con los emprendimientos icónicos y los vaticinios de que la arquitectura-espectáculo iba a renacer una vez ésta hubiera amainado un poco, y aunque esta reacción del gobierno municipal londinense se produzca con una década de retraso, ojalá no quede en mera anécdota y se transforme en un verdadero golpe en la mesa.

El informe desarrollado por el London Review Panel valora asimismo la estructura como una especie de tallo sólido y vertical que culmina de manera abrupta y que no puede considerarse representativo de una arquitectura de primer nivel.

Esta puesta en entredicho del todopoderoso Norman Foster invita a pensar que será una decisión que se contagie y se haga extensible para cancelar otros despropósitos en ciernes en otras partes del mundo.

Norman Foster es otro de los llamados «starchitects» que perdió el oremus hace tiempo pero el «establishment» de la arquitectura se empeña en seguir sosteniéndolos por intereses desconocidos, usando a Santiago Calatrava como el fácil y obvio chivo expiatorio. Calatrava fue construido por la crítica como la némesis de Foster, en particular en territorio español, donde este último no parece tener competencia. La reverencia hacia él y lo que le rodea es constante. La concesión de la ampliación del Salón de Reinos del Museo del Prado en 2016, imponiendo su proyecto sobre otros de mayor conocimiento y calado, da testimonio de ello.

Es difícil prever si esto supondrá un giro que ponga fin al reinado cada vez más desaforado de este arquitecto, que se ha podido permitir construir una ciudad eco-futurista en pleno desierto, prometiendo que la emisión de carbono será nula, y que ha acabado siendo una ciudad fantasma convenientemente caída en el olvido.

El «no» de Khan debería servir para poner a Foster ante su propio espejo, aunque sea improbable que suceda. No obstante, hay que insistir, ésta es la primera vez, o cuanto menos es la primera que se anuncia desde un altavoz de gran alcance, que no se aplaude sino que se pone cuestiona, desde argumentos estrictamente objetivos, un proyecto vendido como espectacular y que confirma lo absolutamente prescindible de conceptos arquitectónicos de este tipo.