Walcott confiesa a ABC que aspira a ser cada día un ser humano mejor. Efe

Derek Walcott: «Me gustaría que el hombre deje de ser un lobo para el hombre»

La poesía de Derek Walcott se alimenta del mestizaje de lenguas y razas que anima la cultura del Caribe y de un hondo sentimiento de soledad, el de la soledad de los náufragos de la esclavitud. El poeta participa en las Jornadas que se celebran en Santiago de Compostela, y la semana que entra presentará en Madrid la traducción de su libro «La abundancia» (Visor).

COMPOSTELA. Tulio H. Demicheli
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Cuando se visita una pequeña isla del Caribe como Santa Lucía, «en la que vivo y he nacido —afirma el poeta—, el visitante quizá no encuentre en sus playas mas que a una o dos personas, si no es que están vacías; y entonces se enfrenta al vacío, a la soledad de Robinson Crusoe. La carga simbólica del naufragio va más allá de su naturaleza física. Como escritor me interesa su naturaleza emocional, porque el náufrago ha de reconstruir su vida y la forma en la que la ha vivido hasta entonces; tiene que satisfacer las necesidades más inmediatas: hacer fuego, construirse un refugio, buscar alimentos... en realidad, las necesidades del hombre son muy pocas y aparentemente muy pequeñas. Por ejemplo, tomar una taza de café o estar un rato a solas con su amante».

«LA POESÍA SOBREVIVIRÁ»

-Sin embargo, la poesía es sobre todo comunicación con los otros, algo impensable que pueda ocurrir en una isla desierta. ¿Se siente náufrago porque cada vez es una manifestación más minoritaria en un mundo de comunicaciones masivas y globalizadas?

-En absoluto. No creo que las grandes mayorías hayan tenido alguna vez acceso directo a la poesía. Históricamente no ha sido así. Por ejemplo, en el Imperio Romano y en otros imperios sólo los poderosos y los ricos tenían el privilegio de escuchar y leer a los poetas. Claro que la poesía se hizo pública, así en las tragedias y comedias griegas y romanas como en las de Shakespeare o Racine, a través de su escenificación, de forma que hablamos de poesía dramática y no de lírica. No puede decirse hoy día que el gran público no tenga acceso a ella, más bien todo lo contrario: nunca antes se ha publicado y difundido tanta poesía como ahora, cuando los grandes avances de las comunicaciones, de la informática y de la tecnología de la imprenta han simplificado la edición y distribución de los libros y le han facilitado a los poetas jóvenes y a los de países pequeños darse a conocer en todas partes. Cada día se convocan más encuentros poéticos y se ofrecen más recitales públicos, y crece la demanda de su estudio en las Universidades. Si hago una lectura fuera de la Universidad, o sin el patrocinio de una institución pública, por ejemplo, en un bar, acuden unas 300 personas como mínimo. Lo que no es poco. Ya sé que no es comparable con los recitales que se convocaban en la URSS, donde multitudes llenaban estadios. Pero creo que la poesía goza en Estados Unidos y en Occidente de buena salud y que desde luego va a sobrevivir.

-¿No teme que las nuevas tecnologías afecten a algo tan íntimo como el acto de escribir un poema?

-Los ordenadores no van a pervertir la escritura, porque es la mano del hombre la que escoge cómo y qué va a escribir. No importa lo que el hombre invente. La invención de la radio no hizo desaparecer las formas de comunicación que la precedieron. El hecho de que los periodistas utilicen la grabadora no excluye que se tomen notas al mismo tiempo. Yo puedo desconectar ese aparato pero no al ser humano. Quizá sea que en el fondo no confiamos plenamente en esos instrumentos. Sea cual sea el medio tecnológico que se utiliza, el hombre busca el medio físico más próximo de expresarse. Ninguna máquina podrá amenazar nunca las formas vivas de expresión humana: una representación teatral, un concierto de música, un recital poético. Los ordenadores, no lo duden, también van a hacer mucho en favor de la poesía.

-Durante el siglo XX se intentó instrumentalizar la poesía como medio de propaganda de las grandes utopías. Al concluir el milenio, nos encontramos exhaustos. ¿Nos queda alguna esperanza en los poderes de salvación de la poesía?

-A veces no se entiende bien el significado de la máxima «Poetry makes nothing happen (La poesía no hace que algo ocurra)». A mí, por ejemplo, me ha irritado particularmente la expectación que ha suscitado el cambio de milenio, porque provengo de una cultura que no celebra la Historia. Creo que es algo muy pomposo anunciar el advenimiento de una nueva era cada media hora. Ésta es una manifestación demasiado optimista y opuesta a decir: «Aquí está el fin del mundo, el Armaggedon, la destrucción total». Creo que tanta pompa ha traído cierta desilusión, porque hemos comprobado que al día siguiente nada había cambiado sustancialmente y que todo seguía poco más o menos igual. A ese desencanto se suma la decepción por el uso mercantil que se ha hecho de esa fecha: se han bautizado restaurantes y grandes almacenes con una marca que dice «El milenio».

-Decía usted que en el Caribe no celebran la Historia...

-Nosotros no celebramos la Historia porque no hay nada que celebrar. La historia del Caribe es muy, muy triste: es la historia de la caza y captura de unos seres humanos por otros seres humanos y de su sometimiento a la esclavitud. Esa historia concluyó no hace mucho más de cien años. La conciencia del caribeño surge de ese sufrimiento en contraste con la belleza natural de sus paisajes. Pero al mismo tiempo sí trajo algo positivo: nosotros no asumimos la superioridad de nuestros antiguos propietarios, la del hombre blanco y la de su cultura, el absurdo de considerar que hay razas superiores y otras inferiores. La cultura caribeña se forma en un crisol donde se funden razas y lenguas. Yo soy mestizo y por mis venas corren sangres distintas, por ejemplo, sangre holandesa. Cuando veo un cuadro flamenco, lo asumo, y sé que me dice algo que está por encima de su factura formal; de la misma forma que cuando visito una catedral sé que pertenece a otra cultura, a la que no envidio, pero siento que puedo compartir la experiencia de lo sagrado. Me parece ridículo considerar que la cultura del Caribe es secundaria porque no haya producido ese tipo de manifestaciones artísticas. Me fascina una catedral porque es obra del hombre, no por la vanidad de su arquitectura. Quizá yo me sienta más cercano a manifestaciones artísticas un tanto modestas, las que reflejan la realidad del bosque o la del mar, las de la historia natural.

LA ESTUPIDEZ HUMANA

-¿Y usted qué aspira a ser?

-Cada día un ser humano mejor, cuidar de mis hijos y de mi gente. Si eres un hijo de puta, por muy famosos que seas, eres un hijo de puta. Me gustaría que se acabara con la estupidez humana. Por ejemplo, con la estupidez del racismo, que llegue el fin de las luchas entre musulmanes e hindúes en la India y que vivan en convivencia pacífica como así ocurre en Trinidad. Me gustaría que el hombre deje de ser un lobo para el hombre. Como poeta quisiera escribir mejor. Chaucer lo dijo maravillosamente: «Esta vida es muy corta y éste es un oficio tan lento y tan difícil de aprender».