Un momento del funeral por López Sancho celebrado ayer en Madrid. Jordi Romeu

La generosidad, el rigor

Juan Ignacio GARCÍA GARZÓN
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Cuando se comienza en el sorprendente universo de la profesión periodística, no se sabe hacia dónde te va hacer bailar la caprichosa música del azar; uno intenta más o menos dirigirse hacia el escenario de sus apetencias, aunque, al principio, puede que si te gusta el cine, te veas escribiendo la información de la junta general de accionistas de un banco, o si te interesa el proceloso mundo de la política, te encarguen hacer vestuarios tras un partido de fútbol. En esta más que vocación, equivocación —como a veces se masculla tras una jornada de más de doce horas de trabajo febril y casi fabril— tiene uno que estar preparado para casi todo: lo que importa es hacerlo bien. Enlutado el ánimo, esta reflexión sobre el mester informativo la ha motivado un rápido vistazo al amplio y fecundo recorrido profesional de Lorenzo López Sancho, mi maestro en la crítica teatral y en tantos detalles de este puñetero y adictivo trabajo en la redacción de un diario.

Corresponsal en París, cronista de la Villa, comentarista deportivo, analista político, crítico de teatro y de cine, comediógrafo, guionista de televisón, adaptador de clásicos a la gran pantalla... Tantas cosas y todas tan bien hechas.

Cuando empecé a firmar críticas en ABC, Lorenzo, que era el crítico titular, me regaló algunas normas tan sensatas como precisas, un pequeño catálogo de indicaciones para no zozobrar en este oceáno tan peculiar y sensible. Nunca las he olvidado. Se resumen en dos. Primera, escribir siempre con el mayor rigor. Segunda y principal, nunca escatimar la generosidad. Y hay una más, el estrambote para cuando cae el telón: los críticos no aplauden jamás.

Siempre las he respetado, aunque ahora, querido Lorenzo, he de confesar que una sola vez incumpli la última recomendación. Fue en una sala alternativa, al concluir un maravilloso espectáculo de teatro-danza. En las butacas estábamos sólo cuatro o cinco espectadores, y claro, cuando la única intérprete salió a saludar y nos miró con ojos implorantes y agradecidos, la aplaudí calurosamente, como el resto de emocionados naúfragos de la función. Discúlpame.

«Uno mismo no es más que una memoria a la que un día se le queda a oscuras la pantalla. Y ya no dirá nunca nada», escribías en 1988 cuando tu «Planetario» cumplía veinte años. La pantalla, ya sí, se quedó a oscuras. Descansa en paz, amigo. Maestro.