AP  Q´Orianka Kilcher, protagonista de «El Nuevo Mundo», ayer en Berlín

El huidizo Malick, el iluminado Houllebecq y «el Chivo» de los Llosa

La adaptacion cinematografica de la novela de Vargas Llosa realizada por su primo Luis se abrió camino en un día de grandes esperanzas con «El nuevo mundo» y «Las partículas elementales»

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E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

ENVIADO ESPECIAL

BERLÍN. La de ayer era una de esas jornadas para presumir luego en el barrio: pues yo he visto la última de Terrence Malick... O yo considero que «Las partículas elementales», la película basada en la novela de Michel Houllebecq, atrapa muy bien ese poso pesimista del escritor francés y le añade, incluso, algún toque parecido al humor... Ambas películas constituyeron, por decirlo sin sencillez, la medula espinal del cine que ofrecía la sección oficial: «The new world» se titulaba la de Malick, un cineasta de esos esquivos, al estilo de Víctor Erice, y que ha hecho cuatro películas en cuarenta años, aunque, eso sí, muy meditadas; en cuanto a «Las partículas elementales», la ha dirigido un alemán, Oskar Roheler, con lo queda un todo muy europeísta con esa amalgama de afectación francesa y turbina alemana.

Antes se deja arrancar una muela Terrence Malick que hacer un plano vulgar, de ahí que su película, un elogio entusiasta y estético a las virtudes del indigenismo y que viene a contar la historia de Pocahontas, sea una maravillosa ventana a los albores de la colonización de los Estados Unidos por parte de los ingleses; dura dos horas y media que parecen tres y alterna el pasmo por el aroma Walt Whitman con la timidez e ingenuidad del buen indigena roussoniano. El director elabora las historias de amor y de convivencia entre la princesa nativa y el capitán John Smith (un Colin Farrell un punto menos macarra de lo habitual) con un indisimulado tono poético y con una invitación constante a la contemplación y a la reflexión; no es raro que el sosiego que procura la película pueda confundirse, así, de refilón, con el aburrimiento...

La perspectiva de ponerle imágenes a la provocadora novela de Houellebecq era, de por sí, una arrogancia: Oskar Roehler lo hace y hasta consigue «humanizar» el talento frío del francés con unos personajes no tan extremos; el tarado Bruno del papel resulta en la pantalla casi gracioso, aunque en contrapartida, la pantalla imbeciliza mas al hermanastro, Michael... El resultado cinematográfico es pasable y deja un relato bien dosificado de comedia y drama, al tiempo que subraya todo ese documento atroz, pero tratado a la ligera, de vidas rotas, paternidades incoherentes, actitudes necias y relaciones acres del original.

Y a uno de los lados de la sección oficial se proyectaba «La Fiesta del Chivo», adaptación de la célebre y celebrada novela de Mario Vargas Llosa que ha dirigido su primo, Luis Llosa. La película es «lujosa» de aspecto y afilada en su macabro retrato del sátrapa dominicano Rafael Leónidas Trujillo, el vivo retrato del diablo tal y como lo encarna el elegante y veteranísimo Tomás Milian, quien parece haberse estudiado los tics de Joe Pesci en las pelis de Scorsese. El punto de vista sigue en su sitio: la carne de la tragedia de Urania Cabral, hija del ministro Agustin Cabral y detonante de la memoria que se nos cuenta..., personaje que encarna Isabella Rossellini con la cara y el mismo desánimo que si interpretara la escena de Rick empapado en whisky de «Casablanca». También tiene un cometido destacado Juan Diego Botto, que encarna a uno de los hilos sueltos de la Historia, con mayúscula, del país que había debajo de esa bota. Por cuestiones quizás familiares, Luis Llosa se limita a «iluminar» la novela, sin que se aprecie en su trabajo pretensión alguna de imponer sello o rúbrica, lo cual deja «La Fiesta del Chivo» en ese estadio de película monda y lironda, mero cristal.

Lo que ocurre es que, por un raro trasvase de sentidos y lecturas, al traducir la tragedia a imágenes «al pie de la letra» se convierte en drama, o más aún, en melodrama, en novelerio y fabulación; con lo que, tal vez, un poquito de personalidad en el trazo le hubiera venido bien a esta nueva visión del Chivo.