Diego besa a Frida, ingresada en el hospital (Ciudad de México, 1950). Ella, engalanada profusamente, luce en su pecho la hoz y el martillo. John Woodmann

Diego Rivera y Frida Kahlo, una tortuosa historia de amor y desamor

Forman una de las parejas más singulares y atípicas de la Historia del Arte. Son pintores, mexicanos, rebeldes, comunistas... Poco más parecían tener en común el elefante (Diego) y la paloma (Frida). El Círculo de Bellas Artes, a través de ochenta instantáneas, retrata su historia de amor, su historia de desamor. Días de pasión y felicidad, ensombrecidos por el dolor, el sufrimiento y la traición.

MADRID. Natividad Pulido
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Ala historia de amor de Diego y Frida se le pueden poner muchos adjetivos y todos acertados: apasionada, devoradora, reincidente (se casaron dos veces), tortuosa, morbosa (él le doblaba la edad y la hacía «jugar al matrimonio con otras mujeres»), obsesiva... Veinticinco años de uniones y desuniones, de amores y desamores, de fidelidades y traiciones, marcada por una necesidad sin límites. No podían vivir el uno sin el otro. Decía ella en una carta: «No voy a vivir sin Diego ni puedo. Para mí es mi niño, es mi hijo, es mi madre, mi padre, mi amante, mi esposo, mi todo». Pero esa necesidad sí tenía concesiones. Ambos hicieron suyo el dicho popular: «quien bien te quiere te hará llorar». El elefante y la paloma (como los llamaba el padre de Frida) se amaron mucho, muchísimo, pero también se hicieron sufrir hasta la crueldad, como sólo saben hacerlo los grandes amantes.

DÍAS DE FELICIDAD Y AMARGURA

Las ochenta instantáneas que ha reunido la sala Juana Mordó del Círculo de Bellas Artes hasta el 15 de abril, procedentes del archivo del Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo de México, dan testimonio de esa relación. Estas imágenes (78 en blanco y negro y sólo dos en color), inéditas en España, salen del álbum familiar de la pareja, realizadas por amigos, familiares o por prestigiosos fotógrafos como Manuel Álvarez Bravo, Edward Weston, John Woodmann o Nickolas Muray. Imágenes de felicidad (el día de su boda, Diego y Frida besándose en la Casa Azul de Coyoacán, pintando en sus estudios, acudiendo a manifestaciones del Partido Comunista, del que eran afiliados, de viaje por Estados Unidos), pero también de dolor. Cuando tenía 16 años, un tranvía arrolló el autobús en el que viajaba Frida. El accidente le dejó graves secuelas y largas hospitalizaciones. Las alas de la paloma se quebraban. Hay imágenes de sus últimos días en el hospital y de su entierro.

Diego y Frida eran dos grandísimos artistas, dos espíritus rebeldes, libres... La leyenda hizo el resto y entonces nació el mito de esta pareja de amantes. Su historia ha inspirado a cantantes como Pedro Guerra, dos actrices de moda —Salma Hayek y Jennifer López— pusieron toda la carne en el asador para llevar a la gran pantalla a la pintora mexicana, sus biografías y diarios inundan las librerías. La Kahlo era una belleza mestiza, cejijunta, de ojos impenetrables, ataviada siempre con vestidos y adornos populares. Carlos Fuentes la retrata como «una diosa azteca, una deidad autoflagelada». Fue capaz de todo por amor, pero el calvario de su enfermedad la venció. Hoy, sus célebres autorretratos se cotizan al alza en el mercado internacional. Diego Rivera («Carasapo», «Panzas» o «Dieguito», le llamaba ella), igualmente cotizado y pintoresco, era un tipo orondo como un oso, con ojos saltones, cara de loco triste... Un sombrero y unos pantalones bajo la sisa siempre a punto de estallar eran sus compañeros inseparables. Mujeriego e infiel (Dolores del Río y María Félix figuran entre sus conquistas), representante del mejor muralismo mexicano, junto a Siqueiros y Orozco, fue comunista (stalinista para ser exactos) hasta la médula. Formaron la pareja más singular y atípica de la Historia del Arte. Hoy siguen despertando grandes pasiones.