Kandinsky, el gurú espiritual que alumbró la abstracción

Madrid acoge una retrospectiva del artista ruso, con un centenar de préstamos del Pompidou, incluidas varias obras maestras

MADRIDActualizado:

Tres países (Rusia, Alemania y Francia) marcan la biografía y la carrera de uno de los mayores artistas que ha dado el siglo XX: Vassily Kandinsky (1866-1944), a quien se dedica una completa retrospectiva en Madrid con espléndidos fondos del Pompidou. Rusia fue su patria natal y, como el propio artista decía, «su diapasón pictórico». Allí vivió hasta los 30 años y, tras su periplo alemán, regresó tras estallar la I Guerra Mundial, de 1914 a 1921. Siempre mantuvo un estrecho vínculo sentimental con sus raíces y con el arte popular ruso, amén de sus conexiones con movimientos como el constructivismo y el suprematismo y con artistas como Malevich, Popova, Rodchenko y Tatlin. En Moscú comenzó sus estudios de Economía y Derecho hasta que, tras admirar unos «Almiares», de Monet, y asistir a una representación de «Lohengrin», de Wagner, decidió que lo suyo era el arte. Y, para formarse, en 1896 pone rumbo a Múnich.

En Alemania, donde vivió tres décadas, se gestó una de las mentes más lúcidas de la Historia del Arte. Pionero de la abstracción, fue su etapa germana la más fructífera pictórica e intelectualmente. 1911 fue un año clave en su carrera. Publica «De lo espiritual en el arte», un hermoso y poético tratado de experimentación pictórica que se convirtió en su gran testamento artístico. Gracias a él conocimos las conexiones entre forma y color: la afinidad entre el amarillo y el triángulo, el rojo y el cuadrado, el azul y el círculo... y nos enseñó a descubrir la cara más espiritual del arte: «El artista es la mano a través de la cual hace vibrar el alma humana», escribe. También en 1911 funda, con Franz Marc, El Jinete Azul, grupo expresionista al que se sumarían otros artistas como Macke y Jawlensky.

Años en la Bauhaus

Pero la etapa alemana de Kandinsky también está unida indisociablemente a la Bauhaus. Fue invitado por Walter Gropius para entrar en el profesorado de la mítica escuela en Weimar, primero, y después en Dessau. Impartía un taller sobre pintura mural y daba clases sobre teoría de las formas. Allí entraría en contacto con lo más granado de la vanguardia de la época: Klee, Feininger, Le Corbusier, Schlemmer... Incluido en la lista de artistas degenerados por el nazismo, se marchó de Alemania en 1933, tras la subida al poder de Hitler y el cierre de la Bauhaus.

Su exilio en Francia marca la última etapa vital y artística de Kandinsky. Siempre había sentido pasión por la pintura francesa: Monet, Signac, Seurat, Derain, Gauguin... Cuando llega a París en 1933, bendecido por Zervos y vapuleado por la crítica, la ciudad está rendida al Rey Picasso y los surrealistas, pero quien realmente le impresionó fue Joan Miró, a quien definía así: «Ese hombrecillo que siempre pinta unos lienzos enormes es realmente un pequeño volcán que sale despedido del cuadro. Una fuerza y energía formidables». Kandinsky se instaló en Neuilly-sur-Seine. La luz de París, su cielo, el Sena... cambiaron por completo su pintura. «París, con su maravillosa luz, ha suavizado mi paleta», confesaba el pintor. Pese a los duros años de la guerra, sus últimos trabajos son coloristas, vitales. Allí murió en 1944.

Estas tres etapas en la vida de Kandinsky trazan la formidable trayectoria del pintor ruso en una «retrospectiva íntima», como la define su comisaria, Angela Lampe, que podemos ver en las salas de exposiciones del Ayuntamiento de Madrid (CentroCentro Cibeles). Cierra una itinerancia que ha llevado la muestra a Milán, Milwaukee y Nashville. El centenar de obras expuestas (pinturas, dibujos, grabados, fotografías...) proceden de los riquísimos fondos del Pompidou, que atesora una de las mayores colecciones del mundo de Kandinsky, tras la donación del legado del pintor que hizo su viuda, Nina, en 1980 al museo parisino. Casi todas estas obras estuvieron siempre en manos de Kandinsky. Nunca quiso desprenderse de ellas. Eran sus creaciones más queridas.

El Pompidou no ha escatimado en el préstamo de obras maestras. Las hay en cada una de las cuatro secciones en que está dividido el recorrido, cuyo montaje, a cargo de Enrique Bonet, enfatiza las piezas: cada etapa cuenta con un color distinto en las paredes. De su etapa de Múnich (1896-1914) destacan especialmente dos lienzos: «Improvisación III» (1909) e «Impresión V» (1911), que constituyen un punto de inflexión en su pintura, de una gran expresividad cromática, donde las formas se van diluyendo. Es su primer paso a la abstracción. De su regreso a Rusia entre 1914 y 1921 cuelga otra obra maestra, «En el gris» (1919). La paleta cambia y la composición está influida por las vanguardias rusas: figuras que flotan en un espacio infinito.

Obras clave en su carrera

Pero es de sus años en la Bauhaus (1922-1933) donde recalan algunos de los cuadros más importantes. Es el caso de «En Blanco II» (1923), «Sobre puntas» (1928), «Acento en rosa» (1926) y, sobre todo, «Amarillo-rojo-azul», de 1925, el cuadro más importante de su periodo en la Bauhaus, en el que «espacializa» el color. De sus últimos años parisinos admiramos lienzos como «Composición IX» (1936) -la más importante de las diez que pintó-, «Cielo azul» (1940) -se aprecia una clara influencia de la iconografía biomórfica de Miró- y «Acuerdo recíproco» (1942), uno de los dos cuadros que velaron el 13 de diciembre de 1944 el cadáver de Kandinsky en su taller de París. Debido a la escasez de materiales para pintar durante la guerra, emplea Ripolin, que se usa para pintar paredes. La exposición se completa con un diaporama con fotografías del pintor y su entorno en la Bauhaus, y una película que nos desvela el proceso creativo del artista, al igual que hizo Clouzot en «El misterio Picasso».

Para la producción de la muestra se ha contado con una empresa italiana, Arthemisia Group, especializada en la organización de grandes exposiciones y que ha corrido con el 95% del presupuesto: 2 millones de euros. Puesta en marcha por el anterior equipo en el Ayuntamiento madrileño, será, a buen seguro, la última exposición de este nivel que veremos en estas salas, a tenor de las palabras de Santiago Eraso, director de Madrid Destino, la empresa pública que gestiona gran parte de los centros culturales de la capital. Habrá un giro radical en las propuestas de CentroCentro: políticas urbanísticas, ecología... Quienes deben estar contentos son los directores de Prado, Reina Sofía y Thyssen (este museo tuvo que anular un proyecto sobre «El Jinete Azul» por esta exposición de Kandinsky), con quienes se está reuniendo estos días Eraso: «Debemos trabajar en colaboración y no hacernos competencias extrañas».