Anthony «Hannibal» Hopkins. Ap

Lecter, un poco más cordero en «Hannibal»

Los higadillos salteados, la carne mas proxima al hueso con un toque de limon, los sesitos con un ligero chorro de chianti… Es evidente que el doctor Hannibal Lecter no sigue las recomendaciones sanitarias con respecto al consumo de animales, y puede terminar completamente espongiforme. Claro que sus animales preferidos son racionales, mas o menos.

BERLÍN. E. Rodriguez Marchante, enviado especial
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Con el tumulto propio de los grandes acontecimientos, es decir, a empujones, hubo que acceder ayer a la presentación de «Hannibal», o «El silencio de los corderos 2», o «En vez de Jodie Foster sale Julianne Moore», o «No hay Cuaresma que valga para Lecter». Lo que querrá saber ya el público es si uno padece los mismos espasmos de miedo que en la primera: personalmente, no. En «Hannibal», su director, Ridley Scott, prefiere avanzar en la relacion entre Lecter y la agente Starling por distintos caminos, aunque haya que reconocer que hay media docena de momentos en los que se estaría mejor fuera de la sala que dentro, por no hablar de toda la parte final (procuraremos no destripar el final, aunque se imaginara el lector que es ya lo único que queda por destripar), en la que a uno se le quita el apetito para un par de días; ya pueden ir tomándose unas vacaciones las hamburgueserías de al lado de los cines en los que se exhiba «Hannibal».

O sea, que hay mucha brutalidad y mucha sutileza en esta película, que son los dos elementos que le gusta combinar al peculiar protagonista: una hermosa y detallada aventura en Florencia, llena de luces y sombras y ópera y asesinatos muy próximos al arte (la escena entre Hopkins y Enrico Lo Verso es para verla en vídeo, con sus repeticiones, como los goles del domingo), un urgente y apelotonado cúmulo de sucesos entre la huida de Florencia y los contrapuntos finales: con un detalle entre dos muñecas y unas esposas que no aparece en la novela de Thomas Harris, que tiene un final cochambroso (en eso, el guión de David Mammet y Steven Zaillian han mejorado mucho la historia).

EL PERFUME

No debiera defraudar «Hannibal», pues en cierto modo añade algo a la anterior entrega de esta serie (continuará, parece decir al final), ni se echa de menos a Jodie Foster, ni Hopkins ha perdido facultades, ni está menos cuidada de imagen o de tensión. Pero…, entonces, ¿por qué uno tiene la impresion de que la agente Clarice Starling ya no usa «L’air du temp», y si lo usara, Hannibal Lecter ni lo notaría por estar más interesado en su escote que en su perfume? Pero, que esto no parezca un reproche: sabemos cómo se las gasta Lecter y es mejor no estar en su agenda.

Y hubo, además de éste, otros platos en la Berlinale. John Le Carré y Boris Vian eran los inspiradores de las otras películas del día, «El sastre de Panamá», dirigida por John Boorman, y «Chloe», un sutil peinado japonés a la efervescente «La espuma de los días», dirigida por Riju Go.

Cínica, elocuente, entretenida e intrigante la conversión en cine del libro de instrucciones acerca de cómo un «bluff» puede organizar una guerra que Le Carré mostraba en su novela «El sastre de Panamá». Cínica, porque Boorman usa en el papel de espía venido a menos al último James Bond, Pierce Brosnan, y cínico también porque Brosnan tiene un enorme talento arácnido para atrapar en sus redes cualquier cosa que pase cerca; elocuente, porque muestra el paso a paso del cómo, el cuándo y el por qué se urde la trama de un espía que llega a Panamá y revoluciona al sastre mejor relacionado del lugar; entretenida, porque todo funciona, desde Brosnan, a Geoffrey Rush, Jamie Lee Curtis o Brendan Gleson, y porque el guión se ajusta a las manidas pero eficaces leyes del género; y finalmente intrigante, porque urde igual de bien lo pequeño (los personajes) con lo enorme (la trama internacional y la marimorena que se forma).

En cuanto a la japonesa «Chloe», más que inspirada, parecía aspirada o inhalada de «La espuma de los días». Cuenta un «love story» entre dos personajes maravillosos, como recién salidos de la chocolatería de Juliette Binoche. A su director, Riju Go, se le temía más que a un domingo de picnic, por su anterior pelicula, «Eureka», que era el grito que se daba al terminar, cuatro o cinco horas después. Aquí, todo es más ligero, incluso los cascos de los personajes y esa historia sobre el desencanto, el encanto, el amor, sus fulgores, la enfermadad, su florecimiento…, Todo ello en el borde del exceso y metido en el centrifugado mundo de Boris Vian, donde la metáfora no es un medio sino un fin, ni tampoco un efecto sino una causa.