LLORAR SU MUERTE

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MIGUEL DELIBES

La noticia de la muerte de Julián Marías me ha afectado profundamente. Hace 50 años Julián ya significaba mucho para mí, desde mis escapadas estivales a Soria -a su abrigo y al de los Carpintero y los Ruiz- hasta su referencia personal que duró muchos años, pasando por su generoso recibimiento en la Academia a la que él mismo me había propuesto junto con Aleixandre y Laín.

Para mí, antes que el escritor, prevaleció en Marías el maestro, lo que él quiso ser de muchacho y la España oficial le negó reiteradamente. Marías, además de un ensayista cabal, fue un orador completo, el continente y el contenido de sus discursos rimaba a la perfección sin necesidad de guiones ni notas complementarias.

En una época en la que no era fácil encontrar un intelectual que se expresara con maestría, con belleza y espontaneidad, hubo uno excepcionalmente dotado que fue Marías Aguilera. Contra viento y marea el académico ahora fallecido extendió su fama y defendió su nombre por España, Europa y América Latina donde no había acto intelectual en el que se prescindiera de su nombre.

No es esta ocasión de ensalzar su figura sino de llorar su muerte, de expresar mi sentimiento a los que lamentan como yo su pérdida. Escritor de verbo fácil y expansivo, crítico convincente, orientador de mentes jóvenes inclinadas a la filosofía, exigente con su tratado durante lustros, es la hora de tributarle unas palabras de despedida que España, con sus cuarenta años de academia y su noble afecto didáctico le agradece.