Espléndido Webern de Mitsuko Uchida

Por Antonio IGLESIAS
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Ciclo de Ibermúsica. Obras de Schubert, Webern y Chopin. Pianista: Mitsuko Uchida. Auditorio Nacional de Música de Madrid. 16 de enero.

Por todo concepto, la pianista japonesa Mitsuko Uchida se merece su inclusión en estos brillantes Ciclos de Ibermúsica, que se constituyen en alto exponente de valores con marchamo internacional. En la primera parte del programa ofrecido por ella —curioso sándwich weberniano con los panes de Schubert—, obtuvimos lo mejor de esta excelente intérprete: su modélica versión de las «Variaciones Op. 27», de Anton Webern, que permanecen actuales por encima de su fecha de escritura, 1936: piano exquisito en el puntillismo múltiple de sus diversas sonoridades, que requiere una inteligencia y una sensibilidad especialísimas, como las que hubimos de admirar en la Uchida, que sabe medir, comprender y traducir hasta el silencio...

Porque su Schubert («Sonatas D. 537 y D. 664»), resultando en general admirable, ya pertenece al mundo del pianismo grande de nuestros días, deslumbrador en la posesión del rico caudal de grandes medios, carente un algo de personalidad. Lo mismo que cabe suscribir del Chopin que, llenando la segunda parte («Preludio» Op. 45 y «Segunda Sonata» Op. 35), ratificó el recital de la gentil Mitsuko Uchida como sobresaliente en su calificación, ratificada por el público, que supo distinguirla en la inteligente comprensión de su genial comprensión weberniana, pecando en el incontenido aplauso del primer tiempo chopiniano; así como unirse en la protesta originada por la escandalosa comparecencia de un móvil cuando la última página de la primera parte.

Entonces, lamentamos las notorias muestras de desagrado de la pianista y, si ya es bochornoso que se anuncie a la entrada de la sala y hasta en los mismos tiques el ruego de desconexión de los teléfonos móviles, que se haya tenido que volver a hacerlo en nombre de la pianista actuante por los altavoces, antes de dar comienzo a la segunda parte, pone de manifiesto —no siendo la primera vez que esto ocurre— algo que se enfrenta con la demostrada filarmonía madrileña.

El éxito, grande, no se menguó por el accidente, y el entusiasmo del público hubo de verse premiado con la concesión de dos «encores».