La T.I.A. enciende cincuenta velas

Las velas comienzan a amontonarse sobre la tarta, Mortadelo anda revolviendo su bául de disfraces en busca del atuendo idóneo para atravesar la barrera de los cincuenta y Franciso Ibáñez (Barcelona

DAVID MORÁN. BARCELONA.
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Las velas comienzan a amontonarse sobre la tarta, Mortadelo anda revolviendo su bául de disfraces en busca del atuendo idóneo para atravesar la barrera de los cincuenta y Franciso Ibáñez (Barcelona, 1936) ha preferido borrarase de la viñeta de la actualidad hasta que la oficialidad de la celebración le obligue a aparcar los lápices. El maestro descansa y coge fuerzas para soplar las velas.

La historia manda y el motivo de tanto alboroto es el inminente cincuentenario de Mortadelo y Filemón, onomástica que Ediciones B ha querido celebrar de un modo muy especial con la publicación de dos títulos conmemorativos: «Y van 50 tacos», una aventura en la que los agentes de la T.I.A. sufren los achaques de la edad, y «El gran libro de Mortadelo», álbum que recorre la trayectoria del entrañable dúo desde sus inicios. Mucho ha llovido desde entonces y mucho más desde que, atenazado por las apreturas de la posguerra, Ibáñez comenzó a alimentar su afición por los tebeos de la mano de Roberto Alcázar y Pedrín, Juan Centella y El Guerrero del Antifaz, personajes que devoraba aprovechando que el kiosquero de debajo de su casa confiaba las revistas a su familia para evitar que se las robaran. De ahí nacieron su vocación de dibujante y la risa que se le escapa cada vez que sus historietas se hacen un hueco en los estantes de las librerías.

El proceso es siempre él mismo: dos meses para dar forma a la historia, otros dos para imprimirla, distribuirla y ponerla a la venta y, entonces sí, la risa. Así ha sido desde que el 20 de enero de 1958, el número 1394 de «Pulgarcito» presentara en sociedad a «Mortadelo y Filemón, Agencia de Información», la más entrañable y disparatada pareja de súperagentes secretos jamás creada.

El mundo en una viñeta

Se rié Ibáñez y, con él, los miles de lectores que, en todo el mundo, escudiñan cada viñeta tratando de descubrir el gag detrás del gag, el chiste que, desde el segundo plano, da pistas sobre la personalidad del autor. «El mundo de Ibáñez, su Barcelona, está perfectamente retratado en los decorados y en las colillas que aparecen por todos lados, ya que es un fumador empedernido. Rara es la viñeta en la que no aparece una colilla», explica el humorista y director de cine Guillermo Fesser quien, junto a su hermano Javier, se encargó de llevar a la gran pantalla las aventuras de Mortadelo y Filemón. «Lo que más me sorprendió de Ibáñez es que está emocionado, como si acabare de inventar a Mortadelo y Filemón hace tan solo una semana y, como quien tiene una novia nueva, no ve más allá de eso. Es muy tierno verle tan emocionado después de tanto tiempo», añade.

«El cómic ha sido y es toda su vida. En sus cómics, dibujante y persona van unidos», asegura Francisco Sánchez, editor de Ibáñez durante la última década y amigo del autor desde los primeros tiempos de Ediciones B, editorial en la que el creador de Rompetechos se reencontró en 1988 con Mortadelo y Filemón después de tres años ideando nuevos personajes para Grijalbo.

Aseguran quienes le conocen que, más allá del sentido del humor, lo minucioso de las viñetas y la innegable habilidad para dar forma a las emisiones de una imaginación desbordante, lo que realmente hace de Ibáñez alguien especial es su capacidad para el trabajo. «Es muy cumplidor y muy trabajador -señala Sánchez-. Él es de otra generación en la que todo era trabajo y el ocio no estaba tan extendido como ahora. Eso ha hecho que sea muy responsable en el trabajo». De hecho, sólo los datos relativos a Mortadelo y Filemón, ya rozan lo febril: entre tres y seis álbumes por año y una cantidad ingente de aventuras publicadas desde 1958. «¿Sabéis cuál es el matrimonio perfecto? El que hay entre mi taburete y mis nalgas», ha llegado a ironizar el propio Ibáñez.

Artesano informado

Luego están, claro, «El botones Sacarino», «13 Rue del Percebe», «Pepe Gotera y Otilio» y, sobre todo, «Rompetechos», el menudo miope hacia el que Ibáñez siente un especial cariño. «Él siempre comenta que su personaje favorito es Rompetechos, pero Mortadelo y Filemón han tenido más popularidad», señala Sánchez. Todos ellos comparten, sin embargo, la misma paternidad y un modo de trabajo que, como el propio Ibáñez ha señalado en más de ocasión, tiene que ver únicamente «con la mano derecha y la cabeza de en medio».

Siempre a mano, siempre artesanales, sus creaciones no entienden de innovaciones tecnológicas más allá de los disparatados inventos del Doctor Bacterio. «Es de una generación a la que le es difícil integrarse en las nuevas tecnologías. Lleva años y años trabajando de forma artesanal», asegura Sánchez. Eso no significa que a Ibáñez le sea ajeno cuanto le rodea. Sirva como ejemplo «El ordenador. ¡Qué horror!», álbum publicado en 2002 en el que el dibujante ya pasaba revista a la amenaza de los virus informáticos, al tiempo que deslizaba en el relato caricaturas de políticos como George W. Bush, Jacques Chirac, Jose María Aznar, Gerard Schröder y Fidel Castro. Es sólo un ejemplo, pero ayuda a calibrar las inquietudes de un creador que, además de hacer reír, siempre se ha enfrentado a temas de actualidad como los juegos olímpicos y los mundiales de fútbol al Tratado de Maastrich, la devolución de Hong-Kong, la ley antitabaco, la especulación inmobiliaria, la irrupción del euro o el fenómeno de los okupas. «Se documenta mucho, es un ávido lector -explica Sánchez-. Le preocupa mucho lo que ocurre en el mundo y estar al día, algo que no sé si le viene de fábrica o si procura hacerlo». Estupefacto debió de quedarse el dibujante cuando, después de los atentados del 11-S en Nueva York, mucha gente descubrió que, años antes, él ya había dibujando una viñeta en la que podía verse el morro de un avión agujereando una de las Torres Gemeles detrás de Mortadelo y Filemón.

En lo personal, los elogios se disparan y ayudan a esbozar la imagen de un creador que, a pesar de los halagos y reconocimientos, se ha mantenido siempre con los pies clavados al suelo. «Lo que más destacaría de Ibáñez es la sencillez -señala Sánchez-. Siendo quien es, lo normal es que tuviese el ego crecido, pero es completamente lo contrario. No hay más que verlo firmar libros para darse cuenta. Hay que vivirlo. Siempre tiene una sonrisa para todo el mundo». Minucioso y modesto hasta el punto de que no es raro oírle decir que no le importaría aprender a dibujar. Ibáñez sabe que es en manos de sus lectores donde sus viñetas cobran sentido, por lo que no duda en arremangarse para bajar al ruedo y estrechar lazos con sus seguidores. «Si una cosa tiene clara Ibáñez es que se debe al lector. Es uno de los motores que lo mueven, le retroalimentan y le motivan», desvela Sánchez.

Normal, pues, que las firmas de libros se hayan convertido en uno de los mejores escaparates para acercarse al dibujante. Quien lo haya visto alguna vez durante una maratoniana sesión el día de Sant Jordi, puede hacerse una idea de cómo es exactamente Ibáñez. «Aunque la cola sea enorme, tiene la paciencia suficiente para dedicar un dibujo y un comentario a todo el mundo. Incluso se ha llegado a dar el caso de estar Ibáñez firmando ejemplares en un centro comercial, llegar la hora del cierre y, con las puertas cerradas, quedarse dentro atendiendo a la gente que había estado haciendo cola toda la tarde. Y él, encantado. Es su recompensa. Le duele mucho tener que dejar una cola a mitad para desplazarse a otra firma», añade Sánchez.