Isabel Pantoja da un recital de sabiduría escénica en «A tu vera». ABC

Isabel Pantoja, medida por medida

Pedro Manuel VÍLLORA
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«A tu vera». Intérprete: Isabel

Pantoja. Dirección musical: Alejandro Monroy. Supervisión artística: Ángel Montesinos. Lugar: Teatro Calderón, Madrid. Fecha: 8 de febrero de 2001.

Treinta discos después del primero, Isabel Pantoja ha recuperado la savia de la canción más española con «A tu vera», y en torno a esta grabación se articula el espectáculo del mismo título con el que el pasado jueves recaló en Madrid tras varios meses de gira triunfal. Un disco y un recital que es todo un homenaje a la copla, pero no ya a partir de sus autores (Quintero, León, Quiroga, Ochaita, Valerio, Solano... artistas todos que bien pudieran presumir de haber alcanzado la cima de un género) cuanto de sus intérpretes. Tres son los nombres que el aficionado puede recordar escuchando a Isabel Pantoja: Juanita Reina, Lola Flores, Concha Piquer. De las tres ha escogido tonadillas representativas y que todas ellas se han convertido en clásicos: «Rocío», «Limosna de amores», «Pena, penita, pena», «Romance de la otra», «No me quieras tanto», «Cinco farolas», «La Zarzamora»...

ANTOLOGÍA DEL GÉNERO

Sólo por eso ya valdría la pena este «A tu vera», por lo que tiene de pequeña antología del género. Pero es mucho más que eso: «A tu vera» contiene un modelo de interpretación, un ejemplo a estudiar de cómo se puede convertir una canción en algo más que una suma de letra y música, o una excusa para derrochar facultades vocales. Isabel Pantoja tiene el don, el arte, de encontrar en cada frase, y aun en cada palabra, un sentimiento o un estado de ánimo distinto, una emoción diferente. Eso hace crecer el contenido de las canciones, volviéndolas complejas, ambiguas, nunca monocordes o estáticas. En ese sentido, su versión de «La Bien Pagá» es especialmente significativa, pues es capaz de pasar de la tragedia a la picardía, y de ésta a la dignidad herida, en un instante, sin apenas transición, sin necesidad de prepararse el terreno; de tal manera que el espectador no sabe muy bien con qué carta quedarse, y al final opta con quedarse con todas, pues la artista ha sabido justificar todas las posibilidades del personaje en los apenas cuatro o cinco minutos de duración de la canción.

Pero Isabel Pantoja no basa su éxito simplemente en su capacidad para estudiar, analizar y recrear cada canción. Su genio, su arte, se nota además en la manera de pisar un escenario y llenarlo con su sola persona. Aunque cuenta con un conjunto de seis bailarines y dos bailarinas, éstos intervienen simplemente en el arranque y en los tres interludios musicales que dividen el espectáculo en cuatro segmentos de tres canciones cada uno.

Los bailes permiten que la artista cambie de vestuario, de peinado y hasta de disposición emocional, pero cuando ella sale a escena está sola ante el público. Isabel Pantoja, entonces, no se pierde en contestar los muchos piropos que recibe de sus admiradores, ni coquetea con ellos ni se esfuerza por ser especialmente simpática por medios que no sean los de su canción. En lugar de ceder a esas facilidades, se concentra en cada copla para darle no sólo la voz y el tono precisos, sino también la mirada, el ceño, el ademán, el desplante, el golpe de cabello, el volteo de la cola de su bata...

Nunca es gratuita en su manera de mover las manos, ni coge el micrófono como si fuese un enemigo, ni regala gestos en vano. Algunos podrían decir que tiene algo de fría, que le falta desgarro o exuberancia. Otros diríamos, en cambio, que destila elegancia e inteligencia; que la suya es una sabiduría escénica de orden superior; que es una mujer llena de dignidad, de medida; que es una señora, y lo sabe demostrar.