El picador José Bernal destacó durante la lidia del cuarto toro. Díaz Japón

Día del libro y tarde de lectura

Por ZABALA DE LA SERNA
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Si el día fue del libro, Cervantes y Umbral, como que la tarde se debía a la lectura. San Jorge, Sant Jordi o Saint George, y los catalanes, que para algo que regalan, aunque sea una rosa, el bombo que le dan. Aquí, a la espalda de la Plaza Nueva, en la ídem de San Francisco, al ladito de la cosa de Victorio y Lucchino, un busto del autor del Quijote veía pasar la soleada mañana como otros en los tendidos la templada tarde.

De haberlo sabido, uno de los libros que me esperan en la mesilla de noche habría servido de bálsamo en el crepúsculo eterno y ayuno de torería. Por ejemplo, especial interés me ha despertado la obra de Adolfo Rodríguez Montesinos, «Los toros del recuerdo». Al margen de lo taurino, la última novela de J.J. Armas Marcelo, «El niño de luto y el cocinero del Papa», o algo así, llama a la puerta de mis desvelos. O la biografía de Di Stefano, de Ortego, o las razones de Martín Descalzo, para la esperanza o para el amor. O cualquiera otra lectura hubiera valido para evitar el tedio que produjo la cuarta corrida de feria.

EN ATANASIO

Los toros de Puerto de San Lorenzo salieron en atanasio. Serios algunos, más vareados y largos otros, distraídos y corretones, mansurrones, flojos algunos. Mejor lo contaría Barquerito, que es un analista como pocos de los animales de lidia. Pero ahora, aun sin saber lo que Ignacio dirá, no toda la culpa del fiasco que sufrimos ha de caer sobre pupilos de Fraile. Vale que su debut, si es que era debut, desilusionó. Mas habrá que convenir que los toreros anduvieron como sonámbulos. Entre unos y otros, la casa sin barrer. Otrora Pepín Liria, por ejemplo, le hubiera cortado una oreja a cada uno de sus enemigos, que constituyeron el mejor lote, aun con muchos matices.

Los años no pasan en balde. Ni siquiera para Liria, todo valor y coraje siempre. A fuerza de esfuerzos —qué mal suena pero no tengo tiempo—, la capacidad fajadora del murciano ha disminuido, aunque no así su honradez. Su primero transmitía intensidad en las embestidas y se revolvía pronto, siempre por abajo, muy humillado. El torero de Cehegín se peleó, mientras alguien decía que si le llega a dejar la muleta en la cara en lugar de quitársela tan rápido... De cualquier forma, tarea nada fácil.

José Bernal picó bien al cuarto, saludado por su matador por verónicas que nunca avanzaban, pues a un paso hacia adelante le seguían dos para atrás. Muleta en mano, planteó la faena en el territorio de su enemigo, que buscaba las tablas. Los derechazos hacia la madera se sucedieron largos. La series se acortaron a medida que transcurría la obra, hasta acabar demasiado breves, dos o tres pases y el de pecho, más o menos. Dio una trabajada vuelta al ruedo como en el anterior.

Pedrito de Portugal venía con una lesión en el omóplato. O sea, que igual cabe la disculpa para estar tan desangelado y funcionarial. Apuntó cosas buenas el escurrido segundo, pero se acabó muy pronto, demasiado. Un cambio de mano para rememorar lejísimos tiempos novilleriles y nada más. Luego, Pedro de Lusitania dio un recital de enganchones con el quinto, que no refrendó el refrán. Villalpando tragó quina en un apretado par.

A Vicente Bejarano le desarmaron sus dos toros de salida. Uno de ellos, el primero, regresó a los corrales. El sobrero dio volatín y costalazo y quedó dañado de los cuartos traseros. Como la mayoría, se aficionó a las tablas, mientras molestaba el viento.

Jamás humilló el sexto. Cómo iría la tarde, que el presidente, para regocijo del personal, cambió el tercio cuando le daban el primer puyazo. Rectificó rápido, dijo que no, que no, con la mano y anuló la jugada. A mí como si pita el final del partido.