Marianela Núñez, en el segundo acto de «El lago de los cisnes»
Marianela Núñez, en el segundo acto de «El lago de los cisnes» - BILL COOPER
CRÍTICA DE DANZA

Un «Lago» de muchos quilates

Liam Scarlett demuestra su amor y respeto por la tradición clásica en esta nueva versión de «El Lago de los Cisnes» del Royal Ballet

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El Teatro Real vivió anoche una excepcional noche de danza; probablemente, la más importante desde que el coliseo reabriera como teatro de ópera hace algo más de veinte años. Y la protagonista ha sido la misma compañía que pisó por primera vez el remozado teatro con sus zapatillas de punta: el Royal Ballet de Londres, uno de los conjuntos que integran la aristocracia del mundo del ballet. Lo ha hecho, además, con el título más célebre del repertorio clásico: «El lago de los cisnes», presentado en una nueva producción –la primera que monta en treinta y dos años la compañía británica–, que se estrenó en Londres hace apenas un par de meses, y que lleva la firma del joven coreógrafo Liam Scarlett.

Así, sí. El Teatro Real ha considerado el ballet y la danza como un arte de relleno en demasiadas ocasiones a lo largo de sus dos décadas de renacida existencia como teatro de ópera. Pero esta vez presenta una producción de absoluta excelencia, la que busca siempre el coliseo cuando programa una producción operística, y no siempre cuando de danza se trata.

Este «Lago» significa mucho para el Royal Ballet, porque la producción sustituye a la que hace tres décadas firmó Anthony Dowell y que desde entonces se ha presentado cada vez que se ha programado este emblemático ballet. A la vista del resultado –y de la recepción del público y la crítica–, es probable que este espectáculo, creado y dirigido por el joven Liam Scarlett, permanezca más de treinta años sobre el nobilísimo escenario del Covent Garden londinense.

Muchas son las virtudes del trabajo que ha realizado Liam Scarlett junto con dos colaboradores de verdadero lujo: el diseñador del vestuario y la escenografía, John Macfarlane, y el iluminador, David Finn. Juntos han creado un espectáculo de una prodigiosa belleza y una encantadora elegancia (muy británica, por otra parte). Scarlett demuestra en su versión su amor y respeto por la tradición clásica. Su «Lago» sigue, especialmente en el segundo acto, la pauta de la coreografía original que Lev Ivanov y Marius Petipa firmaron para el estreno del ballet en San Petersburgo en 1895, donde logró el éxito que no había obtenido en Moscú ocho años antes.

Pero Scarlett ha querido ir más allá de las plumas de los cisnes, y ha querido contar la historia de amor imposible, ha querido –y conseguido– dotar de sentido a cada uno de los movimientos de los personajes, explicar sus motivaciones; todo ello con un trabajo musical de primer orden, cuyo mejor ejemplo son los cortes abiertos en la partitura para contar un cuarto acto que en muchas otras versiones es apenas un trámite. La partitura es, naturalmente, el principal activo de este ballet, con fragmentos tan conmovedores como dramáticos, y que encontraron en la Orquesta Titular del Teatro Real un magnífico traductor, bajo la batuta atenta y cuidadosa de Koen Kessels.

Pero, por si esto fuera poco, este «Lago» está maravillosamente bailado. El Royal Ballet es una compañía compacta, de muchísima calidad, y con unas individualidades verdaderamente sobresalientes. En la noche del estreno los papeles principales los interpretaron –y no se puede hacer mejor de lo que lo hicieron– por dos sensacionales bailarines: Marianela Núñez, un prodigio de expresividad y calidad técnica, y Vadim Muntagirov, de baile noble y etéreo.