Piscina grande del Parque Sindical de Puerta de Hierro (Madrid) en julio de 1965
Piscina grande del Parque Sindical de Puerta de Hierro (Madrid) en julio de 1965 - ABC
EL VERANO YA NO ES LO QUE ERA

¿Eran las piscinas pecado venial o mortal?

La proliferación en los años 60 de las piscinas, cuando el cuerpo producía aún escándalo, era un síntoma democrático

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Nunca olvidaremos aquel verano de 1969. Pero no porque todavía se halle grabado en nuestra memoria el brutal asesinato de Sharon Tate en su casa de Berverly Hills por aquel psicópata llamado Charles Manson sino porque en el mes de agosto de hace medio siglo se celebró el festival de Woodstock, en los alrededores de Nueva York.

No recuerdo haber visto las imágenes en la televisión en la que por esas fechas sería nombrado Adolfo Suárez director del ente, pero sí conservo el recuerdo de las fotografías en revistas y periódicos, algunos caricaturizando el evento y presentándolo como un signo de la degeneración de las democracias liberales.

No puedo dejar de evocar una imagen que me impactó en aquella España donde reinaba la censura: la de una joven desnuda levantando los brazos al aire entre una multitud sentada en el suelo. Llovió y mucho y el escenario se convirtió en un barrizal, pero nada restó brillo a las actuaciones de Jimi Hendrix, Janis Joplin, Joe Cocker, Santana, The Who y Jefferson Airplane, entonces unos desconocidos en nuestro país.

Fue el canto del cisne de la generación hippie que no pudo cambiar el mundo pero que nos mostró que había otra forma de vivir, aunque fuera utópica. Algo ha quedado de todo aquello. Pero España en la década de los 60 era un país pacato, aislado y acomplejado que miraba de reojo y con recelo lo que sucedía fuera de nuestras fronteras.

Aquella sociedad estaba en esos años empezando a disfrutar de los beneficios de un desarrollismo económico, que era utilizado por el régimen de Franco para demostrar la superioridad moral de la dictadura sobre una Europa enferma y decadente, dominada por el comunismo y la masonería.

Nada refleja mejor lo que sucedía en aquella España que la imagen de los miles de madrileños, habitual portada cada verano del diario «Pueblo» que dirigía Emilio Romero, que abarrotaban la piscina del Parque Sindical en Puerta de Hierro. Se decía, y creo que con razón, que era la pileta más grande del mundo. En algún lugar he leído que contenía 12.000 metros cúbicos de agua. Pero no eran suficientes para refrescar a aquellos españoles que no tenían medios para ir de vacaciones a Benidorm en el Seat 600 y que se quedaban en la capital donde todavía la gente se consolaba con el dicho tradicional: de Madrid al cielo.

La piscina era un solaz de las clases populares, pero también un lugar para observar las desigualdades de la naturaleza humana, ya que en el agua fuertemente clorada se empezaron a ver los primeros bikinis que llevaban esbeltas muchachas que contrastaban con los físicos menos agraciados. En ese sentido las piscinas que empezaron a proliferar por todo el país fueron un síntoma de la democracia que todavía iba a tardar hasta la muerte del general porque la anatomía empezó a ser una condición que podía exhibirse con naturalidad.

El paso implacable del tiempo nos ha hecho olvidar lo que fueron las piscinas en los pueblos y ciudades de los años 60, donde todavía la visibilidad del cuerpo producía escándalo. Mi padre, que era un ferviente católico, tenía un libro de moral de la Iglesia en el que se decía que bailar agarrado y usar bikini eran pecado. No sé si mortal o venial.

Todo esto puede parecer anacrónico y puramente nostálgico, pero no resulta ocioso recordar de dónde venimos y lo que fuimos. Han pasado tan sólo 50 años y hay todavía muchos españoles que vivieron aquel país en el que la censura recortaba los besos en las películas, se rezaba el rosario en latín y las señoras iban con pañuelo en la cabeza.

Había todavía pequeños pueblos en Castilla que no tenían suministro de agua, aunque es cierto que casi todos tenían escuela y teléfono. Al entrar a muchos de estos lugares a los que llegar en coche era una aventura, olía a pan de leña y tomillo. Eso lo hemos perdido para siempre. Como se preguntaba el gran poeta renacentista francés François Villon cuando no existía el cambio climático, ¿dónde están las nieves de antaño?