Miguel Gila interpretando a uno de sus más famosos personajes, el soldado
Miguel Gila interpretando a uno de sus más famosos personajes, el soldado

Centenario de Gila: cuatro monólogos que cambiaron la historia del humor

Desde hacerse pasar por un soldado que llama a su enemigo durante la batalla hasta representar el papel de un bombero que acude en autobús a sofocar incendios

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Un 12 de marzo hace cien años nacía en Madrid Miguel Gila Cuesta, uno de los cómicos españoles más reconocidos gracias, entre otras cosas, a sus originales monólogos. Desde hacerse pasar por un soldado que llama a su enemigo durante la batalla hasta representar el papel de un bombero que acude en autobús a sofocar incendios, las actuaciones de este comediante han logrado no sólo resistir el paso del tiempo, sino hacerse un hueco en la historia del humor de nuestro país.

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  1. «La guerra»

    «¿Es el enemigo? Que se ponga». Sin duda estas son las palabras más conocidas de Miguel Gila, uno de los cómicos más reconocidos del panorama nacional. Concretamente, esta famosa frase pertenece a uno de los monólogos que más veces repitió a lo largo de su vida y al que llamó «La guerra». En él, Gila lleva a cabo una fuerte crítica al mundo militar, algo probablemente motivado por sus vivencias como soldado durante la Guerra Civil.

    No obstante, es sin duda uno de sus mejores monólogos. Durante la actuación, Gila simula ser un soldado que realiza varias llamadas de teléfono, a cuál más cómica. Así, en su primera conversación, este improvisado militar habla con una supuesta fábrica de armas por un «asunto de reclamaciones»: «De los seis cañones que mandaron ayer, vienen dos sin agujero (…) De momento estamos disparando con la bala por fuera: al mismo tiempo que uno aprieta el gatillo, otro corre con la bala», explica durante el monólogo.

    Acto seguido, «El Maestro» no muestra piedad con el público, al que no da ni siquiera unos instantes para parar de reír antes de lanzar la siguiente broma: «¿A cómo están de precio las ametralladoras? (…) No tenemos, estamos usando un fusil normal pero lo dispara un tartamudo», añade.

  2. «El bombero»

    Otro de sus trabajos más llamativos fue un conocido monólogo en el que Gila se mete en el papel de un descuidado bombero más preocupado por hacer un crucigrama que por atender las peticiones de auxilio. En él, el humorista aparece, como no podía ser de otra forma, frente a su inseparable teléfono, con el que lleva a cabo varias llamadas.

    «¿Señora, usted llamó aquí a la bombería hace cosa de 15 días? (…) Sí, ¿usted que nota, cómo calor, como sofoco no? (…) Eso va a ser un incendio sí», afirma Gila durante una de sus primeras conversaciones. No obstante, es capaz de acabar dicha llamada de una forma más cómica si cabe: «Oiga, no apague el incendio, que no hagamos el viaje en balde».

  3. «Las bromas del pueblo»

    «Les voy a contar las bromas de mi pueblo, pero se las quiero contar tal y como las cuentan los muchachos del pueblo los domingos por la tarde cuando se ponen en la plaza a filosofar», así es cómo comienza Gila otro de sus reconocidos trabajos.

    Curiosamente, este es uno de los pocos monólogos que llevó a cabo sin teléfono. En cambio, también es una actuación en la que quedan reflejadas las características de su humor, el cual siempre estuvo basado en chistes castizos en los que el cómico ironizaba sobre la España profunda armado únicamente con una boina.

    En esta actuación, Gila narra una serie de curiosas e irónicas anécdotas sobre los vecinos de su pueblo «Un día hicimos un campeonato de fuerza, pusimos en la plaza una piedra así de gorda y desde una carrerilla de 15 metros, a destrozarla a cabezazos», comienza el humorista. «La destrozó el Eusebio de dos cabezazos, y cuando le íbamos a dar el premio el desgraciado se muere… por fanfarrón, porque dijo “yo sin boina, a cabeza limpia”», finaliza.

  4. «La historia de mi vida»

    Sin embargo, el que sin duda sería el monólogo más emotivo de Gila fue el que interpretó poco antes de morir en el conocido programa «El club de la comedia». Aquella noche, en la que abandonaría la sala tras varios minutos de aplausos, recitó al público el monólogo al que llamaba «La historia de mi vida».

    Durante la actuación, un Gila casi sin fuerzas –tuvo que detener durante unos breves momentos su monólogo para sentarse-, demostró como los años no habían acabado con su capacidad para hacer reír al público. «En mi familia éramos nueve hermanos, mi papá, mi mamá y un señor de marrón que estaba en el pasillo sentado y no le conocíamos de nada», explicó en el escenario a sus más de 80 años.

    Aquel día, después de la actuación, Gila detuvo los aplausos del público para alzar levemente la voz y, casi augurando que aquella sería su última actuación, despedirse comentando: «No me quiero ir sin decirles que les quiero mucho. Gracias». Desgraciadamente, «El Maestro» murió poco después en un hospital de Barcelona debido a una insuficiencia respiratoria.