Cristián Zegers, director del diario chileno «El Mercurio», premio Luca de Tena 2017 - EFE
Premios Cavia, Luca de Tena y Mingote

Cristián Zegers: «Debemos ser eficaces ante fenómenos destructivos de la democracia como el populismo y la posverdad»

Discurso íntegro del director del diario «El Mercurio», premio Luca de Tena 2017, durante la entrega de los Premios Internacionales de Periodismo ABC

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Recibo este premio con honda gratitud.

Gratitud, porque siento orgullo de ser parte de esta comunidad en lengua española, de raíces profundas y perspectivas enormes. Hace apenas algunas semanas, «El Mercurio» celebró 190 años de ininterrumpida publicación desde su fundación en Valparaíso. El que hoy es el periódico más antiguo del mundo en nuestro idioma, estableció su edición central en Santiago de Chile en 1900. No había entonces en el mundo más de sesenta o setenta millones de hablantes en español. Hoy somos más de quinientos millones, con un ritmo de expansión vigoroso y penetrante en las más distintas culturas.    

En mi condición de chileno, confieso la especial satisfacción de que este premio aparezca sellado por el ilustre apellido Luca de Tena. Don Juan Ignacio dejó por pocos años las responsabilidades de dirigir esta casa periodística de ABC, para servir como embajador en Santiago, en plena Segunda Guerra Mundial, época de circunstancias políticas nada fáciles. Entre nosotros dejó huellas de fecundo entendimiento. Su talento y capacidad excepcionales le permitieron desarrollar con brillo esa gestión diplomática. Por de pronto, estableció una amistad personal con el presidente Pedro Aguirre Cerda, elegido por el Frente Popular, y morigeró cuanto pudo las condiciones del exilio español tras la Guerra Civil.

Me honra sobremanera además el generoso alcance de esta distinción. El Premio Luca de Tena no ha restringido su otorgamiento a las plumas de ABC —tantas y tantas admirables, desde el maestro Azorín hasta nuestros días—, sino que ha querido distinguir también a otros periodistas del conjunto español y europeo, y aun del Nuevo Mundo que un día abrió España.

Aunque valoro como el que más el ejercicio individual del periodismo —la columna, el reportaje de firma, la opinión crítica—, mi afán mayor se ha centrado en la tarea de equipos: en luchar por el prestigio y la credibilidad de una marca periodística que el público sienta cercana y confiable. Más que nunca hoy este es un aporte indispensable de equilibrio y solvencia, frente al surgimiento a veces cuantioso de información descontextualizada, irresponsable y ambiguamente llamada posverdadera, que se disemina por buena parte de las redes sociales.

Por eso, permítaseme dedicar este galardón a las sucesivas generaciones de periodistas con las que hemos compartido este empeño. En medio del cambio vertiginoso de nuestra profesión, he tenido la fortuna de haber desarrollado buena parte de ella en «El Mercurio», en el que, al igual que en ABC, se busca el mejor resultado periodístico, más allá de ideologías, creencias o cualesquiera otros intereses.

El ascendiente del viejo «Mercurio» decimonónico se consolidó por haber intuido —a contracorriente entonces— la necesidad de un periódico por encima de las luchas partidistas. Hemos sido perseverantes en la voluntad de dar la noticia completa, consignando lo que vemos, y por qué. Atravesando las contingencias de casi dos siglos, mantenemos la filosofía de no imponer ideas a nadie, sino interpretar a la sociedad chilena, buscando canalizar las aspiraciones de todos hacia el bien común. Junto con la obvia defensa de la libertad de expresión, concebimos el cambio propio de una sociedad democrática como evolución responsable, y nunca como arrasamiento de lo preexistente. Creemos que solo así puede preservarse mejor en nuestros días un régimen de derecho, con plena libertad política, económica y de pensamiento.

Los vastos y radicales desafíos que en años recientes ha venido enfrentado la prensa están lejos de haber concluido. Por de pronto, no terminan de estabilizarse los nuevos esquemas de negocios, algunos incluso riesgosos para aquella independencia que requerimos como aire vital. Y nos resulta urgente masificar soportes tecnológicos complementarios del papel, pero tan capaces como éste de sustentar un diseño del contenido informativo en su debida jerarquía, confiriéndole así su mayor atributo.

Pero nuestros mayores desvelos giran en torno a nuestro rol, en cuanto medios de comunicación, de ser suficientemente eficaces ante fenómenos tan destructivos de la democracia como el populismo de variadas procedencias, y la llamada posverdad, encubierta a veces bajo el sugerente disfraz de una fácil masividad.

Majestad, distinguido auditorio de esta noche:

La atracción que despierta España en los chilenos y, en general, en los americanos, no proviene de la mera contemplación de monumentos ciertamente magníficos, ni del recuerdo de un rico aunque brumoso pasado familiar, y ni siquiera de las amplias y subsistentes coincidencias valóricas, también vigentes en leyes, hábitos y costumbres. El vínculo que con más fuerza nos une a la que siempre hemos denominado Madre Patria procede de la lengua común. Con todas las diferencias que podamos notar en la emisión de ciertas consonantes, en la entonación o en algunos énfasis, españoles y americanos nos entendemos con fácil naturalidad. Pensamos, hablamos y escribimos en español. Y debemos defender nuestra lengua común, pues si ella necesariamente evoluciona, también corre el riesgo de degradarse. Empujada desde tantos ángulos por los vocabularios invasivos de la política, la economía, las ciencias, la tecnología, el español necesita combatir la frivolidad y pereza intelectual de quienes apelan livianamente a términos que son simples paronimias, y las nutridas palabras de jerga que, por uso fácil de un idioma ajeno, muchos no se molestan en traducir.

Termino estas palabras con una exclamación muy confiada y fervorosa por la unidad de España, simbolizada en Vuestra Majestad, cuyo destino nos palpita como algo propio muy adentro en el alma, tanto como el de Chile.

Muchas gracias.