José María Blázquez, miembro de la Real Academia de Historia
José María Blázquez, miembro de la Real Academia de Historia - ABC

Fallece el catedrático de Historia José María Blázquez

Fue una gran eminencia en Historia Antigua Universal y miembro de la Real Academia. Nació en Oviedo el 7 de junio de 1926 y murió ayer en Madrid

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José María Blázquez Martínez fue catedrático de Historia Antigua Universal y de España en la Universidad de Salamanca y en la Complutense, uno de los más grandes —si no el mayor, junto con su maestro, Antonio García y Bellido— de los que ha habido en nuestro país en esa disciplina, si atendemos al número y calidad de sus publicaciones ad hoc. Fue elegido miembro de la Real Academia de la Historia en mayo de 1987, tomando posesión de su medalla, la número 13, en enero de 1990. Desde entonces, su entrañable conversación y sus singularísimas intervenciones académicas lo hicieron un pilar indispensable en el docto palacio de la calle del León.

Dirigió revistas científicas de la categoría de Gerión y Archivo Español de Arqueología, así como el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense y el Instituto Español de Arqueología del CSIC, desempeñando en todos esos cargos una labor infatigable y ejemplar como estudioso y como gestor. Se hallaba en posesión de numerosos premios y nombramientos honoríficos españoles y extranjeros, como la Gran Medalla de Plata de Arqueología de la Academia de Arquitectura de París o el doctorado Honoris Causa por las universidades de Bolonia y Carlos III de Madrid, entre otras muchas distinciones. Era miembro ordinario del Instituto Arqueológico Alemán de Berlín, de la Hispanic Society of America, de la Accademia Nazionale del Lincei de Roma, de la New York Academy of Sciences.

Pero no quiero seguir con su abrumador currículum, porque sería interminable reseñar cuanto hizo y a las instituciones que honró con su presencia, siempre laboriosa y enérgica, tenaz y perseverante. Como historiador de las religiones antiguas, hay un antes y un después de su obra en ese terreno. Ejerció un fértil magisterio sobre varias generaciones de historiadores de la Antigüedad, fundando una auténtica escuela de la que surgieron los nombres más relevantes de la especialidad, desde conspicuos y venerables catedráticos que acaban de jubilarse hasta jóvenes profesores que siguen en activo en todas las universidades españolas. Incansable viajero por todo el mundo, participó en incontables misiones arqueológicas en toda la cuenca mediterránea. Suyo es, por ejemplo, un libro admirable sobre el castillo de Qusayr Amra (comienzos del siglo VIII), en el desierto jordano, donde los califas omeyas encargaron un programa iconográfico de frescos cinegéticos y eróticos que constituye un insólito paréntesis de libertad creativa en el mundo islámico.

Pero, más allá de su apabullante actividad académica y de la inagotable bibliografía que nos ha legado en libros y en artículos, José María Blázquez fue un hombre bueno, amable extrovertido, con un increíble sentido del humor que convertía los almuerzos en su honor —instituidos por una benemérita cofradía, «Los Amigos de Blázquez», a la que me honro en pertenecer— en una auténtica fiesta de la cordialidad y la camaradería. Desde el otro lado del espejo, querido maestro, seguirás inspirándonos con tu alto ejemplo humano y científico. Hasta pronto, querido José María.