José Luis Turina «En el fondo todo artista sólo hace una obra a lo largo de su vida»

BLANCA TORQUEMADA
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-Obras de Joaquín Turina (1882-1949) y suyas en un mismo concierto. ¿Continuidad o abismo?

-Hay diferencias enormes de estética y de planteamiento. Él hizo una música nacionalista de corte europeo, y mi estilo es más actual, aunque tampoco rabiosamente vanguardista. Pero existen puntos de contacto, porque no son generaciones tan alejadas en el tiempo. Además, este concierto es muy especial para mí porque, que yo recuerde, sólo es la cuarta vez que se programan conjuntamente obras de los dos.

-Sé cuánto puede llegar a pesar un apellido. ¿Le abruma?

-Como me he dedicado a lo mismo que mi abuelo, el apellido me marca más, para bien y para mal. Cuando empecé, tuve la sensación de que se me miraba con desconfianza. Pero ahora han pasado los años y todo eso está superado. ¡Estoy orgullosísimo de llamarme Turina!

-Sobre el arte de componer dijo su abuelo que nada da más vértigo que la cuartilla en blanco. ¿Lo suscribe?

-Quizá la palabra vértigo en mi caso no sea la más adecuada. Pero no experimento ningún placer especial a la hora de componer, sino que más bien me resulta una actividad dura, a veces incluso dolorosa, en la que sales adelante por la constancia y el tesón. Cuando ya disfrutas es cuando la obra está terminada, sentado en la butaca de un auditorio.

-O sea, que viene a ser como un parto.

-¡Más o menos!

-Y encima es exageradamente estricto a la hora de juzgar a sus «hijos» musicales.

-Sin duda, porque siempre tengo la sensación de que no he llegado donde quería. Es un sentimiento de insatisfacción que, por otra parte, resulta necesario para seguir trabajando, porque cosas que has vislumbrado en una obra las llevas a su máximo desarrollo en la siguiente... Por eso creo que el artista, ya sea pintor, poeta o compositor, está haciendo una única obra a lo largo de su vida. No le queda más remedio que fragmentarla, pero en realidad se trata de un mismo libro o una misma obra sinfónica, porque va buscando algo que no termina de encontrar. Es la trampa que le tiende el arte al artista para que siga creando.

-He leído, con cierto estupor, que le inspiran los lugares ruidosos.

-No es exactamente eso, sino que yo no necesito el silencio absoluto para componer. Es más, me pone un poco nervioso. Me gusta mucho trabajar en sitios con ruido humano que no sea música. De estudiante, los trabajos de composición los hacía en las cafeterías de Ópera, y después he compuesto obras enteras en el Retiro cuando mis hijos eran pequeños, mientras jugaban. El ruido de camareros y de conversaciones de la gente me ayuda a concentrarme. Lo que no soporto es la música ambiental o una televisión encendida.

-Lleva años como director artístico de la Joven Orquesta Nacional de España (Jonde). ¿Sólo gracias a este tipo de cometidos un compositor come caliente?

-Un trabajo como éste deja muy pocas horas para componer, porque es muy absorbente. Yo estoy fuera de mi casa más de 150 días al año. Pero me encanta, porque soy un animal de aula y no sé en realidad cuál es mi vocación principal, si la docencia o la composición. Además, es un modus vivendi que me permite escribir lo que yo quiero. Si viviera de la composición, tendría que hacer cosas que no me apetecen, como música publicitaria o para la televisión.

-¿Suena España cada vez mejor?

-Mientras hay países que están claramente en recesión, como Italia o incluso el Reino Unido, en España cada vez hay más jóvenes con talento y cada vez mejores. Por ejemplo, en las primeras pruebas para violinistas que hice en la Jonde se presentaron cincuenta candidatos y en las de este año van a ser el triple. Y con un nivel incomparablemente más alto que el que había en aquel momento.