Ibargüengoitia en una imagen de archivo - ABC
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Descubrir a Jorge Ibargüengoitia

La continua reedición de sus obras ha rescatado a Jorge Ibargüengoitia del olvido. Escritor de fina ironía y ajeno a todo realismo mágico, dibujó, como pocos, el mapa de México

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Hay escritores que ven u oyen el sentido de la Historia o que levantan en mármol sus obras; otros, son los interlocutores de lo absoluto o constructores de la moral. Ibargüengoitia no fue nada de esto. Escribió sin énfasis, en un tono sencillo que rozaba siempre la ironía o el sarcasmo, que sabía hacer sonreír mientras él escribía en serio. No fue un intelectual, pero sí un oído y un ojo privilegiados para detectar el fundamento cotidiano, artesanal e inajenablemente subjetivo, de lo que llamamos grande. Juan García Ponce dijo de él que «era serio escribiendo lo que para los demás eran bromas y poco serio socialmente». Nunca perdió de vista la pequeña historia cotidiana e hizo de sus minucias momentos narrativos perdurables. No vio las ideas sino a los hombres uno a uno, y así en su literatura siempre habla una persona. ¿Fue un gran novelista, un gran autor de teatro, un gran cronista? Muchos escritores, sobre todo mexicanos, lo afirman.

La mayor parte de su obra periodística, con muchos de sus textos más memorables, fue publicada tras su muerte

Yo creo que escribió dos o tres novelas significativas y un número alto de artículos y crónicas (la brevedad le favorecía) que forman parte de lo mejor en su género en nuestras letras. No fue un estilista, pero sí un escritor cuidadoso. Su escritura se apoya en la conversación, y quiso ser eficaz (lo consiguió) sin parecer que estaba elaborando un objeto. La grandeza de un humor como el suyo radica en la melancolía y así deja de ser un bisturí para conciliar, en una sonrisa, las debilidades y limitaciones humanas. La debilidad del humor, de la que ni Aristófanes estuvo libre, es el apego a la realidad inmediata: fuente pero también cárcel de lo universal. Algunos lectores son reacios a la risa (los famosos agelistas de Rabelais), pero aún lo son más aquellos que encarnan el poder, que la risa socava.

Entre los grandes

Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, México 1928-Madrid 1983) es coetáneo de un puñado de narradores mexicanos importantes: Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Fernando del Paso, Sergio Pitol y, dentro de los inclasificables, Alejandro Rossi. Pero no se parece a ninguno de los mencionados, que tampoco se parecen entre sí. Al amparo de su maestro (aunque para disentir pronto de él) Rodolfo Usigli, autor de El gesticulador, Ibargüengoitia comenzó como hombre de teatro tras haber realizado parcialmente la carrera de ingeniero y terminado otra en letras. A pesar de ser muy premiado, y elogiado por los que saben, su periodo como autor dramático estuvo siempre inclinado al fracaso. Escribió y estrenó obras desde 1951 a 1962, periodo iniciado con Llegó Margó y que finaliza, tras títulos como Susana y los jóvenes, Clotilde en casa y El viaje superficial, con El atentado. Ibargüengoitia siguió fiel a sus obsesiones y, sobre todo, a su peculiar perspectiva crítica, pero desde la novela. Su primera obra en este género es, junto con Las muertas (1977), una de sus piezas más logradas: Los relámpagos de agosto (1964). Si El atentado tiene como tema el asesinato de Álvaro de Obregón en 1928, esta primera novela es una parodia satírica de la sublevación de varios generales para hacerse con el poder. No se trata de una novela histórica, aunque se basa en algunos sucesos reales, es una visión libérrima que no pierde nunca su objeto. Lo que hace Ibargüengoitia es subvertir la historia oficial, desfondar la solemnidad con la que el Estado mexicano (encarnado en el PRI) había tergiversado la Revolución mexicana y, especialmente, ese periodo último. A diferencia de Agustí Yañez en Al filo del agua, o de Carlos Fuentes en Gringo viejo, Ibargüengoitia convierte la Historia en una farsa. O como escribió Guillermo Sheridan con la agudeza e ironía que le es habitual: «Los relámpagos de agosto (1965) y Gringo viejo son parodias, pero sólo una estaba consciente de serlo».

La grandeza de su humor radica en la melancolía y así deja de ser un bisturí para conciliar en una sonrisa las debilidades humanas

Años más tarde de escribir su obra, Ibargüengoitia declaró al respecto de este periodo de México: «Durante la Revolución el pueblo se llevó una friega soberana». Un hombre escéptico, que nunca tuvo una visión ideológica de la política (pasó en sus ideas de un conservadurismo católico a un descreimiento de izquierda moderada) no podía dejar de ver con horror la pulsión fanática de los líderes revolucionarios. «La principal preocupación, entre 1915 y 1930, fue la de autoaniquilarse». De hecho Obregón, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Venustiano Carranza y muchos otros murieron asesinados. Es curioso que Los relámpagos de agosto obtuviera, en 1964, el Premio Casa de las Américas: suele ocurrir que los protagonistas (y el régimen cubano podía verse en alguna medida en esta vitriólica obra) no se reconozcan en una parodia. Nuestro autor escribió una crónica, con un humor templado y lúcido, de su visita a La Habana en dicha ocasión, Revolución en el jardín, recogida en el volumen antológico, del mismo título, en la editorial Reino de Redonda. La novela también puede leerse como una exposición de los tópicos del patriota heroico latinoamericano, marcado por el despotismo y la voracidad o bien por el accidente chusco o simplemente demasiado humano. Salvando las diferencias de usos y costumbres, el espíritu de la retórica política militar y patriótica es igual en el resto del mundo.

Comedia de enredos

Ibargüengoitia escribió seis novelas y un libro de cuentos. Además de las mencionadas, hay que recordar Estas ruinas que ves (1974), visión de un mundo provinciano que el autor cifra en una serie de anécdotas que la acercan a la comedia de enredos. Visión irónica pero aliada a la melancolía: la realidad no es juzgada sino presentada como suspendida en una lógica a un tiempo fatal y trivial. La mayor parte de su obra periodística, donde yo encuentro muchos de sus textos más memorables, fue publicada tras su muerte. Había sido escrita casi toda para el periódico Excélsior, y luego, hasta su muerte en un accidente de avión en Madrid, en el que fallecieron también Marta Traba y Ángel Rama, en las revistas Plural y Vuelta, dirigidas por Octavio Paz. Por cierto, en estas mismas revistas se publicaron los textos del Manual del distraído, el gran libro de Alejandro Rossi. Títulos de recopilaciones periodísticas como Viajes en la América ignota, Autopsias rápidas, La casa de usted y otros viajes y Misterios de la vida diaria han contribuido a aligerar a los pedantes, deshacer la rigidez mortis de tanta realidad que se propone como viva, y a sostener con ingenio lo inesperado dentro de lo cotidiano.

No fue un intelectual, pero sí un oído y un ojo privilegiados para detectar lo cotidiano y artesanal de lo grande

Jorge Ibargüengotia fue un hombre que quiso caminar por sus propias circunstancias, algo hosco en el trato, según cuentan los que lo conocieron, como lo suelen ser algunos tímidos. Fue implacable ante la solemnidad. Huérfano de padre cuando tenía unos meses, se crió con su madre y una tía que habían conocido tiempos mejores, pero de quienes heredó alguna hacienda, de cuya administración también nos dejó varias crónicas. Fue un activo boy scout hasta los diecinueve años. Con su esposa, la pintora Joy Laville, hizo numerosos viajes, sobre todo por Inglaterra, Francia y España. Fue cinéfilo, y vale la pena releer sus críticas de cine. Solía decir que durante el día vivía en París y de noche en México. Hoy vive como tránsfuga entre sus obras de teatro, novelas y crónicas; una obra que ha convertido su seriedad mientras vivió en una sonrisa que nos hace dudar de la real.