Emilio Aragón: «La música tiene que ir abriendo puertas, no cerrándolas»

La coreografía es de Ricardo Cué, un todoterreno de la danza que ha preparado en los últimos meses una compañía creada para la ocasión

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JULIO BRAVO

MADRID. Confiesa Emilio Aragón que la cercanía del estreno del ballet «Blancanieves» (el jueves, en el teatro Arriaga de Bilbao), le produce angustias y taquicardias. «Por más que quiera, no puedo abstraerme; por mi forma de ser me implico en todo el proceso». Y es que este comunicador y «creativo» -el adjetivo dentro del que se siente más a gusto- se enfrenta al mayor de sus retos desde que decidiera centrar la mayor parte de sus esfuerzos artísticos en la música: el estreno de un ballet. Le acompañan en este viaje dos nombres experimentados: Ricardo Cué, un todoterreno de la danza que afronta ahora su primera coreografía; y Tamara Rojo, primera bailarina del Royal Ballet de Londres y flamante premio Príncipe de Asturias de las Artes. Ella es, coinciden Aragón y Cué, la principal razón de ser de este trabajo, que después de su presentación en Bilbao viajará al teatro Albéniz de Madrid, donde estará a partir del día 9. Para ello se ha creado una compañía que lleva varios meses trabajando en esta obra y en la que junto a Tamara estará el bailarín argentino Iñaki Urlezaga. En el estreno en el teatro Arriaga Emilio Aragón dirigirá a la Orquesta Sinfónica de Bilbao, y en el Albéniz a la Orquesta de la Comunidad de Madrid. «Son dos fórmulas uno, y eso me tranquiliza mucho», asegura.

Espíritu clásico

Dice Emilio Aragón que llevaba mucho tiempo detrás de un proyecto de estas características. «Quería hacer algo que mantuviera el espíritu clásico, y con «Blancanieves» tenemos eso y queremos además llegar a un público que no ha podido disfrutar del ballet». El proceso ha sido largo. «Ha habido momentos de sequía creativa; tuve una semana negra en que estaba seco, no se me ocurría una idea. Pero, de pronto, un día, sin saber por qué, apareció la inspiración».

Se reconoce Aragón hijo, musicalmente, de muchas tendencias y estilos, desde el pop y el rock hasta la música cinematográfica, y se confiesa defensor de la fusión de estilos. «No entiendo a quienes dicen que la fusión está acabando con la música. Yo creo, al contrario, que la enriquece. Un profesor de la Universidad de Boston decía que la originalidad es el arte de conciliar las fuentes de donde bebe. La música tiene que ir abriendo puertas, no cerrándolas. Ahí está Paco de Lucía, que incorporó un día el cajón a la música flamenca, y hoy en día todo el mundo lo acepta».

La libertad es, para Emilio Aragón, la piedra filosofal de la creación. «El arte es libre y, si no lo es, apaga y vámonos -dice-. El mejor consejo que me han dado en esto de la música es que hiciera siempre lo que me diera la gana». El ballet, sin embargo, tiene unas reglas que ha tenido que aprender sobre la marcha. «Hay una serie de condicionantes que son físicos, sí. Por ejemplo, uno de los solos que yo había compuesto era, según Tamara, excesivamente lento, y no se podía bailar. Tuve finalmente que componerlo entero de nuevo. La música está absolutamente al servicio del baile. Y sí ha habido que cambiar. De todos modos, yo soy muy perfeccionista y si no tuviéramos el estreno encima seguiría cambiando cosas». Era inevitable que un hombre vinculado desde hace tantos años a la televisión llenara de imágenes su composición. «Mientras escribía me imaginaba a Tamara bailando... a mi manera». Lo de dirigir reconoce que es «un poco egoísta. Cuando estudié dirección de orquesta lo hice pensando, entre otras cosas, en dirigir mis obras. Quizás otro director le diera más brillo, pero...»

El ballet es otro campo abierto por Emilio Aragón, que ha centrado sus esfuerzos en la música. En el horizonte más cercano tiene la composición de un concierto para trompeta que le ha encargado Mireia Farrés, y una pieza sobre el Carnaval que le ha pedido Víctor Pablo Pérez. Y en mente, muchos proyectos, entre ellos un musical o una opereta.