¿Liberada o subyugada?

Por MARTA GILI. Responsable de Fotografía y Artes Visuales de la Fundación «la Caixa»
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Es difícil, como mujer, escribir sobre Helmut Newton, sin reñir con una misma. Difícil porque Newton, en sus fotografías, libera a la mujer, a la vez que la subyuga, la sube en un pedestal de escándalo, para redimirla con su mirada. Sus modelos femeninas aparecen como figuras poderosas, sensuales, atrayentes e incluso amenazantes. Sin embargo, y a pesar de este papel dominante y mordaz que Newton otorga a sus modelos, la potestad de la mirada masculina del fotógrafo se impone con una fuerza arrolladora. Newton estaba convencido que fotografiaba a la mujer del futuro, a la del tercer milenio, que toma en vez de pedir prestado, que inicia en vez de seguir, que utiliza su cuerpo cómo, dónde, cuándo y con quien quiere. Y sus fotografías eran su particular forma de diseñar este «mundo feliz». Un mundo en el que las mujeres ostentarían el poder, la fuerza, la dominación... un mundo en el que el pudor sería sustituido por el furor y en el que solamente aquellas que se atrevieran a perder el primero, ganarían el segundo.

Con este provocativo ideario, las organizaciones feministas y en defensa de la mujer no han estado nunca entre las más fieles admiradoras del trabajo de Newton. La polémica estuvo servida en los años 80 con trabajos como «Nake Nudes», «Domestic Nudes» y los «Naked and Dressed». Pero en infinidad de ocasiones la Historia nos ha mostrado que el tiempo redime éticas y estéticas con facilidad. Newton era uno de los pocos fotógrafos de la vieja escuela moderna para los que la fotografía no solamente era un medio de captación de la realidad, sino un fin en sí mismo. Para él, la fotografía es un lenguaje. Articular a la perfección el encuadre, la composición, la luz, las formas o los volúmenes es tan importante como observar al sujeto, calibrarlo o flirtear con él.

Newton decía que fotografiaba a la gente que amaba y que admiraba, los famosos y los no famosos. Los magníficos retratos de Cardin, Ekberg, Le Pen, Carolina de Mónaco, Hopkins, Pavarotti o su esposa y musa, June Newton, son buena prueba de la sorprendente habilidad para seducir la mirada del otro. No está claro que su concepción acerca de la liberación de la mujer, fomentando, precisamente, los estereotipos icónicos que la han subyugado -desde el mundo de la publicidad y de la moda- sea una relevante aportación a los discursos de género. Pero lo que parece indiscutible es que su osadía, su extraordinario dominio del lenguaje fotográfico y su capacidad para conectar con la mirada del otro, lo hacen merecedor de ser uno de los referentes indiscutibles de la fotografía del siglo XX.