ABC  «Sansón y Dalila», de Gustav Moreau
ABC «Sansón y Dalila», de Gustav Moreau

Desmontando a Sansón

TRINIDAD DE LEÓN-SOTELOMADRID. Menuda perra se ha cogido David Grossman con Sansón, o mejor dicho, con el mito que representa. El escritor, de reconocido buenhacer, se lanza como un arriesgado

TRINIDAD DE LEÓN-SOTELO. MADRID.
Actualizado:

Menuda perra se ha cogido David Grossman con Sansón, o mejor dicho, con el mito que representa. El escritor, de reconocido buenhacer, se lanza como un arriesgado trapecista -incluso sin red- sobre el asunto y lo pone todo patas arriba. En «La miel del león» -adecuadísimo título si tenemos en cuenta que Sansón, con sólo sus manos, destrozó a uno de ellos comiendo después miel del panal que nació sobre los restos-, Grossman previene y hace conjeturas, siempre explicadas, sobre el ser cuya historia analiza.

Tras lo que Grossman denomina «el caos y el estruendo», ve un alma solitaria y turbulenta que sostenía un cuerpo que siempre supuso «un lugar de exilio». Esta convicción supone para el analista «el punto en el que el mito se infiltra en la existencia cotidiana de cada uno de nosotros, «en nuestros momentos más íntimos, en nuestros secretos soterrados». Cuando la perfidia aparece y triunfa, Sansón encuentra la paz que lo libera de sí mismo.

No tiene empacho el narrador en incluir los capítulos 13-16 del Libro de Jueces. Así, el lector se pone en antecedentes de lo que, según la Biblia, fue la historia de Sansón, juez de Israel durante 20 años. Dicho aquí, de modo resumido, -sucedió entre las postrimerías del siglo XII y principios del XI(a.C)-, en Zora, Judea, una mujer, hasta entonces estéril y cuyo nombre no consta, escucha de labios de un ángel de Jehová, que concebirá un hijo «que será nazareo para Dios desde su nacimiento y salvará a Israel de manos de los filisteos». La forma en que la futura madre da aviso a su esposo, llamado Manoa, de lo acontecido, da pie para que Grossman explique cómo entiende que vivió aquella mujer la maternidad. Traer al mundo un hijo que no tenía un destino, digamos normal para un hogar, le lleva al escritor a compararla con las actuales «madres de alquiler». En su confusión, la mujer imnombrada llega a negarle todo lo escuchado a su marido, como lo dicho por el ángel acerca de que «no pasara navaja sobre su cabeza». Del enviado de Jehová se ha llegado a decir que pudo ser un simple filisteo, de modo que Sansón ha estado en múltiples ocasiones en el punto de mira, aunque no sólo para investigarlo, sino para inmortalizarlo en literatura, música, cine o pintura, caso del lienzo de Van Dyck «El apresamiento de Sansón». No se obvia en el libro el momento en el que Sansón ata a las zorras por pares, colocando una antorcha entre ellas, viendo Grossman aquí un símil del «fuego que arrecia en su interior, las imperiosas necesidades que lo parten en pedazos, la vida monástica y la concupiscencia; la conciencia de no ser más que el instrumento de «una providencia divina» y el libre albedrío»... Las zorras siembran la destrucción, piensa el autor, como una profecía que cumpliría con su «muera yo con los filisteos».

Grossman especula en la intimidad del hombre en aparencia pétreo, pero que, según el poema de Lea Goldberg, tenía un «corazón quebradizo». Por tres veces lo traiciona su amante, Dalila, y por tres veces él no revela su enigma. Finalmente, lo hace y entonces se hace más atroz la soledad que, según Grossman, castigó la vida del héroe, «aunque, quizá, se sienta también liberado». Ciego, derrumbará la casa en la que 3.000 filisteos se mofaban de él.

Zora es hoy un kibutz y unidades de combate de élite del ejército israelí han recibido su nombre como homenaje. Así sucedió con los Zorros de Sansón en 1948. Con pelo o sin él, solo, traicionado, vengador, atormentado, aniquilador o cruel, el mito no muere, porque aquellos que trascienden los límites considerados humanos y coronan la que resulta inalcanzable escala para el común de los mortales, siempre estarán por encima de ellos.