La española americana

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José María Blanco vivía en Cuzco. Hombre interesado por las curiosidades de su ciudad, dejó en 1837 —reparen en la fecha— un bonito retrato del paisaje humano cuzqueño: «La población asciende a cuarenta mil habitantes de toda edad, sexo y condición. Las dos terceras partes sólo entienden el idioma llamado quechua. La nobleza y otros muchos poseen los dos idiomas: castellano y quechua».

Calixto Bustamante Carlos Inca recorrió a uña de caballo —finales del siglo XVIII— las novecientas cuarenta y seis leguas que iban de Montevideo a Lima. Atravesó lo que entonces llamaban, medio en serio medio en broma, el «Reino Jesuita del Paraguay» y se permitió este comentario: «Los regulares de la Compañía, que fueron en este reino por más de ciento cincuenta años los principales maestros, procuraron, por una política perjudicial al Estado, que los indios no comunicasen con los españoles y que no supiesen otro idioma que el natural». La Compañía tuvo éxito y hoy en el campo paraguayo el guaraní es un idioma mucho más corriente que el español. A veces, el único que se oye.

En un informe que el obispo Maldonado mandó a Felipe IV, donde le relataba la situación de Tucumán —en el norte argentino— añadió a pie de página: «En esta tierra poco hablan los indios y españoles en castellano, porque está más connaturalizada la lengua general de los indios».

Contrastan las noticias de Maldonado, Blanco o Bustamante —y muchas más del mismo tenor que se podrían traer— con dos tópicos muy extendidos, que estos días han tenido ocasión propicia de extenderse más aún: uno, que los pasajeros a Indias difundieron sin tasa ni medida su lengua por los virreinatos; y otro, que lo hicieron a punta de espada. Son ideas más sensacionales que verídicas, esa es la verdad.

El tópico de un Imperio Hispánico donde no se pone el sol de la lengua española, que luce por la ley y el tormento, no es tan verdadero como popularmente se cree. No niego que con la conquista se diezmaran poblaciones indígenas y, con los hablantes, desaparecieran las lenguas (igual que en Hispania el latín borró al ibero, al celta, al tartesio, al ártabro y al lusitano, por lo menos). Pero el número de naturales americanos fue siempre tan desproporcionadamente mayor al de españoles trasplantados, que la lengua de éstos quedaba en anécdota ridícula entre el número asombroso y la diversidad intrincada de las amerindias.

La suerte del idioma español en la América virreinal fue, más bien, la de trasportarse en caballos y barcos, medios que supusieron una revolución en las comunicaciones del Nuevo Mundo nunca vista hasta entonces —sólo comparable a la que siglos después lograría la telecomunicación— y con la que ninguna lengua amerindia pudo competir. Las armas y las leyes tuvieron muchísimo menos peso del que el tópico les atribuye. Eso sí, hay que reconocer que es mucho más brillante, literaria y cinematográfica la imagen de un feroz guerrero de hierro embutiendo el alfabeto a su paso por extrañas selvas, que la del obispo Maldonado oficiando misa en quechua.

Por lo demás, los españoles no fuimos a América a enseñar español. Fuimos a enseñar religión católica, por un lado; por otro, a establecer un régimen colonial, que es lo que se usaba entonces. La Pax Hispanica se fundamentaba en la defensa de la religión, no en otra materia. La religión se enseñaba por el método de Pentecostés, o sea, por el de «id y predicad a cada cual en su lengua». Los había tan celosos en ello, que el obispo don Alonso de la Peña y Montenegro ya lo avisó claramente: los párrocos de indios que no supieran las lenguas naturales estaban en pecado mortal. El padre Olmos se aplicó el aviso y aprendió solo diez lenguas, con lo que ganó la salvación eterna. Otros, puestos a hacer méritos, pugnaron porque el azteca, no el español, fuera la lengua general de Nueva España. De modo que, cuando llegaban a América, como llegaron, papeles del Rey recomendando que se enseñase español a los indígenas, si bien algunos se obedecían, otros se remitían a Su Majestad contándole en el envés lo bien que los españoles aprendían las lenguas americanas y lo fáciles que les resultaban porque ¿para qué engañarse? era más práctico para un criollo aprender la lengua de veinte o treinta naturales que le rodeaban cotidianamente, mejor que pretender que las dos docenas de rodeantes cotidianos aprendieran la lengua de un criollo solo. Argumento, por otra parte, muy razonable.

En cuanto a la colonia, hacendados y encomenderos la establecían por el productivo mandato de «indio leído, indio perdido», es decir, cuanta menos ilustración hubiera, cuanto menos se conociera entre la servidumbre la lengua de los señores, mejor. En tal sentido, el español fue entonces una genuina lengua imperial: la propia de quienes controlan la colonia, celosos de que no la aprendan los controlados, no fueran a invertirse los papeles.

Cuando, a los tres siglos de colonización, los ministros de Carlos III intentan difundir el español en América y Filipinas para favorecer las medidas de liberalización comercial aprobadas entonces —de modo que los comerciantes gaditanos, vascos y catalanes no se pierdan en un laberinto de lenguas— advierten que han llegado demasiado tarde. La obra políglota de la Iglesia Militante tiene ya un peso abrumador. En el cultivo misionero de las lenguas americanas se ha fundado el éxito de la evangelización. Bien entrado el siglo XIX había en América muchísimos más bautizados que hispanohablantes. Aproximadamente, de cada tres americanos sólo uno hablaba español, y eso porque era criollo o mestizo. Entonces es cuando José María Blanco dice lo que dice de Cuzco.

El problema con que se encuentran los independentistas americanos de los años de Blanco no es poco: los ideales revolucionarios y republicanos de igualdad, libertad, fraternidad, educación, ilustración y otras materias positivas que se ponen de moda entonces, no pueden cuajar en el mapa lingüístico que han heredado del viejo mundo virreinal, caduco y descuidado. Para demostrarlo, en 1818, don Juan Bautista Ladrón del Niño de Guevara marchó a Nuevo México a hacer recuento de cuántos sabían leer y escribir allí en español: treinta y tres residentes alfabetos, le salieron en la cuenta. O sea, un promedio de once personas ilustradas por siglo de colonia española. Una cada diez años, si lo prefieren. Excelente cifra (y todo un éxito como modelo impositivo de lengua).

Don José María Castro, primer presidente de Costa Rica, puso las cosas en su sitio: «La ignorancia, señores, es el verdadero origen de todo mal que se encuentra en la tierra. Antes que mandatarios, debemos ser educadores del pueblo». Eso mismo pensaba don Gabino Barreda, ministro mejicano de instrucción pública del gobierno de Benito Juárez, allá por 1867. En realidad, eso mismo pensaban todos. A ello se pusieron, a educar al pueblo. Sólo que una educación participativa, común e igualitaria, que permitiera el acceso a la cultura a amplias masas de americanos, no iba a hacerse en las cuatrocientas y pico lenguas —contando por lo bajo; hay quienes suman hasta dos mil— que les habían dejado la evangelización en herencia. Así que se fue implantando la lengua común española y las indígenas, entonces, conforme se fomentaron valores laicos y civiles, se pusieron en el verdadero camino de disminuir y perderse.

Pero el ideal democrático americano, por sí mismo, no hubiera servido para hacer del español la lengua multinacional que hoy es. La lengua española en América es la obra acabada de una emigración que, procedente de todos los rincones del mundo y hablante de lenguas muy diversas, se traslada a las nuevas repúblicas desde que éstas emergen y hasta mediados del siglo XX. Una vez en ellas, los Patrick pasan a Patricio, los Osthoff a Ostos, los Mac Hartin a Martín y los Cooper a Cúper. Por simple contagio. Ésa fue la clave: la sorprendente diversidad de los emigrantes, incomunicable en ninguna otr