Una escena de la película «Hereje»
Una escena de la película «Hereje»

El cine español narra el final de Akenatón y Nefertiti en egipcio antiguo

Tras siete años de trabajo, Ignacio Oliva ultima su obra más ambiciosa, «Hereje», rodada en una lengua muerta, con el faraón como protagonista

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Vista desde fuera parecía una locura irrealizable, pero el paso del tiempo le ha dado la razón a su creador. Después de siete años de trabajo, de leer montañas de libros, de dejarse la vista en documentales, de reescribir una y otra vez un guion complejo, de rodar, de montar y de coordinar una postproducción más compleja aún, el director Ignacio Oliva (Murcia, 1963) ya está dando los últimos retoques a su obra más ambiciosa. Hablamos de «Hereje», una rara avis en el cine español, una película de época (sobre el 1.350 a.C.) que narra los últimos tres años del reinado de Akenatón y Nefertiti. Y lo hace, y aquí está su órdago, en egipcio antiguo.

Esta osadía es, para Oliva, algo normal. «Nunca me imaginé a Nefertiti hablando en español», asevera. Además, rondaba por ahí el precedente de Mel Gibson, que exploró las fonéticas vetustas en «La Pasión de Cristo» y «Apocalypto». «Es que la lengua es un vehículo de inmersión muy importante», continúa. Aunque el resumen de la decisión es simple, el proceso no lo fue. Se trataba de un ejercicio de traducción a un idioma muerto, pero también de traslación a un pasado remoto. Tenía que pensar como un faraón para conversar como un faraón: «Todo el texto tiene una cierta preocupación por eso. He leído muchísimas traducciones para estructurar el discurso de los personajes. Ha sido difícil y fascinante».

En ese intento de viajar en el tiempo y recrear sonidos ya perdidos (nadie sabe a ciencia cierta cómo sonaban aquellos diálogos), las misas en copto son el testimonio de referencia. «Era la lengua de los faraones, que sobrevivió porque los padres de la iglesia egipcia tradujeron el evangelio», explica José Ramón Pérez-Accino, egiptólogo y asesor en esta producción. «El egipcio que escuchamos en este largometraje es el egipcio noble y elegante, no el de la calle. Es una lengua que nunca hemos oído y que murió hace miles de años. Esta es una reconstrucción con fundamento, algo parecido a “Parque Jurásico”».

Pero la película no solo habla egipcio, sino también hitita y el acadio, que suenan de forma bastante distinta. Todo eso convirtió el rodaje, de catorce jornadas, en un «infierno». «Fue muy difícil. La película está compuesta de secuencias muy largas. Y si al interpretar un pasaje hay un error en el texto y no das el pie, el siguiente personaje se ha perdido. Los actores tuvieron que trabajar en la manera en la que combinaban la dicción, la prosodia… Fue bastante complicado. Un reto para todos», recuerda Oliva.

Golpe militar

Para sacar aquello a flote, el set de rodaje se convirtió en un mar de pizarras de vileda con las transcripciones fonéticas de las lenguas perdidas. Por ejemplo, sebiu, su, chat, nebu o decheru, que era la forma en la que decían los egipcios enemigos, hombres, viaje, oro y sangre, respectivamente. Son palabras que nos dan buena cuenta de la trama de «Hereje», que es la de un golpe militar. En los últimos tres años del reinado de Akenatón, Amarna (capital de Egipto por aquel entonces) está sometida a una gran presión externa e interna. Por un lado, los hititas y los reyes sirios (de ahí las otras lenguas) conspiran para hacerse con el oro de las minas de Nubia. Y por otro, los sacerdotes de Amón urden estratagemas para derrocar al faraón, que impuso de forma violenta su religión monoteísta: una decisión que lo colocó entre los grandes nombres de la antigüedad.

«Fue el reinado más turbulento en la historia de Egipto. La figura de Akenatón es fundamental para entender el impulso revolucionario montoteísta. Hay quien ve aquello como una revolución liberadora. Y otros que hablan de un falso profeta, del Hitler de la antigüedad», explica Oliva.

El vestuario de «Exodus»

En el metraje lo que vemos es a un faraón ya al borde del delirio, sumergido en la alucinación del opio, y a una Nefertiti que toma las riendas políticas. «Nefertiti siempre ha sido un personaje tratado por el cine con cierta frivolidad, atendiendo solo a sus encantos personales o su belleza. Y fue realmente una figura política muy importante en su época, que tuvo una gran trascendencia en las decisiones que se tomaron en Amarna», añade.

En este camino de piedras que ha sido este proyecto no ha faltado la suerte. Para empezar, la de encontrar un grupo de intérpretes lo suficientemente inconscientes como para adentrarse en una cosa tan extraña. «Yo he tenido la suerte de encontrar a Ana Otero, que hizo el casting y me ayudó mucho en la dirección de actores. Y de encontrar la complicidad de gente como Pedro Casablanc, Raúl Prieto, Ignasi Vidal o Juan Carlos Vellido: actores de primera fila del cine español. Ha sido un regalo para mí», agradece el director. Y para seguir, la de que Ridley Scott rodara en España «Exodus»: «Pudimos alquilar el vestuario que la Sastrería Cornejo hizo para esa película. Es un vestuario fantástico».

Los pocos exteriores de la cinta se filmaron en Alcalá de Henares, en el monte Gurugú, que tiene una orogenia parecida a lo que sería Siria en aquella época. El resto, la mayor parte de la historia, está grabada en interiores, donde se mueven los hilos del poder. Interiores aquí quiere decir croma, pues todos los palacios se han generado digitalmente. Desde 2015, momento en el que finiquitaron el rodaje, todos los esfuerzos los ha puesto en esto: horas y horas y más horas de ordenador… «Hemos trabajado con periodos de tiempo muy largos para poder ajustar todo el proceso técnico».

A Oliva le gusta una anécdota de un director portugués, Pedro Costa, que cuando le preguntaron cómo hacía sus películas siempre respondía: «Com muito tempo e muito pouco dinheiro». Le gusta porque ha sido su receta. Porque comenzó a escribir este proyecto en 2011 y porque, más de siete años después, parece que va llegando a su fin. Es el tiempo que se tarda en convertir lo irrealizable en faraónico, y la locura en realidad. «Yo creo que hago las películas para quitármelas de encima», bromea antes de despedirse.