«Corteo», la sal del Mediterráneo

La compañía canadiense traerá a España a partir de abril su espectáculo más poético y teatral

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En el Grand Chapiteau del Circo del Sol (Cirque du Soleil, les gusta decir a sus responsables, para reforzar la imagen de marca) hay un perfume a sal mediterránea. Es el que le ha dado a «Corteo», el espectáculo que dentro de unas semanas llegará a España (Madrid, Valencia, Alicante y Sevilla), su creador, Daniele Finzi Pasca, un artista conocido en nuestro país por sus trabajos con el Cirque Eloize. Finzi ha viajado hasta el universo felliniano retratado en filmes como «La Strada», «8½» o «I Clowns» para crear un espectáculo que supone una vuelta de tuerca dentro del trabajo del Circo del Sol. Mauro Mozzani interpreta al Payaso soñador, el personaje central de la historia. «Otros espectáculos del Circo del Sol son más esquemáticos y coreográficos; aquí hay un caos ordenado, la historia toma un mayor protagonismo y los personajes se presentan sin tanto maquillaje, más como son en realidad».

«Corteo» es un espectáculo evocador, luminoso, onírico, de gran ternura y belleza, muy poético. El funeral de un payaso es el punto de partida para un gran sueño por el que discurren personajes de acusada personalidad, como el payaso blanco, el jefe de pista, el gigante o la pareja de liliputienses; estos son una entrañable y sorprendente pareja de artistas rusos, y ninguno de los dos alcanza el metro de altura. Ella, Valentina, protagoniza algunos de los más divertidos momentos del espectáculo. Al gigante lo interpreta Victorino Luján, un argentino voluminoso y afable de 2,08 de altura a quien los «ojeadores» del Circo del Sol descubrieron hace años en el patio de butacas de un teatro bonaerense.

Tanto él como Mozzani forman parte desde el principio de la troupe de «Corteo», que componen 165 personas —65 de ellos son artistas— de 28 nacionalidades distintas. A ellos hay que sumar los más de un centenar de personas que se contrata en cada ciudad en la que actúa el Circo. No duermen ya en roulottes —lo hacen en hoteles o apartamentos—, pero sí conforman una pequeña ciudad con su propio «alcalde», el tour manager del espectáculo (en este caso, alcaldesa). Tienen sus propios cocineros, y el comedor es uno de los puntos de reunión. Algunos artistas viajan con sus familias, y el Circo se ocupa de la educación de los niños en edad escolar. En «Corteo» hay varios bebés y un niño de 12 años, que tiene su propio maestro.

«El Circo del Sol es una magnífica escuela de convivencia —dice Mauro Mozzani—; aquí hay gente de muy distintas edades y procedencias, con costumbres y formas de pensar muy diferentes. Yo he cambiado mucho en este tiempo, y es una vida muy feliz». Lo mismo asegura Luján: «Es como un barrio de una gran ciudad».

Plataformas giratorias

«Corteo» («Cortejo», en italiano) rompe con la línea habitual de anteriores espectáculos del Circo del Sol. Incluso la pista se ha modificado. El escenógrafo Jean Rabasse ha situado al público a ambos lados del escenario, con la mitad de los espectadores enfrente de la otra mitad. En escena hay dos plataformas giratorias, que otorgan movimiento a la historia. También el vestuario creado por Dominique Lamieux (más de 260 trajes) tiene esa pátina de antigüedad que el público encuentra desde que entra en el recinto y se topa con dos grandes telones pintados por Jean Rabasse. Todo tiene un aire mediterráneo, y los espectadores, la sensación de encontrarse en un teatrillo al aire libre.

Aunque, lógicamente, son los números circenses los que elevan la temperatura del espectáculo, y los que provocan las admiratorias exclamaciones del público. Hay un elegante número de acrobacia aérea en unos grandes candelabros; un arriesgado recorrido por una cuerda floja ascendente; un teatral desafío sobre una balanza; un enérgico y vertiginoso número sobre camas elásticas; otro absolutamente sobrecogedor, titulado «Paraíso», que aúna, según los responsables del Circo, dos habilidades que no se habían combinado nunca antes, el bastidor coreano y el tramponet, y que deja sin aliento al público, por su riesgo y por la velocidad y la precisión con la que se realiza. Todos ellos rebozados por ese aire evocador, que va salpicando también el resto del espectáculo, donde hay espacio para la risa y la lágrima. «Corteo», dice Mauro Mozzani, parte de un funeral y habla de la muerte, «pero es en realidad una celebración de la vida».