Daniel Baremboim. ABC

Daniel Baremboim y Cecilia Bartoli sembraron de magia el Carnegie Hall

NUEVA YORK. Alfonso Armada, corresponsal
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Las tres noches de la Orquesta Sinfónica de Chicago en el Carnegie Hall de Nueva York consagraron el pasado viernes a su director musical, Daniel Barenboim, y a la mezzo-soprano italiana Cecilia Bartoli, que con la ayuda de unos músicos entregados a su arte y en estado de gracia lograron que Berlioz y Stravinsky sonaran con una intensidad arrolladora. La velada, con todo el papel vendido desde que se anunció, fue una medida y admirablemente bien ensamblada requisitoria contra el invierno y sus resignaciones, desde el inicial scherzo del «Sueño de una noche de verano», de Mendelssohn, a las delicadísimas canciones de «Las noches de verano», de Berlioz, y la portentosa y picassiana «Consagración de la primavera», de Stravinsky.

UNA MEZZOSOPRANO DE GOLDONI

En «El espectro de la rosa», «Sobre las lagunas» o «Ausencia», Cecilia Bartoli, que arrancó sin ceremonia, hizo que su voz se deslizara por meandros de una pureza, ligereza y gravedad difíciles de creer, con una emoción contenida gracias a la simbiosis trenzada por el director entre la orquesta y la cantante. Al teatro, lleno hasta la bandera, con toses deudoras del largo invierno, le faltó la concentrada emoción y silencio que la Bartoli, fresca como una tabernera de Goldoni, merecía, no en vano, mientras la mano de Barenboim volaba como un vals lento sobre el plexo solar de la mezzo, demostró en exquisitos pianísimos, como al final de «Ausencia», de qué manera la matemática irracionalidad de la música desata una emoción misteriosa cuando la voz humana y los instrumentos se enamoran.

Hace falta una orquesta inmensa, segura de sí y poderosa para atender a lo que Igor Stravinsky reclama para sus «Escenas de la Rusia pagana», como subtituló «La consagración de la primavera», lejos ya del memorable escándalo que el ballet de Nijinski y esta catarata de metales, pesados acordes repetitivos de las cuerdas y acentos sincopados provocó en su estreno en París a comienzos del siglo pasado.

GRITO DE PÁJARO

Barenboim lo tensó todo con un dominio prodigioso de la lucha entre el silencio y el sonido, encauzando un río caudaloso que se derramó sobre el teatro, sobre todo cuando en el «Juego de las tribus (o las ciudades) rivales» Chicago le dijo al Nueva York que estaba fuera en qué consiste la música, o cuando la trompeta de Adolph Herseth lanzó, a sus 78 años, su grito de pájaro de metal, vibrante, solo y contemporáneo.

Con tan inesperadas como gratificantes propinas de Sibelius y Glinka de un Barenboim eufórico, fue una noche de intensa emoción para la memoria y para el alma.