Hallada cerca de Jerusalén la tumba profanada del rey Herodes

LAURA L. CAROCORRESPONSALJERUSALÉN. Treinta y cinco años de excavaciones intermitentes en el punto equivocado, durante los que muchos beduinos contratados para remover la tierra huyeron despavoridos

LAURA L. CARO. CORRESPONSAL JERUSALÉN.
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Treinta y cinco años de excavaciones intermitentes en el punto equivocado, durante los que muchos beduinos contratados para remover la tierra huyeron despavoridos jurando haber visto el fantasma del malvado infanticida, han concluido con el descubrimiento de la tumba de Herodes y la revelación de que el Rey que ordenó la «matanza de los inocentes» también tuvo su merecido. Aunque después de muerto. Un equipo del Instituto de Arqueología de la Universidad Hebrea de Jerusalén, capitaneado por el catedrático Ehud Netzer, hacía oficial ayer el hallazgo de la sepultura, el sarcófago y el mausoleo de quien fuera monarca de Judea entre los años 37 y 4 antes de Cristo, y constataba que el complejo funerario fue violentamente profanado poco después del enterramiento, en señal de venganza durante la gran revuelta judía del siglo I contra el Imperio Romano, del que el malik Furdis -el rey Herodes- fue considerado un títere traidor. La desaparición de su cuerpo y su catafalco destruido en mil pedazos, «sin duda, deliberadamente» revelan el odio y la «ira» con que «el Grande» fue tratado a título póstumo, según la interpretación difundida por los expertos de la Universidad Hebrea.

Los restos arqueológicos han sido encontrados 15 kilómetros al sur de Jerusalén, en lo alto de la vertiente noreste del Monte Herodium, una de las más imponentes fortalezas palaciegas de la época, a las que tan aficionado era el monarca, que la mandó construir para protegerse de sus numerosos enemigos sobre una colina artificialmente redondeada en forma de volcán. O de «seno», como señala el testimonio del historiador judeo-romano Flavio Josefo en su obra «La guerra de los judíos», en la que describe con detalle la suntuosidad del funeral, y que constituyó en 1972 la fuente de inspiración para localizar los primeros trabajos de búsqueda, ya bajo la dirección del profesor Netzer.

No obstante, hasta agosto de 2006 las labores estuvieron erróneamente centradas en el llamado «Bajo Herodium», un complejo real adicional erigido en la base del monte, donde Herodes no ahorró gastos hasta recrear un vergel de piscinas y jardines fabulosos en medio del desierto. Y donde, certifican ahora los investigadores, preparó su tumba entre dos monumentos situados al final de una larga avenida de 350 metros, aunque «aparentemente cuando envejeció», cambió de idea y optó por se enterrado en la parte superior de su volcán.

La delicadeza de los elementos arquitectónicos dispersos entre las ruinas del mausoleo, las urnas cinerarias halladas alrededor y los añicos de caliza roja del sarcófago -un material tan rico que «en la época nadie podía permitírselo»- no dejan lugar a dudas. «Resulta innecesario recurrir al carbono 14», proclamaba ayer satisfecho el doctor Netzer, pegado a los fragmentos de la caja que guardó el cadáver del sanguinario Herodes. Del que, en el Herodium, sólo queda su fantasma para asustar a los beduinos.