Prisioneros en un campo de concentración nazi. A la derecha, Josef Mengele, el «doctor de la muerte». ABC

Científicos se beneficiaron del impudor nazi para sus experimentos

Científicos y laboratorios alemanes experimentaron con cerebros de niños y ojos de prisioneros, en beneficio propio y de su ego investigador. Esto es, escudándose en la falta de respeto al ser humano del régimen nacionalsocialista, más que forzados por éste. Así lo revela uno de los primeros expertos germanos en los programas de eutanasia y eugenesia del III Reich, el teólogo Ernst Klee.

BERLÍN. Ramiro Villapadierna, corresponsal
Actualizado:

«Los nazis no utilizaron a los científicos, fueron éstos los que usaron a los nazis» para violar todo precepto y ética profesional. Así de demoledor es el juicio sobre parte de la ciencia germana de Ernst Klee, una de las máximas autoridades en la interpretación de los lazos entre ciencia y nacionalsocialismo, en la presentación de su última obra, «La medicina alemana en el III Reich. Carreras antes y después de 1945». Promete ser la auténtica bomba editorial del otoño más allá de las teorías sobre la tendencia sexual de Adolf Hitler.

Por ejemplo: «Adolf Butenandt es la piedra fundacional de (las investigaciones en) Auschwitz», dice Klee del premio Nobel de Medicina (1939) por sus investigaciones sobre las hormonas. En 1960, Butenandt aún fue elegido presidente de la Sociedad Max Planck, madre del célebre instituto de orientación socialdemócrata, y las ciudades de Munich y Bremen lo nombraron ciudadano honorario. Desde 1972 y hasta su muerte, en 1995, el premio Nobel fue presidente honorario de la Max Planck, cuyo director actual por cierto fue convocado por la Unión Europea entre los «tres sabios» que dictaminaron sobre el grado de libertad y derechos de los emigrantes y los ciudadanos en Austria, a raíz de la pasada crisis.

Pero Butenandt, quien había trabajado también para la Wehrmacht y realizó investigaciones humanas en Dachau, es sólo uno de los 750 médicos e investigadores cuyas carreras «antes y después de 1945» ha olfateado y seguido durante años Ernst Klee. Hay casos tan patéticos como el de Siegfried Kreff, una autoridad alemana en medicina legal, quien pidió a un campo de exterminio un patíbulo para ilustrar la exposición de su tesis doctoral. Posiblemente le hubiera sido más difícil ilustrar su trabajo en Inglaterra.

NIÑOS MINUSVÁLIDOS GASEADOS

Ojeando con prisa aparece Julius Hallervorden, quien realizó sus avanzadas investigaciones sobre el cerebro empleando la colección particular que se había hecho con los órganos cerebrales de niños minusválidos gaseados en Brandeburgo-Görden, donde al parecer había de sobra. La genetista Karin Magnussen contó para sus experimentos con el beneficio de cientos de ojos provenientes de prisioneros ejecutados en los campos de Auschwitz-Birkenau.

Estos, como cientos de otros, prosiguieron tras la guerra ejemplares carreras investigadoras en instituciones alemanas tan prestigiosas como el Instituto Kaiser Wilhelm o el Instituto Max Planck, el Instituto de Psiquiatría de Viena y centros en el extranjero. Klee demuestra en su libro que generaciones de científicos del Max Planck, hasta los años 90, encubrieron luego sin escrúpulo moral alguno a sus colegas criminales nazis, obstaculizando a lo largo de medio siglo el trabajo de investigadores independientes.

Como experto en el proceso contra IG-Farben, en 1948, el respetado fisiólogo Heinrich Kraut sostuvo que los prisioneros en Auschwitz eran regularmente bien alimentados. Kraut, que falleció en 1992 con la mayor condecoración federal, dirigió desde 1956 el Instituto de Nutrición del Max Planck y, por extraordinario que pueda sonar, en 1968 fue nombrado nada menos que presidente de la Campaña Mundial contra el Hambre.

Klee, un teólogo y sociólogo de Fráncfort que investiga desde hace 20 años las relaciones entre la ciencia y el nazismo, no pudo ser localizado ayer por este diario debido al lanzamiento del libro. En los años ochenta ya escribió la reveladora «La eutanasia en el estado Nacional-socialista» y, en 1997, «Auschwitz. Los médicos nazis y sus víctimas». Está considerado una autoridad en la materia y nunca se ha prodigado en el escándalo.