Óleo de la Batalla de Ayacucho en 1824
Óleo de la Batalla de Ayacucho en 1824 - ABC
Mentiras creíbles, verdades increíbles

La Historia no tiene guion

Los movimientos de independencia en las Provincias de Ultramar se basaron en la toma de poder de una oligarquía local ante el derrumbe de la metrópolis: si España cae, nosotros no caeremos en manos de Napoleón

Actualizado:

«Nadie es la Patria. Ni siquiera los símbolos» (Jorge Luis Borges)

Hoy, pocos son los que académicamente se dedican al pretérito imperfecto que pongan en duda la vieja afirmación de Herzen: «La Historia no tiene guion». Nunca lo tuvo. Pero hubo un tiempo en el que parecía que la Historia tenía un sentido, que el progreso era irreversible, que lo que había sucedido era inevitable. Se construyeron relatos en torno al supuesto guion preescrito. Fueron las mentiras creíbles y se olvidaron, cuando no condenaron, las verdades increíbles. En la Historia de España uno de esos capítulos es el que trata de los movimientos de independencia en las Provincias de Ultramar, las provincias americanas. Lo cierto es que todo comenzó en España. El Nobel Octavio Paz, le recordó a quien esto escribe, en una entrevista publicada en «Revista de Occidente»: «Ustedes, los españoles, llevaron el secesionismo a América». Tal vez. Lo cierto es que al repasar las páginas de «Naciones de rebeldes». Las revoluciones de independencia latinoamericanas (2010) del historiador, y colaborador de ABC, Manuel Lucena Giraldo, un ensayo que abre nuevas perspectivas historiográficas, incorpora sustancial bibliografía, antes ignorada, y recupera testimonios, hechos y declaraciones esenciales para entender lo que ocurrió, uno descubre la Historia como un inmenso mapa de complejidades, de idas y vueltas, de decisiones y momentos que varían el curso o toman un rumbo insospechado.

El guion de la Historia, de esta historia de las independencias americanas, lo escribieron las circunstancias, el azar, los errores y las convicciones, las traiciones y las lealtades. Por ejemplo, 1810, 11 de mayo, acaba de crearse la Junta de Caracas y esta es su declaración: «La nación española después de dos años de una guerra sangrienta y arrebatada para defender su libertad e independencia está próxima a caer bajo el yugo tiránico de sus conquistadores franceses. Venezuela se ha declarado independiente no de la madre patria, no del soberano, sino de la Regencia, cuya legitimidad está en cuestión». Las noticias que llegaban al otro lado del Atlántico eran que Cádiz estaba a punto de caer. Buena parte de las Juntas americanas plantean un curioso dilema: si España cae, nosotros no caeremos en manos de Napoleón. Por otra parte, el contingente económico que permite compra de armas y demás llega a la Península mediante las colectas que se han organizado en las Provincias americanas, cuyos representantes estarán presentes en las Cortes de Cádiz. En esos días se juega una baza decisiva: autonomismo o independencia.

Todo se rompería con la declaración de Bolívar en 1813: «guerra a muerte». Pero sigamos con las paradojas. En la definitiva batalla de Ayacucho (1815) son abrumadoramente americanos los soldados realistas.

Verdad increíble: el verdadero –documentadamente abrumador– arranque de la independencia.

Mentira creíble: la teología irredenta de la independencia, relato unilateral.

Como todas las guerras civiles, y las guerras de la independencia lo fueron, se trató de la toma de poder de una oligarquía local ante el derrumbe de la metrópolis, ante la traición del rey –más despreciable que una nación pudo soportar– Fernando VII (qué gran biografía la de Emilio La Parra), del fracaso del Trienio Liberal y de lo que, tras 1776 en lo que serían los Estados Unidos de América, y 1789 en Francia, los vientos de libertad –con tantos matices, como es el caso de Francia, donde libertad y terror pugnaron desde el principio– entraban sin remisión.

En su estancia en Buenos Aires a Federico García Lorca le preguntaron qué le parecía América, y, sin dudarlo, contestó: «El español que no conoce América no conoce España». Lucena cierra su formidable libro con estas palabras, luminosas, del gran historiador de Cambridge John G.A. Pocock: «Una sociedad puede tener tantos pasados y tantos modos de dependencia con esos pasados como tiene relaciones efectivas con el pasado. La conciencia de la sociedad acerca de su pasado es plural, no singular, y está condicionada de muchas maneras». Sí, la Historia no tiene guion.