Cernuda en música

Por JOSÉ LUIS GARCÍA DEL BUSTO
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Es rica la historia de amor entre poetas y compositores españoles de aquellas generaciones con nombre propio: del 27 y de la República. Los compositores, que tuvieron a Falla como norte, encontraron en la poesía de sus ilustres coetáneos una deliciosa fuente en la que beber. Lorca -ya se sabe- ha dado pie a millares de composiciones de autores de todo el mundo, pero, sin salirnos del apuntado entorno cultural, recordemos las espléndidas canciones de Oscar Esplá, Rodolfo y Ernesto Halffter sobre poesía reciente de Alberti. El verso del poeta más músico de aquella generación -Gerardo Diego- no se prestó tan abiertamente, sin embargo, a los pentagramas. También a paso moderado caminó hacia la música la poesía de Jorge Guillén, mientras que otras, como las de Cernuda y Aleixandre, tardaron más tiempo en interesar o en mostrar su potencialidad musical a los compositores.

Éste es el año de Luis Cernuda (Sevilla 1902 - Méjico 1963), poeta grande que no apartó a la música de su catálogo de placeres y que cantó a Mozart en versos admirativos (además de admirables) y, en versos más intensamente vividos (por lo tanto, más emocionantes), a «Lohengrin», a Wagner y a Luis II de Baviera. No éstos, sino muchos otros de sus poemas han sido musicados por compositores de nuestro tiempo. El argentino Carlos Guastavino, prolífico autor de canciones y devoto admirador de la poesía española del 27, compuso canciones aisladas o agrupadas -es el caso de «Las Nubes»- sobre versos de Cernuda y, más cerca de nosotros, sin que falten las canciones en el formato tradicional de voz y piano (como «La mar es un olvido» de García Abril), es curioso notar cómo nuestros compositores han acudido a formaciones instrumentales amplias y variadas a la hora de musicar a Cernuda. Así, Manuel Castillo añadió un clarinete para «El viento de septiembre» (1976); Encinar escribió para pequeño coro y pequeña orquesta su «Canción» (1981); José Luis Turina confía el verso a un recitador y lo envuelve con gran orquesta en su «Ocnos» (1984); el francés Philippe Dulat -vinculado a España a través de la Casa de Velázquez- compuso «Las ruinas» (1991) para soprano y conjunto instrumental; Xavier de Paz, en «Sentado sobre un golfo de sombra» (1993), se inspira en Cernuda sin utilizar la palabra; Ramón Lazkano, hace apenas un año, puso música a cuatro poemas del poeta centenario envolviendo la voz con un octeto de violonchelos...

Y Cernuda seguirá fecundando.