Una imagen de «Cómo entrenar a tu dragón 3»
Una imagen de «Cómo entrenar a tu dragón 3» - ABC

¿Qué demonios es un dragón?

Con motivo del estreno de «Cómo entrenar a tu dragón 3», recuperamos este texto en el que Victoria Cirlot ofrece algunas claves para entender a estas criaturas mitológicas

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En las mitologías nórdicas, la germánica o céltica, la lucha con el dragón es un acto existencial que concede identidad al héroe. Hay héroes que son matadores de dragones y se les conoce por eso. Todos los matadores de dragones se parecen entre sí. ¿Quién diría que Siegfried y Tristán se parecen mucho? A primera vista, el héroe de las sagas nórdicas, del Cantar de los Nibelungos, de la tetralogía wagneriana, nada tiene que ver con el Tristán de origen celta de los relatos franceses y alemanes de los siglos XII y XIII, y también de la ópera de Wagner. Uno demasiado desmemoriado: por beber una pócima olvida a Brunhild; el otro demasiado empeñado en el amor. Y, sin embargo, comparten un destino común: luchar con el dragón, matarlo.

Ornamento puro, línea sinuosa, nudo, el dragón es figura de la totalidad, porque contiene en su ser los cuatro elementos: tierra, porque es reptante como una serpiente; aire por las alas que le permiten elevarse hasta los cielos; agua por las escamas de pez que cubren su cuerpo; fuego por las llamaradas que salen de sus fauces. Y de pronto, ese ser producto de la imaginación -la del Creador o la de los hombres que lo imitan- aparece en el camino del héroe. Parece que en la lucha, el héroe adquirirá el valor (¿iniciación guerrera?), aunque el Siegfried medieval (el Sigurd islandés) acaba con él por medio de la astucia, esperando en el hueco de la tierra a que el monstruo pase por encima y así pueda hincarle la espada. No así el Siegfried de Wagner, a quien el dragón no le hizo conocer el miedo. En cualquier caso, matar al dragón significa una transformación en el héroe que puede bañarse en su sangre y alcanzar de ese modo la invulnerabilidad, la inmortalidad si no hubiera sido por aquella hoja de tilo que cayó sobre su hombro; siempre, encontrar el tesoro, las riquezas, el oro. O bien se descorre una cortina y se alcanza a contemplar a una doncella: aquella que iba a ser la víctima del monstruo, como relata la leyenda de san Jorge y como mostró espléndidamente la pintura gótica europea. En la vida de Siegfried, matar al dragón abre las puertas del conocimiento. Al comprender el lenguaje de los pájaros, Siegfried descubre el camino que le llevará hasta la roca rodeada por el cerco de fuego donde yace dormida la doncella que sólo el beso del héroe habrá de despertar. Tristán matará en Irlanda al dragón, requisito indispensable para conquistar a la hija del rey, a Isolda. Aunque Isolda no será para él, y el matador del dragón no coincidirá con el esposo, como Siegfried, que no se casa con Brunhild, porque «la olvida».

Es muy posible que los matadores de dragones sean diferentes de los héroes que luchan con otros animales o monstruos como los leones, las hidras... Pero de todos modos lo que cuenta es que de pronto ahí está el monstruo. ¿Hay que matarlo siempre? Algunos se hacen amigos de ellos, como Yvain, también llamado Caballero del León. Y en las leyendas de mujeres y dragones tampoco se trata de una lucha: santa Marta le coloca un cinturón a modo de correa, santa Margarita sale de su vientre. Los viejos mitos, como la psicología jungiana, hablan de la necesidad de integración del monstruo, la parte instintiva (bañarse en su sangre como Siegfried, cortarle la lengua como Tristán), intensificándose este sentido en las historias en que no hay aniquilación. El dragón pertenece al lenguaje de la visibilidad que concede forma a lo que no la tiene. Porque no nos engañemos. Todos hemos visto alguna vez a un dragón: al menos ése que llevamos dentro.