El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, conversa con la Lola Alcántara, hija del fallecido Manuel Alcántara, en el velatorio del articulista
El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, conversa con la Lola Alcántara, hija del fallecido Manuel Alcántara, en el velatorio del articulista - Efe

Alcántara, el jefazo del columnismo español

El periodista desaparecido era un columnista de provincias y, a la vez, el menos provinciano de los escritores

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Los periódicos regionales de Vocento llevaban meses sin Manuel Alcántara en su última página. Sin el pedestal del columnismo español. Sin esas palabras que exprimían la pureza de la actualidad y detenían el tiempo para hacer poesía. Llevábamos tiempo notando su ausencia, aunque haya muerto en miércoles santo a las 11.30 de la mañana. Esta Semana Santa tiene más duelos que el de todas las Semanas Santas. Parte de Notre Dame y Manuel Alcántara en dos días. «Andaluz sabio y brillante, con una mente clara y abierta» lo ha descrito Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía. Y Francisco de la Torre, alcalde de Málaga, ha dicho que Alcántara forma parte de la historia de Málaga y de España. Más de 30.000 artículos. Se ha ido un periodista, escritor, poeta y columnista. De los buenos.

Manuel Porras Alcántara nació en Málaga el 10 de enero de 1928 (en el barrio de la Victoria, en la calle Agua) y murió en su casa del Rincón de la Victoria el 17 de abril de 2019. Entre medias, con sus dedos índices y su Olivetti, ha proporcionado disfrute a los lectores. 34 renglones con 60 espacios en su columna diaria. Esa que no salía en las revistas de prensa de las radios de Madrid porque los señoritos no suelen leer periódicos de provincias. Alcántara era un columnista de provincias y, a la vez, el menos provinciano de los escritores. Él mismo consideraba que el reportaje y la entrevista eran los reyes del periodismo, quitando importancia a la creación de la columna. Sabía que por bien que se escribiera, un periodista no es capaz de influir ni en su barrio. Pero la influencia no tiene nada que ver con la belleza. La de sus columnas, su poesía o sus crónicas de boxeo, que por suerte están recogidas en «15 combates de leyenda» (Libros del K.O., claro). Recopilado por Teodoro León Gross y Agustín Rivera y con un epílogo de José Luis Garci, alcantariano de pro. «Luz de domingo», como una película muy posterior de Garci, se llamaba la sección de deportes que Alcántara escribía en «La hoja del lunes». Su amistad venía de 1973, durante una comida en La Tortuga, en la plaza de la República Dominicana, donde se bebieron al Señor.

Alcántara decía que la redacción en la que más a gusto estuvo fue «Marca». Hizo allí sus crónicas de boxeo entre 1967 y 1978, aunque empezó a colaborar con el periódico deportivo en 1959. En 1958 despidieron a Ramón Gómez de la Serna de «Arriba» y él decidió marcharse también. «Teníamos un director muy bruto que le dijo a Ramón que escribiese seguido como todo el mundo y él le contestó que escribiría greguerías hasta la muerte. Por admiración hacia él y por respeto a la literatura yo también me fui». Cuatro días después lo fichó Emilio Romero para «Pueblo».

Según Umbral, Alcántara envejecía muy poco. El cuerpo lo hacía, pero su escritura y su cabeza, no. A los 51 años ya había recibido los más importantes premios del articulismo, el Luca de Tena, el Mariano de Cavia o el González Ruano, al que frecuentó: «Lo veía todo en forma de literatura y era heroico verle pedir recado de escribir, aunque tuviese 39 grados de fiebre o al toser escupiese sangre. Él fue un escritor de periódicos y decía siempre que un periodista que no fuese escritor no pasaba de ser un cotilla». Además, su nombre da título a un premio de periodismo y a otro de poesía. En 2007 se constituyó la Fundación Manuel Alcántara, encargada de difundir y reeditar su obra.

Tenía una curiosa coincidencia con Dorothy Parker: los pies de foto. La escritora americana se esmeraba en «Vogue» en desplegar su ingenio de manera sutil para que el redactor jefe no detectara su condescendencia con las lectoras. En ese subgénero, veces se burlaba, a veces mostró un ingenio que ha llegado hasta hoy: «La brevedad es el alma de la lencería». Manuel Alcántara contaba que aprendió a escribir redactando pies de fotos. Ahí se podía ser más creativo y cruel que con mil palabras. La elipsis. El sobreentendido. La brevedad. Como luego serían sus columnas. Tenía cara de actor mexicano pésimo, como le decía el poeta Fernando Quiñones al mirar el Manzanares desde su casa en el Paseo de la Florida, donde era vecino de Ignacio y Josefina Aldecoa (Paula Sacristán, su mujer, fundó el colegio Estilo con Josefina Aldecoa).

Como hombre libre, cuestionó el título mundial de Pedro Carrasco en los pesos ligeros frente a Nando Ramos en noviembre de 1971. «Los héroes –y Pedro Carrasco lo es- no necesitan limosnas. Aunque el donativo sea de muchos millones» (crónica citada en «The New York Times»). Como hombre bueno, abandonó la crónica de boxeo cuando Juan Jesús Rubio murió en el ring. Dormía nueve horas, le habría gustado ver amanecer si hubiera ocurrido a otras horas y uno de sus logros fue no tener jefe. La ironía, los juegos de palabras, la retranca y un talento extraordinario lo convirtieron en el jefazo (vale, maestro) del columnismo español.