Cine empapado de desmayo
«My blurberry nights». Natalie Portman aquilata la primera película americana de Wong Kar Wai

Cine empapado de desmayo

E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
Actualizado:

Entre el tiempo que se toma Wong Kar Wai en hacer sus películas y lo que tardan luego en estrenárselas, el cine de este hombre vive en lo que se podría llamar un presente de subjuntivo. «My blueberry nights» se presentó hace dos años en Cannes... Su tiempo es subjuntivo y su espacio también, impregnado de deseo, de posibilidad, ése es el verbo cinematográfico de este director chino. Para hacer su primera película americana (no suramericana, pues en Argentina rodó «Happy together») no cambia ni el tiempo ni el espacio, sólo la nacionalidad de sus actores: Norah Jones, Jude Law, Rachel Weisz, Natalie Portman...

El espacio del cine de Wong Kar Wai es su rúbrica, su estilo, y sostiene en el aire la redondez de sus historias, como una bola navideña. La secuencia dentro del plano, la panorámica de un plano corto, los términos y fondos desenfocados, la luz entre la oscuridad, las manchas de color que conviven con la recta de la raya de un peinado..., y todo visto en el refilón, en los reflejos y charoles, en ese espacio inexistente al otro lado de los espejos, dejándote siempre la impresión de no saber si ves la realidad o su fulgor.

Y en ese terreno, volutas de humo, Wong Kar Wai hila sus finísimas no-historias de amor (una no-historia de amor, como la de «Deseando amar»). Con la cámara encima de los actores, cuenta aquí tres historias de interior y unidas por el corazón roto de una joven (que interpreta mágicamente la cantante Norah Jones) y por la presencia insistente de las barras de los bares y el efecto en ellas del neón. La espina dorsal es la no-historia de amor entre Norah Jones y Jude Law, un tipo que cuida pasteles nocturnos, guarda llaves y le hace agujeros al tiempo en el interior de su bar neoyorquino, a la espera de que a su bella durmiente se le dibuje en los labios un cremoso beso.

La película, profunda e impúdicamente romántica, es en el fondo un elogio del beso como efecto y detonante. Aunque también es una road movie de interiores y un elogio del juego; del doble juego: por un lado, Wong Kar Wai cambia el «no» de su habitual frase como un dado entre tres cubiletes: la no-historia de amor se convierte en una historia de no-amor, o desamor, en la pareja que forman el policía alcohólico David Strathairn y ella, Rachel Weisz, cuya belleza de porcelana alude a la sofisticación oriental de sus actrices de ensueño en otras películas (Gong Li, Zhang Ziyi, Maggie Cheung...), y el otro lado del doble juego, con la aparición del personaje de Natalie Portman, jugadora de póker y también en fuga de sí misma; apenas si cambian los sentimientos, o sea, el alma de la película, pero sí lo hace su corazón, es decir la iluminación de las noches de azar en Las Vegas.

Y se despide «Mi blueberry nights» con sabor a arándanos, con la puerta del bar abierta y con la sensación de que el cine americano de Wong Kar Wai tiene los ojos rasgados.