Phyllis Dorothy James, ayer en el British Council de Madrid. Julián de Domingo

P. D. James: «Trato de aceptar las indignidades dela vejez con valentía»

Ha vuelto a España después de ocho años de ausencia. Trae bajo el brazo uno de sus libros más personales, «La hora de la verdad», 50 por ciento diario, 50 por ciento autobiografía. Deja en él misterios sin resolver. La gran dama británica del crimen tiene, a sus 80 años, cuerda para rato. La misma que «su hijo», el detective Dalgliesh. «Morirá conmigo», aseguró.

MADRID. Natividad Pulido
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Tiene unos 80 envidiables años. Ayer, durante la presentación a la prensa de su libro «La hora de la verdad» (Ediciones B), hizo gala de un gran sentido del humor y una sensibilidad exquisita. El 3 de agosto de 1997, el día de su 77 cumpleaños, comenzó este «cuasidiario» o «cuasiautobiografía». Lo terminó el 3 de agosto de 1998. Pero lo que P. D. James cuenta en este libro no es sólo lo que le ha ocurrido en un año, sino que va hilvanando en esos 365 días recuerdos de toda una vida, de toda su intensa vida. La memoria, cree la autora, es «una estrategia para olvidar tanto como para recordar». Y eso es, precisamente, lo que ha hecho en este libro. Recordar cosas importantes, como el nacimiento de sus dos hijas y sus nietos, su incursión en la literatura... Pero también olvidar. Ha pasado por alto, por ejemplo, la enfermedad mental de su marido para no hacer daño a sus hijas. «Una autobiografía deja misterios sin resolver -dice-. Hay tigres que duermen que es mejor no despertar».

Vaticinó cuando escribía «La hora de la verdad» que a los ochenta sería «el momento de reconocer la vejez, de aceptar los inevitables dolores, achaques e indignidades». Pues bien, ¿lo ha cumplido? «No he cambiado de opinión -contesta-. Trato de aceptar las indignidades de la vejez con valentía». Y, aunque confiesa que la memoria le falla a corto plazo, que tiene menos energía y que «a lo mejor necesito un implante de cadera», se considera afortunada y da gracias a Dios por haber llegado a los 80. Es una mezcla de valentía y de fe («me sostiene esa magnífica insensatez que es la fe», dice) lo que la mantiene feliz por dentro y por fuera: «Sería un pecado no ser feliz con lo que me ha dado la vida». Y es que cree que la felicidad «es un don, no un derecho».

«DALGLIESH MORIRÁ CONMIGO»

No eludió responder a ninguna pregunta. Ni siquiera a las más comprometidas. Sobre la pena de muerte, dice P. D. James: «Siempre me he opuesto. Mi país es demasiado civilizado para admitir la pena de muerte. No soy partidaria de castigar una muerte con una segunda muerte». Y hablando de muerte, reconoce la escritora británica que siente fascinación por ella. En sus relatos, le gusta examinar los comportamientos humanos en situaciones extremas: «No me asusto con mis personajes ni con mis historias. Este tipo de relatos me sirve como forma de enfrentarme a la violencia». Alumna aventajada de la «Escuela británica de novela de detectives», cita a Sherlock Holmes como el precursor de los grandes detectives, el padre de Adam Dalgliesh, su creación más famosa. Adelanta la autora que el detective-poeta se enamorará en su próxima novela, que por cierto estará ambientada en un seminario religioso. Hay quien le preguntó en cierta ocasión que por qué no lo mataba. Ella le espetó: «Sería un suicidio. Morirá conmigo». Escribir es, para esta gran dama del crimen, una especie de terapia, una auténtica necesidad psicológica. «Hubiera sido menos feliz si no hubiera sido escritora», apunta. De momento, no se ha planteado siquiera dejar de escribir, aunque reconoce que espera darse cuenta de cuándo es el momento de dejarlo: «Lo haré cuando no me emocionen las ideas, pero no fabricaré nunca novelas». Testigo del siglo XX -nació en Oxford dos años después de que estallara la I Guerra Mundial-, la autora de «Un impulso criminal» ve así el siglo que se ha ido: muy violento, contradictorio... Un siglo de muerte, destrucción, holocausto, pero también de esperanza. Su optimismo genético le hace ver la vida con una sonrisa.