Salinger en una imagen de archivo - ABC
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Salinger, la voluntad de no ser

Se publica «J. D. Salinger: una vida oculta», de Kenneth Slawenski, una biografía del escritor –fallecido hace un año– que más se empeñó en preservar su imagen y su intimidad

Barcelona Actualizado:

Siempre que se habla de los problemas que puede plantear la escritura de una biografía aflora el «caso Salinger». Cuando Random House recibió, en 1986, una carta del abogado del escritor exigiendo que Ian Hamilton, su primer biógrafo, suprimiese del libro (ya en la imprenta) numerosos pasajes de las cartas que Hamilton había utilizado sin su autorización, el mundo intelectual se dividió. También la justicia: un primer juez le dio la razón a Hamilton, pero en la apelación un segundo juez apoyó a Salinger. ¿Una de las dos partes tenía más razón que la otra? El conflicto es difícil de elucidar. Pero, en todo caso, Salinger se perjudicó a sí mismo con este desagradable proceso porque Hamilton, en la nueva edición que se publicó un año después, parafraseó los materiales que ya conocía pero que no podía usar, adoptando un tono mucho más hostil hacia su protagonista. Y las ventas del libro se multiplicaron con litigio. De modo que los esfuerzos del escritor por preservar su vida privada quedaron fuera de control y el mito fue creciendo con cada una de sus excentricidades.

Nuestro mundo brega con dos actitudes dispares: el modelo Salinger (o Laforet), escritores en fuga permanente de cualquier forma de publicidad (sabiendo que la tienen) y el modelo señalado en estas páginas por Patricio Pron, el de aquellos que son conscientes de la necesidad de promocionarse porque al otro lado solo habita el silencio, la muerte.

En un campo minado

Dos meses después del fallecimiento de Salinger, un desconocido Kenneth Slawenski tenía ya lista una nueva biografía del escritor en la que venía trabajando desde tiempo atrás (de eso no hay duda, una vez leída). Lo más llamativo es que su autor, escarmentado en cabeza ajena, se mueve como en un campo minado, evitando las ingenuidades cometidas por Hamilton: él ni intentó ponerse en contacto con Salinger en ningún momento, ni con las personas de su entorno, y el volumen no incluye ningún tipo de cita: la voz del escritor está ausente, aunque no su obra. El resultado es un texto tan medido como el plano de un arquitecto. Eso le da cierta frialdad, pero contiene información suficiente y precisa para comprender lo ocurrido con el autor de El guardián entre el centeno.

El texto está tan medido como el plano de un arquitecto. Eso le da frialdad, pero con información suficiente y precisa

Agruparé las aportaciones en cuatro apartados: el primero tiene que ver con la forma en que Salinger luchó de joven por un espacio en el mundo literario neoyorquino. Su ambición por publicar en las revistas de prestigio le llevó a escribir hasta conseguir su respeto, y este es un aspecto analizado minuciosamente por Slawenski: apenas se corresponde su perseverante actitud en 1940 con la empleada a raíz del éxito obtenido con su novela. El segundo se refiere a su experiencia en el ejército: Salinger, que hablaba alemán, participó, como miembro del servicio de contraespionaje, en el desembarco de Normandía. A lo largo de casi tres años, un hombre que había crecido en Park Avenue y no conocía otro adversario que The New Yorkervivió el sufrimiento de las trincheras, vio con impotencia la muerte de muchos de sus compañeros y descubrió el dolor de Dachau. La cuestión es que, con ese bagaje emocional, el infierno no concluyó con el final de la guerra sino que perviviría en la sensación de desconcierto que supuso el retorno. Slawenski no da muestras de conocer a otro escritor más que a Salinger, pero lo cierto es que su actitud recuerda a la de Robert Graves cuando, con el mismo estrés postraumático, dijo adiós a Inglaterra en 1926 y se instaló en Mallorca.

Un ego inmenso

Salinger en un primer momento regresa a Nueva York, lucha por relanzar su carrera y culmina la historia del adolescente Holden Caulfield, pero sueña, como su protagonista, con una cabaña en el bosque que le mantenga alejado de la potencia destructora del prójimo. Hay en ello una voluntad de no ser, que es como decir de fundirse con los compañeros que murieron en la contienda, que puede suponer una pérdida narcisista extrema. Eso parece ocurrirle a Salinger renunciando a su ego y queriéndose proyectar exclusivamente en su obra. Una persona tan hambrienta de perfección como él, con un ego inmenso, se refugia en la filosofía zen como método de contención de sí mismo.

Los esfuerzos del escritor por preservar su vida privada fueron en vano y el mito creció con sus excentricidades

La tercera aportación tiene que ver con el silencio literario de Salinger. Una vez leída la secuencia de los hechos, resulta evidente que no se trató de una decisión tajante sino que su deseo de publicar, tan absorbente cuando era joven, fue desvaneciéndose hasta que en 1972 quedó clara su postura al devolver a la editorial que publicaba sus libros los 75.000 dólares de adelanto que había recibido por su siguiente obra, cantidad a la que añadió un escrupuloso cinco por ciento de interés. Se liberaba así de su último compromiso contractual pensando que ello le supondría la ansiada paz. Después llegaron los periodistas, los fotógrafos, Ian Hamilton y su propia determinación de destruir la documentación privada que había a su alcance.

Por último, la relación del escritor con las mujeres merecería un capítulo aparte. Slawenski, atemorizado, la menciona de pasada, aunque parece fuera de duda su responsabilidad al casarse con Claire Douglas y recluirla despiadadamente en Cornish, el aislado lugar que había elegido para sí mismo. Me atrevo a pensar que solo en las múltiples relaciones con jovencitas a las que doblaba en edad, y en experiencia, encontró el reflejo narcisista que se negaba escribiendo.