Cela: «Necesitábamos la libertad y la Historia nos la ha regalado en la persona del Rey»

Gonzalo Anes, director de la Real Academia de la Historia, al presentar en su sede la clausura del ciclo dedicado al 25 aniversario de la proclamación de Su Majestad el Rey, recordó que por entonces Cela fue designado senador real y que asimismo participó en la redacción definitiva de la Constitución, un logro histórico que hemos conseguido entre todos y de forma muy significativa Don Juan Carlos.

MADRID. Tulio Demicheli
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«Al Rey Don Juan Carlos —afirmó Camilo José Cela después de saludar afectuosamente a Don Felipe— lo identificamos los españoles con la imagen de la libertad. Los españoles necesitábamos libertad, suspirábamos por la libertad, y la Historia nos la ha regalado en la persona del Rey», quien «conoció —o intuyó, que tanto monta— las reglas del juego desde el primer momento, y supo convencer a los españoles de que la mesura y las buenas y deportivas maneras son el cauce idóneo para la empresa pública en la que se aspira a integrar, en pie de igualdad y de serenidad, a quienes hasta ayer se nombraban vencedores y vencidos». Ya por aquellas fechas «dije en voz alta que la oposición debía ser reconocida en su posibilidad de acceder al poder en los términos y proporciones que el pueblo dispusiera. El Rey y la Monarquía se apuntaron el tanto de que muy dispares supuestos políticos se sucedieran en el poder sin poner en tela de juicio las instituciones, sin infringir la ley y sin que nadie se obstinase en llevar la sangre al río».

LA DESOBEDIENCIA

«Américo Castro —prosiguió el novelista— nos dejó dichas unas palabras clave: “Ni en Occidente, ni en Oriente hay nada análogo a España, y sus valores son sin duda muy altos y únicos en su especie. Son irreductiblemente españoles La Celestina, Cervantes, Velázquez, Goya, Unamuno, Picasso y Falla”. Hay en todos ellos un quid último que es español y nada más. En esta nómina debemos incluir a Don Juan Carlos».

Cela consideró más adelante que «la virtud que vivifica lo español es la desobediencia», lo que también suele venir cualificado «por su postura a la contra», algo que se evidencia desde la Contrarreforma hasta «la memoria de los dos grandes bloques en colisión durante la etapa 1936-39». Ese espíritu a la contra se ha manifestado en la religión y en la filosofía, lo mismo por «la falta de dotación para el menester filosófico» que por el hecho de que «el español entiende el fenómeno religioso con un desmelenado y heroico rigor llevado hasta sus últimos alcances. El clericalismo y el anticlericalismo españoles no son sino el haz y el envés de la moneda en la que el más hondo sentido religioso queda un tanto al margen de la cuestión». Nuestra «desobediencia genial» se muestra entre aquellos que «cada mañana ponen toda la carne en el asador», como El Cid, Hernán Cortés, Ignacio de Loyola, Servet, Quevedo, Goya, Unamuno o Picasso, o en los que «cada amanecida cobran fuerza en su propio examen de conciencia», como Velázquez, Fray Luis de León, Vives, Vitoria, Feijóo, Jovellanos, Godoy, el 98, Ortega y Marañón.

En cuanto al concepto de España, Cela señaló que no puede identificarse con su geografía, porque «es una manera de ser, un entendimiento de la existencia basado, paradójicamente, en el no entendimiento de los españoles entre sí». Pero también es «el producto de la convivencia, la lucha, la recíproca destrucción y la fusión de tres razas y religiones: los cristianos, los moros y los judíos».

«Los cristianos y los moros —precisó Cela— coincidieron sobre el suelo de España a lo largo de ocho siglos», aunque «sólo muy al final los cristianos y los moros lucharon en campos señalados por sus religiones». Los judíos, por su parte, «luchaban al tiempo que convivían con moros y cristianos, con las armas en cuyo manejo más diestros se sentían: la ciencia, la técnica administrativa y su peculiar sentido religioso de la existencia». «El español moderno —señaló el escritor— sangra con las tres sangres. La discordia civil anida en un fiero aguilucho en los más recónditos entresijos de cada español que, cuando no está contento consigo mismo, se pelea consigo mismo en el espejo de los demás». Y quizá por eso, «la minoría selecta española se caracteriza por venir marcada por la soledad». Aún así, «España puede presentar, en el siglo XX, una baraja de nombres de gloriosa y evidente desproporción de arrestos: los poetas Manuel y Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y casi todos los de la generación del 27, los pensadores Unamuno, Ortega y Xavier Zubiri, el músico Manuel de Falla, los pintores Pablo Picasso, Joan Miró (y Sorolla, Zuloaga y José Gutiérrez Solana), los críticos históricos Menéndez Pidal y Castro, el histólogo Ramón y Cajal, los novelistas Galdós, Baroja y Valle-Inclán, el escritor Azorín, el médico Marañón, etc., etc., fueron la pléyade que la empobrecida España puede poner al lado —y aún por encima— de la de otros países más importantes, más ricos y prósperos»

NOCIONES DE ESTADO Y NACIÓN

«Con las nociones de Estado y Nación también se jugó a confundir, quizá incluso sin ánimo de hacerlo, y el maestro Azorín nos dice: En España existe un Estado y hay varias naciones... y en un Estado con varias naciones ¿cómo podremos hablar de un idioma nacional? Si cada una de esas naciones tiene su idioma, todos serán igualmente nacionales, y otra cosa será el idioma del Estado». «Es muy posible —y Cela quiere interpretar la cuestión de forma progresista— que la más peculiar identidad de cada pueblo, al margen de que sea o no sea y se considere o no se considere como nación, sea la lengua, esa luminaria del espíritu y a estos efectos vuelvo a preconizar el frío entendimiento culto entre quienes por razones históricas están condenados, ¡gozosa condena!, a convivir». «El proyecto cultural de Alfonso X el Sabio —concluyó el premio Nobel y académico su lección magistral— tardó muchos siglos en ser rescatado por Don Juan Carlos y los hombres que, con él, creemos en España y su gozosa aventura. El Rey, antes lo dije, es el arquetipo del español».