Una exposición recupera a Luis Escobar, el gran fotógrafo del pueblo

«Luis Escobar, fotógrafo de un pueblo» recoge en una exposición, a través de cien fotografías, la crónica gráfica y sentimental de la época en la que fueron realizadas por un autor que es ya un clásico y que en su tiempo fue, sin duda, el fotógrafo más popular. La muestra, inaugurada ayer en la Sala Goya del Cículo de Bellas Artes, ha sido organizada por esta entidad y Lunwerg Editores.

MADRID. ABC
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Cien fotografías del manchego Luis Escobar (1887-1963), «el mejor fotógrafo popular de su generación porque fue pueblo él mismo», pueden verse hasta el 3 de junio en el Círculo de Bellas Artes. La muestra ha sido organizada junto con Lunwerg Editores y las diputaciones de Cuenca y Albacete; su comisario ha sido el historiador de la fotografía Publio López Mondéjar, que ha trabajado más de diez años en la recuperación de su archivo. Nacido en Villalgordo del Júcar (Abacete), Escobar se estableció en 1920 en la capital, donde inició una incesante actividad como retratista y fotógrafo ambulante que le llevaría a recorrer los pueblos de La Mancha durante cuarenta años.

López Mondéjar lo calificó ayer de «fotógrafo de gran instinto», y aseguró que tenía para su oficio y su arte «cabeza y ojo, pero más que ninguna otra cosa, corazón». «Asomarse a su obra, realizada con talento y profesionalidad, es asomarse a la España de los años veinte, treinta y cuarenta», y equiparó a Escobar con el gallego Virgilio Vieitez o el madrileño Alfonso. Achacó que este artista no haya gozado hasta ahora de la fama que merece a que «España ha cuidado muy mal su patrimonio artístico».

En una época en la que retratar era todo rito, y en la que la expectación que despertaba el oficio era «algo semejante a lo que aún hoy ocurre con las cámaras de televisión cuando acuden a un pueblo», Escobar «prefería la calle al estudio», lograba unas instantáneas de encanto indefinible, con rostros en unos casos alegres, en otros desamparados, pero las más de las veces «solemnes y con cierto aire de complicidad».

El artista, que iba de un sitio a otro en mulas de tratantes, andando o en diligencia, sacaba nada más llegar, «sus trebejos, pero también su acordeón, porque le gustaba acercarse a las gentes y a sus ferias». Dotado de talento para relacionarse con las personas, lo mismo retrataba a las prostitutas del pueblo que al señor obispo. Por su objetivo pasaron también autoridades oficiales, primero de la República, después de Falange.