Uno de los edificios estrella de Hudson Yards
Uno de los edificios estrella de Hudson Yards - AFP

Hudson Yards, monumento al espectáculo y al exceso

A la última gran urbanización de Manhattan, con una inversión de 25.000 millones de dólares, le llueven las críticas

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

De repente, un día estaban ahí: media docena de rascacielos refulgentes con el sol de la tarde, que se escapa por Nueva Jersey. No muchos neoyorquinos se dieron cuenta de que crecían implacables porque aparecieron en una zona muerta. De hecho, de vías muertas. Hudson Yards es un nuevo distrito de Nueva York construido en la trasera de Penn Station, un enorme descampado donde morían los trenes de la principal estación de la ciudad, entre almacenes desportillados, aparcamientos y fábricas olvidadas en la orilla del río Hudson.

Nadie ponía allí un pie. Pero era un diamante en bruto, una localización privilegiada de la isla de Manhattan: a un paso de las oficinas, los teatros y museos del Midtown, cerca de las calles coquetas del West Village y abierto al Hudson. Durante décadas, la ciudad tanteó posibilidades de cambiar el uso del suelo de industrial a residencial o mixto y urbanizar una de las pocas zonas vírgenes de Manhattan. A comienzos de siglo, se propuso que aquí se construyera el estadio de los Juegos Olímpicos de 2012, que finalmente fueron a Londres. El fracaso de ese proyecto abrió la puerta a un desarrollo urbanístico monumental, considerado el mayor de la historia de EE.UU. para uso residencial y comercial. Una inversión de 25.000 millones de dólares, amasada por Related Companies y Oxford Propertius Group, dos de las mayores promotoras inmobiliarias del mundo.

Oportunidad

Hudson Yards era también una oportunidad para corregir uno de los mayores agravios arquitectónicos cometidos en Nueva York. En 1963, la ciudad tiró la antigua Pennsylvania Station, una maravilla diseñada por el estudio McKim, Mead and White –y con la participación del español Rafael Guastavino y sus espectaculares bóvedas– para levantar el Madison Square Garden, que esconde en sus tripas la actual estación de tren, un lugar inhóspito donde lo mejor que se puede hacer es pasar poco tiempo.

Los nuevos dueños de Hudson Yards buscaron hacer del lugar un icono urbanístico para Nueva York, elevado sobre las vías de tren, en un prodigio de ingeniería, y no escatimaron. Ficharon arquitectos de renombre –el plan urbano y dos de las torres son del estudio Kohn Pedersen Fox, mientras que David Childs, Norman Foster o el estudio Diller Scofidio + Renfro firman otros rascacielos–, se proyectó un centro comercial gigantesco –con diseño de Elkus Manfredi– y encargaron al mediático Thomas Heatherwick la construcción de una escultura pública que rematara el conjunto.

La escultura de Thomas Heatherwick en Hudson Yards
La escultura de Thomas Heatherwick en Hudson Yards - AFP

El nuevo distrito tiene otros atractivos, como un centro cultural multidisciplinar –The Shed– y una terraza panorámica encaramada al rascacielos más alto del complejo, que promete vistas terroríficas –parte del suelo será de cristal– para su inauguración el año que viene.

Críticas

Los responsables del invento aseguran que Hudson Yards es «el centro cultural del nuevo lado Oeste de Manhattan». Quizá se pasaron de frenada: el nuevo distrito de Nueva York ha sido recibido entre el asombro de los curiosos y críticas descarnadas. «Hudson Yards solidifica la lenta transformación de Manhattan en un centro comercial para ricos», sentencia la revista «New York» en uno de los muchos artículos dedicados al proyecto en la prensa local. En una ciudad donde se ahogan los negocios familiares, tomada por las parafarmacias y los Starbucks, Hudson Yards es como si «el mundo distópico del ‘1984’ de Orwell lo hubiera maquillado la excentricidad de Wes Anderson», defiende «CityLab».

El complejo es todavía una trinchera gigantesca de obras, un trajín de cementeras, volquetes y chalecos amarillos que durará años. Pero la plaza central y varios edificios están ya abiertos y es imperdible el carácter del lugar: aséptico, pulido, brillante, espectacular, controlado. «Es un Times Square más limpio y menos interesante», escribe «The Architect’s Newspaper» en relación a un enclave de la ciudad convertido en puro imán para turistas. Los neoyorquinos huyen de allí.

El centro de Hudson Yards y el elemento que busca articularlo es la escultura de Heatherwick, un mamotreto de dieciséis pisos de altura, formado por una retícula de escalinatas interiores inspiradas en las de los pozos indios. Es el mejor símbolo de Hudson Yards: excesivo, brillante, fútil –escaleras que van a ningún sitio– y perfecto para selfies de Instagram. Y caro, con un coste de 200 millones de dólares. Su nombre es «The Vessel», hasta que se decida el concurso público para su bautizo definitivo. «Shawarma», por su parecido con el rollo de carne del kebab, es por ahora el más popular en Nueva York.

La escultura de Thomas Heatherwick en Hudson Yards
La escultura de Thomas Heatherwick en Hudson Yards - AFP

Pocos han sido tan duros con el resultado final de Hudson Yards como Michael Kimmelman, el crítico de arquitectura de «The New York Times». La cuestión fundamental que se pregunta en su repaso al complejo es: ¿para quién es?, ¿quién disfrutará del mejor lote público por urbanizar que le quedaba a Manhattan? «Hudson Yards glorifica un tipo de espectáculo superficial, como si la ambición máxima de la vida urbana fuese la consumición de artículos de lujo y disfrutar de un materialismo suave, seductor y sin sentido», asegura.

[Así es «The Vesel», una increíble escalera sin fin]

Hace algunos días, el lugar estaba lleno de turistas, embobados con «The Vessel» y ajenos al traqueteo del taladro neumático y al quejido de la radial. Hudson Yards se levanta donde acaba una de las atracciones turísticas más exitosas de la ciudad –el parque elevado High Line– y ya acuden en masa al brillo de los nuevos rascacielos como las moscas a la miel. Delante, un centro comercial gigantesco donde comprar en Cartier o en Zara y quioscos con bocadillos a 20 dólares o restaurantes de cocineros mediáticos (entre ellos, el patio de comidas impulsado por José Andrés y Albert Adrià, Mercado Little Spain). Una experiencia neoyorquina, que no lo es.

[José Andrés y los hermanos Adrià abren el Mercado Little Spain]

Y un espacio público que tampoco lo es tanto. Nada más llegar a Hudson Yards, un cartel anuncia al visitante todo lo que no puede hacer –montar en bicicleta, empujar un patinete, sentarse en las barandillas, poner música en un altavoz– en un parque sin apenas atracciones que supongan echar la mano a la cartera. «The Vessel» es gratuito, pero poco accesible: hay que sacar una entrada y al principio los visitantes estaban obligados a ceder la propiedad de las fotos que sacaban dentro de la escultura (la polémica forzó a cambiar las condiciones). «El espacio físico creado por Hudson Yards es ostentoso y energizante, pero el espacio social que crea es ilusorio y no auténtico», critica «Forbes».

El agravante es que los promotores inmobiliarios consiguieron casi 6.000 millones de dólares en ayudas públicas, incluyendo la extensión de la línea de metro y rebajas fiscales, según un estudio de la New School. El resultado es un magnífico patio de recreo para millonarios, con grandes compañías en sus espacios de oficinas –desde L’Oreal a la consultora BCG– y con miles de pisos de lujo, con alquileres que arrancan en 5.000 dólares mensuales para un apartamento de una habitación. Dentro del acuerdo con las autoridades, el 10% de los pisos de alquiler son para rentas subsidiadas. Eso sí, utilizarán una entrada distinta a la de los millonarios propietarios de los apartamentos de lujo.