E. MORENO ESQUIBEL  Tamara Rojo, rodeada por los siete enanitos, en el ballet «Blancanieves»

EL ESPEJO DE TAMARA ROJO

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DANZA

«Blancanieves»

Coreografía, libreto y dirección artística: Ricardo Cué. Música, dirección y producción ejecutiva: Emilio Aragón. Adjunto a la coreografía: Santiago de la Quintana. Escenografía: Fernando González y Érika Ortiz. Vestuario: Casilda Cavero. Luces: Freddy Gerlache, Felipe Ramos, David Arribas. Principales intérpretes: Tamara Rojo e Iñaki Urlezaga. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Lugar: Teatro Arriaga, Bilbao. Fecha: 3 de noviembre.

JULIO BRAVO

Si Tamara Rojo se plantara ante el espejo y le preguntara, como la Reina de «Blancanieves», aquello de: «Espejito, espejito, ¿quién es la mejor bailarina del mundo?», no hay duda de que escucharía: «Tú». Y es que Tamara Rojo es hoy en día, si no la mejor bailarina del mundo (los términos absolutos en el arte son siempre peligrosos), sí una artista muy difícil de igualar. Así lo repite la crítica una y otra vez en Londres y así lo ha demostrado una vez más en Bilbao, en el estreno de «Blancanieves», donde se sobrepuso a una lesión en el tobillo que le impedía rendir al cien por cien pero que no le impidió abrir el abanico de su arte: impecable técnica, efusividad, dulzura, coraje, musicalidad, calidez, expresividad y, otra vez, coraje (tiene tanto que hay que citarlo dos veces).

El elogio resulta especialmente satisfactorio porque Tamara es el mascarón de proa de un proyecto más que inusual: la creación de un ballet clásico en nuestro país. «Blancanieves» nace del empeño de Ricardo Cué y de Emilio Aragón, que han puesto en pie una producción llena de aciertos y ovacionada en su estreno bilbaíno en el teatro Arriaga. Si no es fácil sacar adelante una compañía de ballet en España, es mucho más complicado armar un conjunto como el que Cué y su mano derecha, Santiago de la Quintana, han conformado en los últimos meses. La bisoñez y la falta de experiencia son el único lastre que arrastran los bailarines de esta compañía, pero ya se sabe que ese lastre se suelta con tiempo y representaciones. Hay sin embargo mimbres y bailarines como Federico Fressi o los gemelos Roberto e Iván Sánchez merecen mucha atención.

Emilio Aragón, volcado en los últimos años en la composición musical, ha escrito una partitura sencilla, colorista y personal, de estilo absolutamente clásico, que busca la complicidad del guión y baila con la escena. Sobre esa base Ricardo Cué ha elaborado una coreografía clara, transparente, dinámica, estrictamente clásica, que explota el virtuosismo de los bailarines (donde, lógicamente, brilla la categoría del argentino Iñaki Urlezaga, noble y espléndido) y busca la luminosidad de la danza.

«Blancanieves» es un bonito ballet, ni más ni menos, pero es sobre todo un alentador proyecto que ojalá sirva para despertar conciencias acerca de la necesidad de animar el ballet clásico; existe talento y existe público (en Madrid ya están todas las entradas vendidas). Ahora falta que exista voluntad por parte de las instituciones.