De fotoperiodista a refugiado

POR CAROLINA FERNÁNDEZ | MADRID
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«Hoy mi hijo cumple 20 meses. ¿Cuántos más cumplirá antes de poder verle?¿Cuándo podré abrazaros a todos?...» (Bram. 30 de marzo, 1939). Agustí Centelles, con sus magníficas instantáneas, ha corroborado que una imagen vale más que mil palabras. Pero en esta ocasión, no son sólo sus fotografías las que permitirán sentir la Guerra Civil de un modo distinto, sino también sus palabras, que transportarán al lector al campo de concentración de Bram (Francia), construido en tan sólo veinte días.

En el centenario de su nacimiento, Ediciones Península publica dos obras inéditas de uno de los fotoperiodistas más valiosos del siglo XX, «Diario de un fotógrafo: Bram, 1939» y «La maleta del fotógrafo», con imágenes y relatos de su exilio. Siete décadas tuvieron que pasar para que el destino y la voluntad de los suyos se encargaran de desvelar la obra del llamado Robert Capa catalán.

Un descubrimiento

En 1986, fue su primogénito -la inspiración de sus relatos-, quien encontró dos libretas en el escritorio de su padre, muerto un año antes, con las anotaciones de su estadía en Bram. «Sergi sólo pudo leer las dos primeras páginas. Tuvo que esperar algunos años hasta que se enfrentó a la lectura de aquellos cuadernos», comenta la editora del libro, Teresa Ferré. Y, el verano pasado, sus dos hijos hallaron en una caja de galletas olvidada en el laboratorio familiar una centena de negativos y copias sobre papel de fotos que Centelles había ocultado durante 32 años en la ciudad francesa de Carcasona, y que logró recuperar después de la muerte de Franco.

«A mi hijo Sergi y a los que puedan venir posteriormente» (20 de abril de 1939). Comienza así el periplo del fotoperiodista que refleja la dureza de aquella «cárcel masiva» donde estuvieron recluidos cerca de 15.000 españoles en condiciones infrahumanas: «hacinados, con una pésima alimentación y un trato denigrante». La escritura y, sobre todo, la fotografía fueron las actividades que le permitieron no perder la cabeza. «Quizás un 70 por ciento de los que eran hombres normales a su llegada a Francia han degenerado mentalmente» (junio, día 1. Empieza el quinto mes del exilio). Folio a folio e imagen tras imagen es como logra transmitir a su familia -y ahora a sus lectores-, la agonía de su confinamiento.

Centelles no pudo concluir sus estudios, fue la fuerza de su «empeño» y su «voluntad» lo que lo llevaron a ser un excelente «cazador de imágenes» -como él se autodenominaba-. A sus 14 años ya era aprendiz de la sección de rotograbado del periódico El Día Gráfico. En 1930, fotógrafo del Comisariado General de Guerra del frente de Lérida y, luego, trabajó con Josep Badosa, Josep Maria Sagarra y Lluís Torrents, tres de los mejores fotoperiodistas de Barcelona. A sus 25 años, con la adquisición de una cámara Leica -«la de los grandes fotoperiodistas europeos»-, se independiza. Es así como comienza el vuelo: primero como corresponsal de guerra, y después como jefe del Gabinete Fotográfico del Servicio de Investigación Militar, para luego sufrir un aterrizaje forzoso que, de fotoperiodista exitoso, lo llevó a un campo de refugiados, donde monta lo que sería «el primer laboratorio fotográfico clandestino del Mediodía francés».

Los que huyeron de la represión franquista llevaban en las maletas sus tesoros más preciados; Centelles se aferró a sus cámaras y negativos... «Qué ganas tengo de volver a ser libre, vivir como la persona decente que soy. Que mi nombre vuelva a ser conocido y mi firma aparezca al pie de mis fotos...» (junio, 1939). Hoy, hace 70 años, Centelles al fin lo ha logrado.