Egon Schiele: pornografía, censura y muerte

Los desnudos de Schiele no hablan del sexo más que en la medida en que hablan de la muerte

Gabriel Albiac
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No sé siquiera si es censura. Tal vez, sólo astucia publicitaria. O estupidez. Pero es un igualmente obsceno insulto al Egon Schiele que, del feliz fin de siglo vienés, proyectó la pintura al círculo de tinieblas que marca al siglo XX.

La anécdota es idiota. Y preocupante. El Museo Leopold de Viena conmemora el centenario de Schiele, a partir del día 23. Y promueve el acontecimiento en varias capitales europeas. Los carteles reproducen algunos de sus torturados desnudos. Lo impensable es que, en Berlín y en Londres, éstos hayan sido juzgados pornográficos. Y, a la manera en que se hace con ciertas fotos hirientes en la prensa, aparezcan tachados por una banda blanca sobre la cual se ha escrito: «Lo siento. Tengo cien años, pero sigo siendo demasiado atrevido para hoy».

Schiele fue un hombre desdichado. Al cual persiguieron la enfermedad y la muerte. Y la marginación, por supuesto. Y el desprecio. Fue, sobre todo, ese superdotado para el dibujo que, a los diecisiete años, fascinó a Gustav Klimt. Pocos como el respetado maestro del fin de siglo vienés reconocieron su talento. Era demasiado amargo. Nadie se engañe: no es el explícito erotismo lo que asustaba a aquellos críticos vieneses, unánimes en sus alabanzas al solar pintor de «El Beso». Es todo lo contrario. Los desnudos de Schiele no hablan del sexo más que en la medida en que hablan de la muerte. Como un eco plástico extremo de los versos de Leopardi: «Hermanos, a un mismo tiempo, Amor y Muerte / engendró el destino».

Los cuerpos –y los rostros– de Schiele están carcomidos, gangrenados por el estallido de lo que el tiempo acabará por hacer con ellos. Son, con frecuencia, autorretratos. O retratos de su primera amante, Wally Neuzil. Y es este desasosiego, que la exhibición del cuerpo mártir nos impone, lo que hace de su perturbador erotismo una ascética teología. En la cual se alza ese «templo de santidad» que el pintor juzga la tarea de su pintura. Una ascética así no podía sino ganarle el odio de los biempensantes. Encarcelado, en 1912, por ultraje a la moral pública. Objeto de admiración pictórica en toda Europa. Y de horror moral. En medidas idénticas. Después vendría la Gran Guerra, la experiencia de las trincheras. La muerte de Wally en 1917, la muerte del maestro Klimt en el mismo año. Después, el negro octubre de 1918: la muerte de su esposa Edith y del hijo aún no nacido, el día 28. Egon Schiele morirá el 31. Tenía 28 años.

No, no hagamos mal romanticismo: no es la tragedia lo que hace conmovedor a Schiele. Aunque, sin la tragedia, la hondura de su obra no hubiera sido la misma. Es la grandeza de haber dado voz a la muerte. Cuya máscara teológica es el sexo. No, no es, cien años después, el erotismo oscuro lo que escandaliza en él. Es el cuerpo mortal y enfermo. Abrir los ojos a ese dolor da la clave de la piedad humana: la «santidad» a la que él dice haber consagrado su pintura. Y esa piedad hace de él nuestro hermano. Contra los necios: censores, estúpidos o publicistas

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