Jorge Sanz, una vida en el plató

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OSKAR L. BELATEGUI

SAN SEBASTIÁN. No hace mucho, en el cine español sólo existían Jorge Sanz y Maribel Verdú. No había yogurines de «Al salir de clase» y las escuelas de Arte Dramático estaban vacías. «Empecé con nueve años, en la época del destape», recuerda el actor. «Cuando necesitaban un niño, ahí estaba yo. Me fui forjando a base de no parar de trabajar, dándome bofetones a pecho descubierto delante de todo el mundo». Jorge Sanz reconoce que ahora no sabe hacer otra cosa. «Yo llego a un plató, con 36 años, y el olor a gelatina quemada de los focos me pone la carne de gallina».

Un dato para quienes le daban por acabado tras el envite del relevo generacional experimentado por el cine español: estos días rueda una película con David Trueba, sigue de gira teatral con Amparo Larrañaga y hoy estrena «El sexo lo cambia todo», una comedia de enredo ambientada en Cuba pero filmada en Brasil. Sanz resume el rodaje con su habitual desparpajo. «Genial. Estuve dos meses en Río para trabajar veinte días. El director era un personaje en sí mismo; para que te hagas una idea, en las escenas de cama era el primero en desnudarse».

-Al principio iba a hacer de cubano...

-Sí. Rodé la primera escena con acento cubano y el equipo de la isla se me quedó mirando: «¿No pensarás hacerlo así»? Hablé con el director y le convencí para que mi personaje fuera un español que se hace pasar por cubano. Y encantado de la vida.

-Como Mastroianni, usted acepta las películas por el lugar donde se ruedan para viajar y ver mundo.

-¡Hombre! No es tan así... Mi criterio de elección es muy elástico. Unas veces depende del guión, otras del reparto... Pero sí, he disfrutado algunos de los mejores momentos de mi vida gracias a estas aventuras. Recuerdo un rodaje en México para la televisión rusa... Parecía que estábamos rodando una película de época, pero no lo era.

Jorge Sanz acumula cientos de anécdotas al crecer bajo los focos. Ha tenido a Jane Birkin, Nadiuska y Sidney Rome como madres. Cuando ya llevaba seis películas, dio la alternativa a Arnold Schwarzenegger al encarnarlo de niño en «Conan el Bárbaro». De aquella experiencia recuerda con desagrado las risotadas del hoy gobernador de California cuando una mula derribó de una coz a la madre del pequeño actor.

Ella le inoculó el veneno al confundirle entre los 300 niños que se presentaron a un «casting» para «La miel». «Se lo reprocho continuamente. Cuando me dieron el Goya por «Si te dicen que caí» se lo regalé», ironiza.

Sanz tiene en Fernando Trueba a su padre adoptivo en la profesión. «Tenía 16 años y la picha hecha un lío cuando hice con él «El año de las luces» en el norte de Portugal. Era mi primer rodaje solo, lejos de mi familia. Yo iba para militar, como mi padre y mi hermano. Pero caí en manos de Fernando y de su mujer, Cristina, y decidí que no quería hacer otra cosa en mi vida».

-No parece una mala vida.

-Cuando hay trabajo no me puedo quejar. Mira, yo dejé de tener un objetivo en mi carrera hace tiempo. Me dejo llevar. Si quieres estar toda la vida en esto, no puedes permanecer arriba todo el tiempo. Eso es, hay que saber estar arriba y abajo.

-Tiene fama de buena gente en el mundillo.

-Una leyenda. Todo mentira. Me gusta mucho trabajar y sé cuál es la mecánica de un rodaje. Procuro ir a favor de obra.

Miente Jorge Sanz. No cuenta que su sentido del humor y predisposición a la juerga le convierten en el alma de los platós. Quizá por eso ha ido adquiriendo con los años una imagen de ligón simpático que explota a la perfección en sus últimas películas. Una etiqueta que, en la vida real, pasó a la historia desde que nació hace tres años su hijo Merlín, bautizado así «porque fue mágico».

Sanz no miente cuando tiene la modestia de admitir que cada vez le «salen mejor» sus funciones teatrales. «De niño era un actor fantástico. Después me eché a perder».