U2 impone su épica de masas en el Camp Nou

DAVID MORÁN/
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La épica de masas en su versión más febril y, valga la redundancia, multitudinaria, se hizo carne anteanoche en el Camp Nou de la mano de U2, anfitriones de lujo del «stadium rock» y artífices de uno de los conciertos más esperados y concurridos de los últimos años en Barcelona. Ante más de 80.000 personas y espoleados por el ritmo directo y contundente de «Vértigo», los irlandeses sacaron lustre a su pasado, exhibieron catálogo de grandes éxitos y trataron de reivindicar un presente que en directo gana contundencia (que no relevancia).

Con las luces aún encendidas y The Arcade Fire retumbando en los altavoces del estadio, Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen irrumpieron en el escenario como por sorpresa para entonar el ya célebre «Uno, dos, tres... ¡catorce!» y provocar el delirio en las gradas. Una rotunda «I Will Follow» tendió el primer puente hacia el pasado mientras Bono se ajustaba el mono de faena debatiéndose entre sus dos facetas más conocidas: la rockero mesiánico y la de rebelde del pop. A esta última pareció apelar cuando tomó prestada la cámara de un fotógrafo para retratar a la audiencia. «Barcelona es una ciudad muy sexy», anunció en un ininteligible catalán.

El de la capital catalana ha sido y será el concierto más multitudinario de la gira «Vértigo 2005», y eso parecía agradecer Bono al reforzar el guiño cómplice de «Beautiful Day» envolviéndose con la bandera catalana. «Gracias por venir a vernos y por darnos una gran vida», proclamó el cantante justo antes de entonar un «Happy Birthday» dedicado al guitarrista The Edge, que cumplía 44 años, y emocionar a un público que, mechero en mano, vibró con la inmarchitable «I still haven´t found what I´m looking for».

El efecto de la magnífica tanda inicial, sólo deslucida por un sonido algo deficiente para tan grandiosa superproducción, se vio de pronto anestesiado ante la llegada de un bloque dedicado a «How to dismantle an atomic bomb», disco con el que U2 ha intentado reencontrarse con sus raíces eléctricas. Curiosamente, la parte musical más floja fue también la que abrió la veda de las proclamas sociales y políticas, con dedicatorias a quienes investigan para erradicar enfermedades como el sida («Miracle drug»), invocaciones familiares («Sometimes you can´t make it on your own») y cantos a favor de la paz («Love and peace»). Ésta última, con la banda desplegada en dos pequeños escenarios situados justo en medio de la pista, sirvió para dar paso a uno de los clásicos más celebrados de los irlandeses: un «Sunday bloody sunday» inflamado por consignas pacifistas y brillantemente empalmada con «Bullet the blue sky».

Sacando a flote su vertiente más comprometida y vendándose los ojos con un cinta en la que símbolos crisitianos y judíos daban forma a la palabra «Coexist», Bono sorprendió a todos cuando la tierna «Miss Sarajevo» irrumpió en escena y el cantante no se lo pensó dos veces a la hora de suplantar vocalmente a Pavarotti, figura con la que la banda grabó la canción a dúo.

La proyección de una versión en catalán de la Declaración de Derechos Humanos marcó un nuevo cambio de rumbo, orientado en esta ocasión hacia la brillante «Pride (In the name of love)». La ración de épica majestuosa de «Where the streets have no name» y la sencilla calidez de «One» pusieron el broche a una actuación que, en la barra libre de los bises, echó humo gracias a «Zoo Station», «All because of you» y, sobre todo, una «With or without you» coreada al unísono por más de 80.000 gargantas.

Como era de esperar, tras algo más de dos horas de actuación, el público acabó rendido a los pies de una banda que, generosa en electricidad y contundente en su activismo, añadió una nueva muesca en su catálogo de victorias.

Horas antes, los británicos Keane consiguieron meterse al público en el bolsillo con su pop edulcorado y emparentado por la vía épica con el rock de los irlandeses. Aun así, el trío tuvo que vérselas con la aparición en la tribuna de Ronaldinho, astro local que arrancó una de las mayores ovaciones de la noche y que volvió a ser protagonista -aunque de manera algo más indirecta- cuando, al final del concierto de U2, Bono recibió una camiseta del F.C. Barcelona estampada con el número diez. Los galácticos del rock en comunión con los galácticos del fútbol.