Una imagen de Gerda Taro trabajando como mecanógrafa
Una imagen de Gerda Taro trabajando como mecanógrafa - Fred Stein, Getty Images

Gerda Taro, la otra mirada de Robert Capa

La escritora Helena Jaeczek novela la vida de la fotógrafa, que falleció en España en 1937

Actualizado:

No tenían dinero, pero les sobraba el ingenio y el desparpajo, habilidades muy útiles en el caótico París de los años veinte y treinta. Ansiaban la libertad, y entonces la fotografía era una buena forma de ganarse la vida mientras veías mundo. Una opción difícil, sí, pero posible. Sobre todo si tenías imaginación y te inventabas un nombre bien sonoro como Robert Capa, y además le dibujabas una biografía de hombre rico de los Estados Unidos que agarraba la cámara más por placer que por necesidad, una excusa perfecta para elevar el caché y firmar jugosos contratos. Lo suyo, en resumen, fue algo así como lo de Pigmalión o, mejor dicho, como lo de Gatsby: quisieron fundar su realidad desde la ficción, y lo consiguieron. Fue un éxito. Porque André Friedmann y Gerda Taro alumbraron a uno de los fotoperiodistas más famosos (y cotizados) del siglo pasado.

Lo cuenta Helena Janeczek en «La chica de la Leica» (Tusquets), un libro que novela (todavía más) la historia de Gerda Taro, una mujer solo vivió 26 años, pero que dejó por el camino una existencia memorable, llena de talento, tragedia y amor, como la Europa que le tocó vivir. Su carrera fue más propia de la literatura que de este mundo, y así la entendió ella. «Para ser fiel a su vida tenía que tener un pie en la ficción y otro en la realidad documentada. No solo tomaron un nombre artístico, algo que no era tan raro entonces, sino que crearon una vida de la nada… Es como si se hubieran inventado el uno al otro», afirma la autora.

Todo empezó antes de que se convirtieran en amantes, cuando Taro le dijo a Friedmann que cambiara su aspecto, que no podía ir por ahí como un pordiosero si pretendía triunfar. A partir de ese momento se fue labrando su imagen, mientras ella descubría en la fotografía un medio perfecto para volcar sus aspiraciones estéticas y personales, un camino para saciar su espíritu inquieto y encantador. También una coartada para escapar de oficios de supervivencia mucho más monótonos, como el de mecanógrafa. «Aprendió a revelar, a hacer retoques y ampliaciones con rapidez y alegría concentrada (...) Abrumaba a cualquiera con quien se topase con sus progresos en el ámbito fotográfico, casi no hablaba de otra cosa», cuenta Janeczek.

Personalidad arrolladora

Ella tenía algo que atrapaba a todo el mundo. Alberti, por citar un caso, decía que era «decidida e irresistible». Además, hacía gala de una ligereza que le permitía caminar por el mundo a su manera, siempre natural, como si las cosas no pudieran ser (ni hacer) de otro modo. «La vida es demasiado seria para tomársela en serio», decía, remedando de Wilde. Y así se iba al frente a fotografiar, con respeto pero sin miedo. A España se marchó sola, después de despachar a todos aquellos –Capa incluido– que se deshacían en consejos o advertencias de peligro. «“¡Tranquilos!”, soltaba entre risitas, benévola. Y si a alguien se le escapaba: “Gerda, esto no es un juego”, se enojaba terriblemente», relata el libro.

Quiso el destino que Gerda muriese precisamente en territorio español, pero no por temeraria, sino por desgracia: un tanque republicano la atropelló en un accidente tan ridículo como dramático. «Capa nunca superó su pérdida. Su destino quedó marcado por su muerte, y por el sentido de culpabilidad que tuvo por no haber estado allí... Ella era fascinante por la energía que tenía, por su valor, por su capacidad para gozar de la vida en unas circunstancias tan difíciles como las que vivió... Poca gente la odiaba. Casi todos la amaban», sentencia Janeczek.

Taro se convirtió en la primera fotoperiodista mujer en perder la vida en el campo de batalla, tal y como recuerdan los textos promocionales de la novela. Pero su legado fue otro: el de sus poderosas imágenes, que, ya recuperadas, siguen vibrando.