«Live» de Joaquín Cortés, no es para tanto, ni muchísimo menos

Por Pedro BURRUEZO
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Live». Joaquín Cortés.  Ballet Flamenco. 18 músicos, cantaores y percusionistas en escena. Dir.: Alfonso Durán. Teatro Tívoli. 7 de marzo.

La corriente artística que preside Joaquín Cortés tiene una virtud: ha colocado el flamenco entre colectivos muy «globalizados», culturalmente ajenos a lo propio y a las raíces. Sin embargo, seamos claros, lo cierto es que Cortés se vale para ello, en efecto, de un lenguaje, de unos valores y de formatos creativos que no transmiten la esencia del acervo jondo, sino los códigos culturales y morales a los que esos círculos sociales viven enganchados. Dicho de otro modo: las propuestas de Joaquín Cortés no tienen ni la liturgia, ni la espirituralidad, ni la esencia del flamenco primigenio, que bebe de lo popular y lo eleva al rango de clásico. Lo de Cortés es un transmisor de valores tan contemporáneos y enquistados a la sociedad de consumo como la vanidad, el egocentrismo y la moda, algo tan efímero y tan opuesto a eso que tanto mana en lo flamenco: lo ancestral (Joaquín Costés es, por genética, gitano; ahora bien, culturalmente es demasiado «gadge» -o payo-. Pacta con Dios y con el diablo a la vez y ahí todo su discurso hace aguas).

Justamente, teníamos la esperanza de que, con «Live», Cortés renegara de esa línea de superficialidad en la que se mueve y rebuscara en sus entrañas «kalís» para mostrarnos lo que, con toda seguridad, posee. Pero, una vez más, empenzando por lo prostituido del título, se ha dejado llevar por lo blando, por lo burdo, quedándose a mitad del camino. Es más, Cortés había dicho que su nuevo espectáculo (sería mejor hablar de «show») era «como un encierro con seis toros». Sin aludir a él, sus labios casi pronunciaban el nombre de Curro Romero. A Cortés le falta mucho todavía para tener ese empaque de grande entre los grandes.

Es bien cierto que la calidad técnica del baile de Joaquín Cortés es incontestable. También es verdad que su montaje, sobre todo en la siguiriya y en los detalles por bulerías, tuvo momentos muy brillantes. Pero no podemos dejar de señalar también los puntos flojos. a) Una hora y media es demasiado para un solo bailaor; en demasiados momentos, nos dio la impresión de estar viendo los mismos tics repetidos en infinidad de ocasiones. b) La técnica, exclusivamente, no basta para llenar un escenario con un solo artista; es necesario algo más que vanidad y soberbia: el duende, algo que sólo poseen los elegidos. c) 18 músicos en el escenario son muchos si no hay una sincronización absoluta, aunque todos ellos sean notables maestros.