El Congreso sobre la Guerra Civil termina «sin vencedores ni vencidos»

Juan Ramón Jiménez salvó su vida por mirar a los ojos de los milicianos que buscaban desesperadamente muelas de oro. Le hicieron sonreír para ver si las llevaba y el poeta de mirada profunda les clavó

ANTONIO ASTORGA. MADRID.
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Juan Ramón Jiménez salvó su vida por mirar a los ojos de los milicianos que buscaban desesperadamente muelas de oro. Le hicieron sonreír para ver si las llevaba y el poeta de mirada profunda les clavó los ojos. Muchos años después, trescientos hispanistas de Francia, Italia, Portugal, Rusia, Inglaterra, Alemania, República Checa, América y España se han mirado a los ojos y han discutido apasionadamente «sin recaer en la vieja dialéctica de vencedores y vencidos», se enorgullece Santos Juliá, coordinador del Congreso sobre la Guerra Civil organizado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales.

En España ya no anida el miedo ni el temor al pasado. «Nos saturaron los oídos hace muchísimo tiempo con relatos míticos -recuerda Juliá-, como el de la guerra como «salvación de una España al borde la desaparición por una anti-España»». Años después aquella «guerra de redención» se convirtió -en el lenguaje de las manifestaciones de universitarios- en «inútil matanza fratricida». La guerra es recusada y esa división intenta borrar la línea divisoria entre vencedores y vencidos. «La recusación -explica el catedrático de la UNED- indagó en el por qué y en el cómo de la Guerra Civil». Se condensaron los conflictos que arrastraba la política española desde la revolución liberal y la guerra pasó a ser de dictadura y democracia, de fascismo y antifascismo sin que hubiera un consenso. ¿Dónde estamos 70 años después? «A eso ha respondido el Congreso, que nació no como una instrumentalización política del pasado, sino por la pasión de entender debatiendo», aclara.

«Voces irresponsables»

Confiesa Juliá que en un Congreso cuyo programa «ha sido establecido por los propios comunicantes ha vuelto a evidenciarse una verdad sabia: cuando el trabajo de investigación y el debate público se realizan en condiciones de autonomía y pluralismo, sin ponerlos al servicio de inmediatos intereses políticos, se puede discutir apasionadamente de la Guerra Civil sin recaer en la vieja dialéctica de vencedores y vencidos que algunas voces irresponsables pretenden resucitar».

El hispanista Gabriel Jackson, que recordó que «el horror del golpe militar me produjo en su día la misma sensación que la purga de Stalin del 36», se felicitó de que se celebren congresos así «que hubieran sido imposibles de organizar antes del fin de la dictadura de Franco y el establecimiento de una Constitución garantizando las libertades de expresión». Jackson descubrió España en 1950 cuando «había tres especies de Policía, muchos libros prohibidos y tuve que aprender a no salir de casa sin mi pasaporte. Y si te presentaban a alguien se apostillaba: «... que hace su último viaje a España». Ahora no hay motivo para tal sarcasmo».

«Sólo existe memoria líquida» Aunque sí para otros, como el de la «memoria histórica», a la que dio un rapapolvo soberano Enrique Ucelay-Da Cal, catedrático de la Autónoma de Barcelona: «Estamos oficialmente en el año de la memoria histórica. Freud dijo que la memoria individual no es de fiar. Y menos aún la suma de las individuales: la colectiva. La única colectiva es el ritual mediatizado por la ideología. El poder ritualiza para ser poder. La memoria ritual es desmemoria. España carece de una cultura cívica. Y si no hay una cultura es la memoria lo que hay que imponer al contrario. Es el «trágala», el ser-vil. La memoria tiene trucos. La historia contemporánea española es una lucha por la legitimidad en la que sus contendientes se lanzan sus muertos a sus cabezas. Debemos evitar la intoxicación de la ideología que está en el recuerdo personal. Sólo existe memoria líquida. Podemos bucear, pero no caminar sobre la memoria».