DAVID BALTZER  La instalación «La montaña» fue retirada el viernes del interior del Palacio de la República

El latido prusiano El Palacio de la República de Berlín será demolido y sustituido por un centro cultural

Durante los últimos meses, el edificio, una ruina fantasmal de acero y cristal, ha sido escenario de proyecciones, conciertos y exposiciones

R. VILLAPADIERNA CORRESPONSAL/
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Prusia se asocia con barbaridades como con excelencias que desbordan su breve historia, por lo que la guerra suprimió tanto su mapa como su nombre. A los destripados de identidad, se les dio la obrera de la RDA.

Desaparecida también, no pocos recuerdan aún haber nacido en una tierra llamada Prusia, que acogió a desterrados franceses y judíos, cuáqueros, holandeses, socialistas y anarquistas; que unificó a Alemania y luego la destruyó. Cuyas virtudes de celo, austeridad y lealtad fueron usadas y abusadas por príncipes y generales, pero convirtieron a Berlín en 200 años de acuartelamiento trasterrado en capital del mundo ilustrado y científico.

Prusia, una tierra báltica, colonizada por campesinos bávaros y soldados, fue creada con espíritu de frontera, elevada a nación en el hierro de la guerra y las fábricas, pero en un aire de modernidad abolió la servidumbre, introdujo la educación obligatoria y promovió artes y ciencias. Fue el más tardío de los pueblos alemanes el que iba a despertar a la más tardía de las naciones europeas, si en mal momento. Oficialmente no es ya más que una Fundación del Patrimonio, pero Martin Walser y alguno más cree que Prusia es «una bella palabra». Que suena cada vez más.

GUILLEM SANS SERVICIO ESPECIAL

BERLÍN. El Palacio de la República tiene las horas contadas. La antigua sede de la Cámara del Pueblo, el «Parlamento» de la Alemania comunista en pleno centro de Berlín, es una ruina fantasmal de acero y cristal ocre que será demolida a finales de año para reconstruir, en su lugar, la fachada del palacio imperial prusiano que ocupó el solar hasta la II Guerra Mundial, además de levantar un complejo de cultura y ocio que se llamará Foro Humboldt.

Hasta entonces, su interior no dejará de ser utilizado puntualmente para actividades culturales, pero serán muchas menos que en los últimos meses. El próximo domingo, quienes no tengan entradas para ver la representación de «Parsifal» en la vecina Staatsoper de la avenida Unter den Linden, podrán seguir la última ópera de Richard Wagner a través de una pantalla gigante en el interior del Palacio de la República. Los cojines desperdigados por el suelo no serán seguramente mucho más incómodos que las rígidas butacas de esa sala de ópera, situada a un tiro de piedra. Dirigirá el maestro Daniel Barenboim, y el montaje es de Bernd Eichinger, el productor de cine -uno de sus últimos éxitos es «El hundimiento», sobre los últimos días de Hitler-- y que ha dividido al público como lo hizo, por ejemplo, el «Turandot» de la escritora alemana Doris Dörrie.

En cualquier caso, las últimas notas de esa representación darán paso al «canto de cisne» del Palacio de la República. El pasado viernes se clausuró allí la instalación «Der Berg (la montaña)», una gran estructura de acero y plástico plantada en medio de lo que durante la Guerra Fría fue un simulacro de arena parlamentaria. Durante tres semanas, treinta grupos de artistas y arquitectos han explicado a unos 40.000 visitantes la historia del edificio y han reflexionado sobre su futuro.

El lugar ha registrado una actividad inusitada en los últimos meses. Allí se estrenó en el mes de julio «Berlín Alexanderplatz», adaptación teatral del clásico de Alfred Döblin acometida por Franz Castorf, el enfant terrible de los escenarios alemanes. Después, parte de su planta baja fue inundada con 300.000 litros de agua para regalar a los berlineses una piscina pública más durante el verano. En su interior se han organizado proyecciones, un concierto del grupo de rock Einstürzende Neubauten, que hizo vibrar su estructura, y hasta un acto de aniversario de la multinacional consultora McKinsey.

Desde la reunificación alemana en 1990, han sido muchas las ideas para sustituir o remodelar el edificio, y muchas las peleas que han tenido lugar en su nombre. Partidarios y detractores de la reconstrucción de una fachada de esplendor prusiano se han enzarzado en auténticas guerras ideológicas, encauzadas no sólo a través de los partidos políticos, sino también desde los despachos de asociaciones ciudadanas con muchas ganas de brega. Pero las grúas empezarán a desmontar las 20.000 toneladas de la estructura en diciembre. En 2007, el palacio habrá desaparecido del paisaje urbano.

Plan de viabilidad

El Gobierno federal acaba de presentar un plan de viabilidad del proyecto ganador, aprobado por el Parlamento en noviembre de 2003 y valorado ahora en 670 millones de euros. Prevé una financiación mixta, pública y privada, fórmula a la que obligan las arcas públicas de una capital en bancarrota. Con ese dinero se reconstruirá la fachada del palacio prusiano y se levantará el citado Foro, que incluirá exposiciones temporales de los museos de Berlín, una parada de metro y un hotel de cinco estrellas. Está claro que el proyecto no contentará a todos. Ha dado cuenta de ello el artista noruego Lars Ramberg cuando colgó en enero pasado en el tejado del edificio una instalación de neón, la palabra «ZWEIFEL (duda)» en letras enormes.

El Palacio Imperial de los Hohenzollern, que se levantaba ahí antes de la II Guerra Mundial, está considerado como la mayor joya de la arquitectura barroca al norte de los Alpes. Fue residencia real prusiana desde 1701, año de la coronación de Federico I. La construcción sufrió graves bombardeos durante la contienda y recibió el golpe de gracia en 1950, cuando el régimen comunista que se estableció en el este de Berlín dinamitó lo poco que quedaba de él. Símbolo de un régimen represor y asesino para unos, para otros lugar de ocio y pista de baile donde muchos berlineses orientales conocieron a su primer amor gracias a la oferta de ocio que albergaba el edificio a la par que las sesiones «parlamentarias», el Palacio de la República sigue ahí sólo hasta diciembre, para quien quiera contemplar por última vez el contraste urbano que resulta de su vecindad con la catedral evangélica de Berlín, el «pirulí» de la Alexanderplatz y los edificios neoclásicos de la Isla de los Museos.