El escritor mexicano Jorge Volpi, que presenta ahora su nuevo libro, «Días de ira» - ABC
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Jorge Volpi: «La lucidez extrema se acerca a la demencia»

Después de los escritores del «boom», llegó la generación del «crack», con Jorge Volpi a la cabeza. El mexicano es el autor que mejor ha sabido reinterpretar la realidad y la literatura iberoamericana del nuevo siglo

BARCELONA Actualizado: Guardar
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Entre la novela maratoniana y el relato velocista Jorge Volpi prefiere la media distancia. Unamuno bautizó el género como nivola, los franceses nouvelle y los italianos novella. Cervantes recorrió la media distancia al concebir sus Novelas ejemplares… «pero el término fue pronto expropiado como sinónimo de novela larga y nos quedamos huérfanos», apunta Volpi. Y es, precisamente, en esa tierra de nadie, en ese material híbrido de novela y cuento, donde el escritor mexicano se siente más cómodo, desde que en 1991 publicara A pesar del oscuro silencio, novela germinal de la generación del «crack» que ahora ve la luz en España junto a Días de ira (que da título al volumen) y El juego del Apocalipsis. Tres historias que se desarrollan, por extensión y temática, en un territorio fronterizo donde el maridaje de realidad y ficción revela personalidades turbadoras. ¿La fórmula? «Exceder los límites del cuento, pero manteniendo una drástica concentración del material narrativo frente a la ausencia de límites de la novela.» No estamos hablando de un género menor, advierte Volpi mientras enumera su catálogo de obras maestras nacidas de la media distancia: La muerte de Iván Ílich, El alienista, Los papeles de Aspern, Bartleby el escribiente, El retrato de Dorian Gray, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Los muertos, La metamorfosis, Muerte en Venecia, Los cachorros, Crónica de una muerte anunciada… ¿Quién da más?

Las tres narraciones que componen «Días de ira» aparecieron, respectivamente, en 1992, 1994 y 2000. ¿Reunidas en un solo volumen vienen a constituir un compendio de su universo literario?

La novela corta –o la media distancia, como yo la llamo– siempre ha sido una de mis grandes pasiones, como lector y como autor. Al reunir estas tres narraciones quería demostrar mi fidelidad hacia este género, aunque se trate de textos muy distintos. Los tres relatos intentan subvertir algún género: A pesar del oscuro silencio, la novela biográfica; Días de ira, la novela gótica o de terror; El juego del Apocalipsis, la novela humorística o de situación.

«A pesar del oscuro silencio» está centrada en el químico y poeta Jorge Cuesta, a quien también dedicó un ensayo premiado por la revista «Plural». ¿Qué ha significado para usted ese escritor que acabó suicidándose en un sanatorio mental?

Fue la primera novela que publiqué, y para mí tiene una importancia fundamental; en algún sentido, creo que en ella se cifran todas las claves de mis libros posteriores. Jorge Cuesta fue uno de los mayores intelectuales y poetas del México de la primera mitad del siglo XX, y es una lástima que sea tan poco conocido fuera de nuestro país. Su vida fue tremendamente trágica, pero también de una brillantez asombrosa. Octavio Paz llegó a decir que Cuesta fue la persona más inteligente que conoció en su vida. Y terminó derrumbándose en la locura. Esta paradoja me apasionó desde el principio: la lucidez extrema que se acerca a la demencia.

El narrador afirma que «nada destruye como la escritura» y la califica de «falaz remedo de la memoria». ¿Hasta qué punto se identifica con los protagonistas de estas historias?

En esta narración, el juego entre el autor, el personaje principal y el poeta es explícito desde el principio: los tres nos llamamos Jorge. A partir de esta coincidencia inicial, el texto se multiplica en un juego de espejos que es biográfico y autobiográfico y a la vez pura ficción. De hecho, en la primera edición mexicana de este libro, hasta ahora inédito en España, yo llevaba el juego a su límite: en la cuarta de forros aparecía una foto mía en la misma posición y con la misma actitud de una célebre foto de Jorge Cuesta que aparecía en la portada. Pero, en el fondo, creo que A pesar del oscuro silencio es una ficción sobre la imposibilidad de ser otro, un tema recurrente en mis libros.

Jorge Cuesta conjugó la literatura con la química. ¿La fusión entre ciencia y poesía inspira a Jorge Volpi?

La ciencia siempre me interesó, y quizás por eso la figura de Cuesta resultó tan importante para mí en aquellos años. Un químico de formación que es además poeta, y que juega todo el tiempo con la alquimia (o cree verdaderamente en ella, en su locura). Pero sí: como demuestran Cuesta, Primo Levi, Gerardo Deniz o Roald Hoffmann, a veces los textos químicos y su combinatoria se aproximan sospechosamente a la poesía.

«Días de ira», el relato que da título al libro, pertenece a su obra «Tres bosquejos del mal». ¿Tiende el ser humano, por naturaleza, a lo maléfico?

Yo no creo ni en el Bien ni en el Mal absolutos, pero no me cabe duda de que la maldad nos habita y es capaz de invadirnos por completo. Al menos ese mal cotidiano, banal en los términos de Hannah Arendt, que es capaz de conducirnos a las peores atrocidades.

La infidelidad, la insatisfacción y la caducidad de las relaciones sentimentales recorren las tres historias. ¿Nos encontramos con el «amor líquido» de Zygmunt Bauman?

Los humanos aspiramos siempre al amor como si se tratara de un estado permanente, capaz de resolver todos nuestros problemas, como si fuera una utopía política o un absoluto moral. En todos mis libros trato de demostrar la invalidez de esta idea, a través de sus fallas, sus fracasos, sus ambigüedades. El amor tal vez sí exista, pero no es un estado permanente ni una salvación, sino una experiencia que nace cada día.

En «Días de ira» participaron Ignacio Padilla y Eloy Urroz. ¿Qué queda de la generación del «crack»?

Seguimos siendo grandes amigos. Nos vemos muy seguido, y seguimos intercambiando nuestros manuscritos. No descartamos, tampoco, proyectos juntos en el futuro. Pero es cierto que las obsesiones y la poética de cada uno cada vez se aleja más de la de los otros, es un proceso normal.

Recordemos su etapa de director en el Canal 22. ¿Cómo se da la cultura en la televisión mexicana?

Los cuatro años que dirigí Canal 22 fueron una gran experiencia. Es un pequeño canal de televisión, sobre todo comparado con los grandes canales comerciales, pero aun así su impacto es enorme. Tratamos de mostrar la cultura en su idea más amplia, transmitiendo desde programas de literatura o música popular mexicana u ópera hasta anime japonés (subtitulado), grandes series de culto (como In Treatment), deportes (desde una perspectiva cultural, con Juan Villoro) y un reality show sobre ópera y ballet. Para muchos mexicanos, Canal 22 es su única cercanía real con la cultura. Piénsese que un libro de poemas, en México, llega a unas 500 personas, y nosotros teníamos un programa de poesía que era visto en 25.000 hogares.

Hablábamos al principio de la media distancia narrativa. Vayamos, ahora, a la larga distancia. En sus tres novelas –«En busca de Klingsor», «El fin de la locura» y «No será la Tierra»– aborda el final de utopías del siglo XX: desde el «mundo feliz» cientifista a los sistemas ideológicos y filosóficos que acabaron en desvaríos (comunismo, Althusser, Foucault...). En su faceta de diplomático, ¿cómo observa las revoluciones en los países árabes?

No me había percatado de la coincidencia, pero sí, quizás tenga una obsesión por el número tres. Creo, en efecto, que otra vez estamos contemplando la Historia, como ocurrió en 1989. Dos fenómenos de implosión de regímenes autoritarios, más allá de sus enormes diferencias como sociedades. Los jóvenes que de manera pacífica han derrocado a los dictadores en los países árabes encarnan mejor que nadie los auténticos valores democráticos en nuestro tiempo. Mientras tanto, «Occidente» apenas reacciona, o lo hace tarde y mal, después de sostener a los sátrapas durante décadas. Es lamentable.

Hace un par de años publicó «El insomnio de Bolívar». ¿Cómo contempla la evolución de Hugo Chávez o el indigenismo de Evo Morales?

Son dos fenómenos muy distintos. Es imposible no entender las circunstancias que llevaron a Evo Morales al poder, en un país dominado ferozmente por la aristocracia de origen europeo. Las políticas que ha copiado de Chávez son lo más cuestionable en su caso. Chávez, en cambio, se ha convertido ya en una caricatura de sí mismo. Y su autoritarismo ha conducido a Venezuela a una situación en donde la supuesta búsqueda de la equidad, tan necesaria en nuestros países, ha derivado en un régimen corrupto y con un apoyo popular cada vez menor.

México es materia literaria. Está el México que Carlos Monsiváis observó desde la cultura popular y los siniestros parajes del narcotráfico que Roberto Bolaño cartografió en «2666». ¿Cómo es el país de Volpi?

Regresé a México hace cuatro años, luego de vivir diez fuera. Y ahora volveré a salir para continuar mi trabajo diplomático en Europa. Estos cuatro años supusieron para mí un deslumbramiento y una conmoción. La violencia ligada al narcotráfico nunca había tenido estos niveles, ni tampoco la decepción de los ciudadanos frente a la situación actual del país. Una «guerra contra el narcotráfico» que resulta imposible de ganar, pues la demanda continúa en ascenso. Y, al mismo tiempo, veo a México como un país lleno de posibilidades y expectativas, con una de las economías más grandes del mundo y una capacidad insólita de sus ciudadanos para resistir la adversidad. Fuera de México, donde sólo importan las malas noticias, es difícil verlo. Pero, por cada atroz acto de violencia, uno también podría encontrar un pequeño apunte para la esperanza.